In English!!!

Baikal místico

Tío duro

Anocher en Manzhouli

Corto Maltés en Siberia

Detrás del cristal

Espera en la frontera

 

        De “Fonske”  <amlozano@iies.es>

   Fecha Viernes, Julio 23, 2004 07:22

          A  “Todos los contactos”

Asunto  à bord de le vostok

queridos todos:

la despedida de irkutsk es magnífica. de nuevo siberia aparece espléndida y llana. decimos adiós al baikal muy de mañana, pero durante un rato acompaña al vostok y le dedica su bruma. ahora el pasaje es mayoritariamente chino. empiezo a tener la sensación de que son más de los que aparecen, siempre trajinando arriba y abajo en el pasillo, hablando a gritos o llenando el cuarto de fumadores, que es un londres de cigarrillos aromáticos. hay también un brasileño que nos sonríe pero que nunca nos habla, sólo al final, cuando se produjo la última parada; me parece que va a un congreso de no sé qué de la manera más surrealista posible, acompañado de un joven ausente; y un americano menudo y espigado que - circunstancias - estudió filología clásica en madrid. su español es complicadamente básico, nos acepta un whisky mientras nos habla de lenguas muertas. los otros pasajeros que logro identificar por su nombre son un americano que viaja a japón desde francia, sin aviones y dos inglesas suficientemente tímidas o suficientemente tontas para contestar con monosílabos.

zabaikalsk. en ruso viene a decir: más allá del baikal. y qué razón. aquí es donde se produce el cruce de fronteras. primera oleada en forma de oficiales de aduanas rusos, los más de rasgos mongoloides, curiosamente acompañados de hermosas hembras eslavas, de cortos y rubios cabellos. los oficiales rusos son correctos, bordean la amabilidad sin llegar a rozarla. el calor en el compartimento es espantoso. después de cinco horas de asfixia ni ellos ni nosotros tenemos ganas de ser sumarísimos en el registro. pero el trabajo es el trabajo. suben a lo alto de la litera de arriba, enfocan con la linterna a nuestra bien repleta fresquera, que ahora es un conjunto de material orgánico que empieza a descomponerse. ni roza la mochila, que es con mucho el elemento más conspicuo. se fija en el sospechoso trozo de jamón cocido ruso, que ahora más que cocido es recocido y está pringoso; mezclado con el goteo constante del russian standard  - ese pedazo de paraíso en rusia - y junto con el olor del arenque ahumado se forma un combinado repugnante. nuestras pituitarias, ni las de los guardias fronterizos, advierto, son capaces ya distinguir nada. sólo parece interesarles la maleta y el clarinete, que parece desconcertarles. una rusa de rasgos finos y lividez moscovita se sonríe al ver el pasaporte español. el oficial correcto, tras intercambiar unas palabras con ella se vuelve grosero ante la mirada divertida de ella (intento imaginármela desnuda, o a menos despojada de ese uniforme soviético). ella no sabe una sola palabra de inglés. mientras nos mira con pícara curiosidad, le ha pedido a su compañero que nos haga un pequeño interrogatorio. “¿qué habéis venido a hacer a rusia?” yo vacilo un momento antes de responder y pensar para mis adentros “y yo qué sé… ¿perseguir a mi imaginación?” pero contesto “just tourism”. la rusa sé que nos ha imaginado a cualquiera de los tres en su cama. en este punto ignoto del planeta llamado zabaikalsk, cuyo único mérito consiste en ser la frontera transiberiana con china tres españoles se le antojan más exóticos que las playas en las que sueñan los rusos cuando sueñan y que por desgracia desconozco. cuando han acabado, todavía queda tiempo para que el compartimento aumente sus excelentes cualidades como horno. nos bebemos el agua con la desesperada certidumbre de que la sudaremos inmediatamente. al cruzar la alambrada y dejar atrás el pórtico que señala rusia, los soldados parecen mirarnos resignados. pero en su mirada también se concentra una pléyade de esperanzas. esos uniformes parecen no ajustarles nunca. en potencia, ningún ruso es un soldado. todavía no he visto funcionario, policía o soldado en rusia que luzca como un húsar de otros tiempos. así me queda la impresión de rusia, un puzzle de piezas que no acaban nunca de encajar. hay otro pórtico con gigantescos ideogramas chinos que señalan el inicio de manchuria. ya se nos ha quedado atrás el lugar de nacimiento de genghis khan, señor del impero más extenso que haya conocido la tierra. china nos recibe con extensa estepa amarilla, agudizada por el crepúsculo en una hora desconocida (nuestros relojes marcan tres horas, ninguna de ellas la local). predominan los colores pastel, que contrastan con los que pintan la siberia rusa, que yo entiendo que son al óleo. donde siberia cambia de pais para llamarse manchuria somos puntos sin memoria que tienen sentido, moviéndose a la velocidad del vostok. sentimos cada kilómetro, sabemos que formamos parte del entorno, desde hace mucho tiempo.

manzhouli es la primera parada. el reloj seguirá a partir de aquí la hora de beijing. esto nos garantiza nueve horas más de calor. la estación es desproporcionadamente grande y está sorprendentemente limpia. frente al caos que parece reinar en cualquier estación rusa, donde conviven campesinos, mercaderes de las más variadas mercancías (el pescado ahumado es la estrella, cuyo olor soportamos con cristiana resignación), policías, soldados, trabajadores del ferrocarril, vagabundos, trapisondistas, mendigos, niños sucios y babushkas, en manzhouli los menudos funcionarios de aduanas aparecen firmes como guerreros de xian, en perfecta formación, como escoltando al vostok, nuestro tren, que se abre paso trabajosamente entre los andenes. en la estación hay música, que alguien define como china-chill. parece envolver la estación un falso marco idílico. los que a nosotros nos tocan son dos jóvenes, de rasgos agradables y tan diminutas que no parece que su función sea intimidar a nadie. colocan en la puerta del compartimento un ordenador portátil de hace varias generaciones sobre un atril metálico, de factura irregular y examinan con amplia sonrisa nuestros pasaportes. no parecen identificarnos individualmente y somos nosotros mismos los que debemos indicarles quién es quién. colocan desapasionadamente un sello al lado del visado y desaparecen. aquí no hay soldados buscando nada en nuestro compartimento. cuando finalmente somos autorizados a bajar, ha caído la noche sobre manchuria, la luna está en creciente. el espejismo se desvanece cuando buscando la única tienda “tienda de la amistad”, reza el cartel en chino, equivoco el camino y un soldado corre gritando detrás de mí para indicarme la dirección correcta. en el interior del edificio, tras una verja, unos cien chinos cambian moneda con el eficaz método del regate, ante la mirada impasible de los vigilantes. cuando tengo unos yuanes en el bolsillo, sabiendo que aún quedan al menos tres horas hasta que los aduaneros acaben con el registro de sus compatriotas, con los que prestan un celo complementario al que tienen con nosotros, decido que es hora de dar una cabezada. todavía falta hasta que enganchen la locomotora.

el vostok atraviesa limpiamente la estepa, nuestra larga serpiente que terminará convirtiéndose en el dragón que simboliza china. se suceden las estaciones y las megalópolis que alojan a millones de chinos en casuchas miserables. los trabajadores del ferrocarril al lado de la vía, el ajedrez, la charla, los americanos piadosos con los que compartimos algunas horas. las únicas personas que parecen  ser capaces de mantenerse frescas y limpias son las inglesas del tres, pero no nos demuestran excesiva simpatía, que nosotros devolvemos en su justa medida. sospechamos que el continuo ir y venir del resto del vagón al baño que está en nuestro lado y que el otro esté siempre cerrado tiene que ver con la complicidad de las provodnitsas con las inglesas, que han llegado a una acuerdo para tener compartimento con baño incluido. así ocurre que haya que esperar cola para usarlo, así ocurre por mi descuido al cerrar la puerta que una china abra la puerta y me encuentra sentado en evidente actividad física, a la vez que descargo un sonoro pedo. nos miramos y hablamos cada uno en nuestro idioma. no nos entendemos, pero desde entonces, cada vez que me la encuentre en el pasillo, ella bajará la mirada.

atrás siberia, manchuria empieza desértica. me parece oír el rumor del pacífico cuando me levanto asaltado por una pesadilla una noche. miro por la ventana y sé que está ahí, azotando la costa de china. comprendo que la realidad es poliédrica, que no podré verlo todo, que hay cosas que sentiré por su sonido, por su tacto, porque he podido pensar en ellas. ocurre al poco de shenyang, una estación negra y limpia, como todas las de china.

a las cuatro de la mañana las provodnitsas decidieron adecentar el tren para beijing. nos despertaron,  discutimos con ellas porque no encontraban una toalla y después de media hora axfisiante, la encontrarton bajo el asiento. lo siento nenas, no queríamos robarla.

muchas horas después de todo esto, y cuando son las cinco de la mañana, aparece beijing. hace calor. el aire es líquido.

los besos y los abrazos,

fonske.

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