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El teatro de la Ópera y el Ballet de Yekaterinburgo

Sverdlovsk cabalga de nuevo

El museo del ejército

El ayuntamiento

Expresión corporal

 

 

        De “Fonske”  <amlozano@iies.es>

   Fecha Miércoles, Julio 14, 2004 19:34

         A  “Todos los contactos”

Asunto  asia a un lado, europa al otro

queridos todos:

en yekaterinburgo, en verano, no anoche nunca. según se va muriendo la tarde parece venirse sobre los edificios una modorra en forma de penumbra. pero hacia el este, donde asia empieza tan cerca, se aprecia bien que el sol no se ha ido, sino que ha doblado simplemente la esquina. quizá por eso tengo la extraña sensación de estar lejos, porque estoy próximo a una referencia geográfica absoluta y objetiva. siberia ya se anuncia con la voz baja pero clara. la ciudad es marcadamente industrial, es fácil hacerse a la idea de que un lugar como este fue donde los romanov terminaron su imperio. una cruz ortodoxa y unos iconos donde la familia imperial aparecen retrados como santos marcan ahora el lugar. la gente se acerca a la catedral, que apropiadamente se llama "de la sangre"  con un respeto que no he visto en el occidente cristiano. si marx tenía razón y la religión es el opio del pueblo, entonces esa droga, a fuerza de estar prohibida, parece que ha calado en el pueblo ruso. en esta ciudad todo parece destinado al cambio, ni siquiera sverdlovsk, que ordenó el asesinato de la familia imperial les sobrevivió apenas un año. sin embargo, su nombre se perpetuó en la ciudad hasta los noventa. la mafia rusa ha golpeado fuerte. en el cementerio, uno de los panteones muestra una estatua a tamaño natural. es un mafioso, muerto en las guerras de bandas. la estatua le muestra jugando con las llaves de su mercedes. estas piedras tienen mucho que contar a cualquiera que quiera escuchar.

vagabundeamos por yekaterinburgo, guiados por un mapa sin números y el instinto del viajero. parques, calles, edificios, iglesias; en un escenario, al abrigo del verano ruso un puñado de gente baila sin música, ensayando una coreografía que a nosotros se nos antoja indescifrable. sus únicos espectadores somos nosotros y un grupo de rusos que no hablan una palabra de inglés. de pronto se pone a llover y debemos buscar refugio.

el aire canalla envuelve la ciudad. parece que todo podría ocurrir. ni tan siquiera veronika, que no era bruja sino arquitecto, pero sabía que había de volver a vernos pestañeó cuando le preguntamos por la dirección de la tienda de instrumentos. consciente de su secreto, tras informarnos que conocía nuestro idioma pero sin saber a decir verdad donde estaba el establecimiento, se despidió sin ruido. después la encontramos al día siguiente, en el mismo sitio y fue ella misma la que nos vio primero y nos saludó, justo frente al soldado derrotado que conmemora los caídos en afganistán y chechenia. luego vino lo fácil, porque ya teníamos guía (o comisario político explícito, según se mire); incluso la tienda apareció. veronika hizo especial yekaterinburgo, veronika hizo bueno a yekaterinburgo. con veronika vagamos por la ciudad con otros ojos. con veronika comimos y cenamos donde sólo los rusos comen y cenan, cambiando conversaciones, compartiendo un trozo de vida. recuerdo que le pregunté, inocentemente, frente a un zumo de naranja, en el gordon's "¿has pensado vivir aquí toda la vida? ellá me miró contrariada y contesto "¿qué clase de pregunta es esa?". y por un momento, vi pasar la duda por sus ojos.

las luces que se apagan a la una, las calles parecen tranquilas pero están oscuras. hay una ley que obliga a las tiendas a conservar la luz encendida. con ese resplandor vagamos sin rumbo. a mí me persigue una inquietud. ellos quizá quieren irse a casa. pero yo insisto. vemos un sitio. el aspecto no convence a nadie (quizá a mí tampoco, pero quiero entrar). me dirijo hacia el portero. viste de negro y para ser lunes, hay demasiados compañeros suyos. el tipo apenas habla inglés pero me mira extrañado cuando le digo que quiero entrar. todos alrededor sonríen. demasiado. incluso yo estoy un poco nervioso. pero firmemente, con mi chaqueta al hombro, salgo fuera, llamo a mis compañeros, que resignados pagan los cincuenta rublos de la entrada y suben conmigo al piso de arriba una vez que hemos sido cacheados. en la barra pedimos sin convicción tres vodkas con naranja; el sitio se llamaba club zebra y no era más que una habitación de unos cuarenta metros cuadrados con un aire techno ibiza donde lo que primaba eran las camisas estampadas y las gogós con cuentagotas, sujetándose la nariz de cocaína tras el biombo en el que ni adelardo se atrevió a entrar. también la policia, que al día siguiente detuvo sin detener a adelardo toda la tarde, después de invitarle a comer y negarse a comprobar su pasaporte porque total, ya era un amigo, le recomendó como a un buen hijo descarriado que frecuentara otras compañías distintas a las del zebra. rusia incógnita, rusia imposible.

en la madrugada dejamos nuestro hotel cutre y salimos para irkutsk. un volga nuevo, encantadoramente occidental y soviético, nos lleva a la estación.

los besos y los abrazos,

fonske.

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