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De “Fonske” <amlozano@iies.es> Fecha Martes, Julio 20, 2004 00:02 A “Todos los contactos” Asunto anónimo siberiano queridos todos: irkutsk nos ha recibido con la mañana lluviosa. dimitri, nuestro conductor - que en realidad se llama anatoli y nosotros llamamos antolín, por aquello de no quedarnos quietos - nos ha llevado a lystvianka inmediatamente. su furgoneta de fabricación china se mueve con soltura entre los barrios descuidados de irkutsk, donde no hay una señal y donde los carriles son construcciones mentales que los conductores deben imaginarse. lystvianka está a unos 60 km de irkutsk. nos alojamos en una casa encantadora, típicamente siberiana, construida en madera y que no posee retrete ni ducha. ambos están en el exterior. el primero es una caseta con aire de letrina y acolchado en el asiento. la ducha es una sauna rusa, banya en el idioma local. es calurosa pero no tanto como la finesa, en ella pasamos algunos de los mejores ratos en este pueblo. después de tres días sin ducha es un cambio agradable, la relajación del agua caliente fría en continuo contraste. nuestra anfitriona se llama rita. es una mujer de edad indefinida, que cocina con arte y practica un inglés básico pero eficaz. vive con su madre, una mujer alegre de rostro curtido y bronceado, que no habla más que ruso pero mira desde sus ojos profundos con la seguridad de haberlo visto todo y que aún así hace lo posible para comunicarse con nosotros. los suyo no son lugares, claro, que jamás salió de su provincia; sus geografías son las personas. sus ojos son expresivos, parecen contarme la historia de rusia. aparte del soberbio lago baikal, donde las rusas toman el sol en tacones de aguja, es un pueblo muerto. rita en el desayuno nos advierte: mojarse los pies (hasta la rodilla) en el baikal son diez años más de vida, sumergirse entero, veinticinco. parece poca inversión para tanto beneficio. así a la media tarde nos vamos a la orilla a recoger nuestra premio. el agua está a unos diez grados y lo cierto es que hay que hacer un esfuerzo para sumergirse entero o incluso introducir durante algo más que unos segundos las extremidades. pero lo hacemos, sólo adelardo se queda fuera, con la excusa de que ni quiere vivir para siempre ni a venido aquí a sufrir. nuestros intentos por nadar son saludados por un ruso, que pasa la tarde sin pena ni gloria en la orilla, con sus hijos de corta edad y su mujer. con su bañador modelo soviético, se sumerge con decisión y delante de nosotros, ensaya su propio estilo, sin signo alguno de frío. nuestra conversación se limita a gestos. parece divertido con vernos, a tres españoles, sufriendo como colegiales en las aguas de su mar. es cómico, como tantas cosas aquí. nos presenta a su hijo (que él dice que sabe inglés) e intenta hacer lo mismo con su mujer, que se siente avergonzada. es una linda rusa, que apenas ha salido de la adolescencia, de nalgas y pecho rotundo. cuando le llama, a gritos, como si acabara de encontrar un tesoro, recoge sus cosas y se aleja hacia su casa, que está al otro lado de la carretera. su marido está contrariado, se aleja tras de ella, pareciendo recriminar su falta de educación.
el sábado por
la es curioso este pueblo, donde los coches cruzan la carretera como llevados por algún demonio, haciendo eses, plenos de vodka. de uno de ellos, una chica se baja, perdiendo el equilibrio igual que el vehículo y a la vista de todos nos ofrece su culo como dos sandías, a treinta metros escasos de nosotros para expulsar algo que parecía molestarle mucho. creo que quizá manolo requiera un aparte, mayor que lo que tres líneas cómplices pudieran aportar. elijo el episodio con manolo por lo que tiene de minimalista. manolo nos oyó hablar ruidosamente en el mercado de lystvianka. salió entre el humo con el que hacían el omul, con ese olor recio que permanecía más allá de las primeras horas de aireo y al que tan acostumbrados estábamos. sencillamente nos preguntó si éramos españoles. era un tipo de estatura regular que vestía de negro riguroso y calzaba un evidente acento sevillano. venía de trabajarse a la única vendedora que hablaba castellano (???). supongo que era metódico. creo que llegó a intentar invitarla a una cerveza. no importa lo que digan, los negocios son los negocios y son duros en todas partes. luego su oído le le llevó a nosotros. al principio, mis compañeros le obviaron. mi actitud tampoco era exactamente positiva, sólo indiferentemente curiosa. manolo nos dio su teléfono y luego cada uno se fue por su lado. por la noche, quedamos con él en el desierto pub de lystvianka village. hacía frío también aquella noche. un relente venía del lago llenaba la carretera. el cielo era magnífico y negro, sólo roto por el espinazo de la noche, que vertebraba siberia y lo soportaba como un gato erizado y nervioso. sentados delante de vodka y cerveza, lo que primero nos dijo manolo fue "vosotros no parecéis rusos". yo sé que miré a sebas, a su camisa de modernillo, a sus pantalones de progre y a su barba rubia que le crecía desde la barbilla y después a adelardo, que vestía (otra) camisa de cuadros suaves y dockers color pastel (en mi imaginario, el uniforme clásico de niño bien). me miré a mí mismo, camisa plana de color indefinido y vaqueros, mis zapatos negros y dije "no, no parecemos rusos. y ninguna falta que hace". manolo viajaba solo y eso incluía camuflaje con el medio. él sí que parecía uno de esos rusos que abundaban tanto de camisa estampada o negra. a manolo le preocupaban dos cosas: la indiferencia de la vida sevillana, con su calor que licuaba el cerebro y su ramplona facilidad para dejarse llevar y las mujeres rusas, que tanto habíamos admirado. ignoro si consiguió triunfar en lo segundo. pero con lo lo primero puedo asegurar que sí. sobornando provodnitsas y vadeando excombatientes del caúcaso en los inhóspitos compartimentos del rossiya se llegó a vladivostok y volvió. de la sevilla venenosa había huido, de momento, bastante lejos. en otro momento nos dijo: "verás, tú, a veces. viajando solo, me aburro". cuando nos separamos, frío intenso, manolo se alejó en camiseta. hasta su casa le quedaba al menos media hora de camino en la oscuridad más absoluta. espero que lo lograra, espero que ahora esté en sevilla sin importarle si le han entendido o no, pensando en otro viaje. mis colegas encuentran irkutsk espantoso, descabalado. es innecesario decir que me encanta. ciertamente tiene un algo cutre y parece que nadie se ha ocupado de esta ciudad desde el momento de su fundación, pero (y no sólo) está a 5000 km de moscú. salvaje y puro, siento que sin importar que lo que yo haga, nada importa. es un bocado de libertad. es rusia. en irkutsk es donde se aprecia más que iguales somos todos y cómo de incierto para alguien meridional pudiera ser atravesar (que ya no residir) en medio de la estepa rusa. nos alojamos en casa de galiana, en el bajo de una calle escondida. su casa no tiene lujos. la comparten, que nosotros sepamos ella misma, su hija casi adolescente y su bebé, así como su marido (el de la hija). nuestra visita les obliga a todos a asfixiarse en una de las piezas mientras nosotros ocupamos las otras dos. cuando adelardo sale a ducharse, su marido hace poco que ha entrado en la casa. entre gritos de origen desconocido en su habitación, la hija sale medio desnuda, sin sonrojarse; más que no hablarnos, nos ignora. creo que galiana, también se equivocó con nosotros cuando tras salir a pasear nos indicó en alemán vacilante: “bulvar gagarina, walk, beer, madam”. y así era un poco todo: un enorme supermercado con estanterías medio vacías en las que se encontraba, si querías, toda la mercancía que excita a las imaginaciones de los viajeros. en irkutsk hay mucha gente pareciendo no hacer nada. merodean, hablan en las esquinas. son grupos sin edad que a veces nos miran. soy incapaz de descifrar sus miradas. a mis compañeros les resultan amenazadoras o indiferentes, dependiendo de la hora. quizá porque caminar por irkutsk es hacer también memoria también del gulag, a veces me imagino a tipos malos que se han hecho a partir de los trabajos forzados; esos edificios de piedra, muchos construidos por ellos, hablan de libertad y de intolerancia a través de años de zares y politburó, todo cambiando para seguir igual; hablan de las mujeres que siguieron a los condenados en los lejanos tiempos de la rusia zarista. aquí hicieron su hogar, aquí podríamos hacer el nuestro. la noche amenaza lluvia, pero no refresca. todo se ha pintado de violetas; en la casa hace un calor sólido; después de un cigarrillo en la puerta, mientras vemos a los niños que se retiran de sus juegos en los columpios frente a la casa, nos vamos a dormir. son apenas las doce. mañana salimos para beijing. los besos y los abrazos, fonske.
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