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El Baikal

La noche sobre Siberia

Cuarto y mitad

Pueblos sin nombre

Triangulación

 

 

       De “Fonske”  <amlozano@iies.es>

  Fecha Sábado, Julio 17, 2004 19:57

          A  “Todos los contactos”

Asunto  à bord de le baikal

queridos todos:

cuanto más al este se viaja, más salvaje se hace rusia. si en yekaterinburgo tuvimos la cercana ayuda de veronika, a partir de ahora tengo la sensación de que estamos solos, más solos que nunca.

el baikal va lleno, ya desde moscú. nuestro coche se compone de rusos que caminan por el tren como en su casa, libres de camiseta y que comen pez ahumado a todas horas (y así ese "perfume" llena permanentemente el vagón, ante la mirada inexpresiva y cansada de las provodnitsas) y de turistas de diversas nacionalidades que viajan de vacaciones al lago. hay una familia francesa. tienen una hija adolescente que mira a sus padres harta de la inexistencia de la ducha. apuesto que suspira por lo que suspiran los adolescentes y que lamenta la extravagancia de sus padres por elegir siberia como lugar de vacaciones. también hay unos fineses. lo único que sabemos de ellos es que sus equilibrismos en el baño lo dejan todo perdido, embadurnado de mierda como si fuera una pintura naive. y unos españoles a los que inexplicablemente hicimos el vacío y que nos han devuelto con igual factura nuestro leve intento de conversar con ellos. a estas alturas creo que los tres tenemos la sensación de que no tenemos ninguna necesidad de ningún español, que de alguna manera no hemos venido a eso. hay un niño poco menor que mi sobrino, rubio y sonrosadote que curiosea entre los compartimentos. su madre es una rusa fuerte y linda. el marido, un joven alto y enfermizamente delgado y fibroso, se desayuna una cerveza y dos cigarrillos mientras observa serio las evoluciones de su hijo en la sociedad. los manteles, los vasos del baikal son preciosos, muy trabajados, y ninguno de nosotros parece decidido a no adornar nuestras cocinas con esos pequeños recuerdos. las provodnitsas, que deben estar hartas de esas pequeñas desviaciones, antes de que podamos hacernos con alguno de esos objetos, media hora antes de llegar a irkutsk, recogen la mesa como diligentes camareras.

son tres días en el tren, con una multitud de estaciones construidas en estilo estalinista (es decir, sin estilo alguno) y el trajín hermoso y popular de sus estaciones, donde nos miran con ingenua curiosidad mientras insisten en que compremos cualquier mercancía; algunos de estos objetos parecen sacados de otra época, en una acronía deliciosa. resultan pintorescos todos esos trenes, muchos de los cuales parecen restos de un naufragio ferroviario. llegamos a irkutsk con cuatro horas de retraso. por la mañana, cuando las primeras luces me despiertan, noto que el tren corre escoltado por árboles caídos y hierba perfectamente combada. entre los postes eléctricos caídos, siento siberia. la hierba es alta, el paisaje ondulado. luego es cuando me entero por los del compartimento siete, dos parejas de alemanes que cantan canciones tradicionales al atardecer, que ha habido una terrible tormenta que ha dejado la zona poco menos que incomunicada. me hace gracia la sonrisa con que me/nos mira constantemente una de una de las mujeres. ¿me estaré volviendo paranoico? creo que nos mira con otras intenciones. todos coincidimos en que tiene un buen culo, que le sientan bien los cuarenta y pocos.

fue entre yekaterinburgo e irkutsk donde entendí todas esas cosas tontas en las que he pensado tanto. allí fue donde entendí todas las historias de oficiales rusos destinados en el caúcaso, haciendo nada excepto vivir y celebrar la vida en ciudades construidas a golpe de guarnición y donde la civilización, que aquí prefiero llamar “sofisticación” era un humo lejano que venía de moscú o petrogrado, sea esto escribir poesía o luchar en guerras por razones ajenas a uno. pero luchando, porque la  lucha es también la vida. esa misma noche, a las dos, hora de moscú, cuando tomábamos el baikal, rumbo a irkutsk, supe, atravesando las extensiones de altísima hierba verde brillante donde la vista no encuentra final, que como en todas las partes del mundo, lo normal no es vivir, sino matar el rato. y que simplemente eso ya evidencia el sinsentido de la vida y el sentido que obstinadamente nosotros nos empeñamos en darle, aunque sea atravesando asia de un extremo a otro. el paisaje es tan subyugador y la naturaleza tan rotunda que la vida se afirma, se agudiza, se intensifica; los sentidos se afilan, la sensualidad estalla. lo inaceptable, lejos de nuestro entorno-adormidera, podría volverse aceptable. nosotros también cantamos, damos cante con aire flamenco cuando terminamos de comer, brindamos con vodka por este viaje ineludible.

los besos y los abrazos,

fonske.

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Después de la tormenta

El paisaje tras los Urales

Fuga

15 minutos

Puente

El vodka de los 3000

Estaciones transiberianas

El descanso del guerrero

Sonata transiberiana

Puesta de sol en la estepa

Estaciones olvidadas