El viaje de Pablo

29 de octubre de 2007

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El viaje de Pablo 2007 (¡Nuevo!)

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  Presentamos en esta sección las notas de viaje a través de la ruta transiberiana de Pablo Sánchez La Chica, a quien tuve el placer de conocer en Bruselas, y que amablemente las ha cedido para esta página. Fueron escritas durante su periplo en el verano de 2007 .

 

Rusia

Mongolia

China

Moscú

Cruce de fronteras

La comida china

Nijni-Novgorod o El provecho del tiempo perdido

El chu de los caballos mongoles

Pekín

Tres días en el tren

   

Irkutsk

   

Baikal o Los nuevos rusos (ricos)

   

En Bruselas, a 25 de octubre de 2007

RUSIA

Moscú

La galería Tretiakov

La galería me permitió, en una rápida visita por la pintura rusa decimonónica, entrar en contacto con el realismo social de Perov, con los paisajes de Kuinji y con el exotismo mezclado de pacifismo de Vereschagin. Así es Rusia, pensé, o así la vieron sus pintores del siglo pasado. Predominaban los temas patrióticos, cosa habitual en la época, y destacaban sobre un fondo de inmensas llanuras el colorido de los trajes tradicionales y la presencia de la iglesia ortodoxa.

La ciudad

Moscú me sobrecogió. Las avenidas son inmensas. El Kremlin una ciudad dentro de la ciudad. El metro inabarcable. El río, manso e imponente. La vimos sin nieve. Quizá ésta conceda suavidad y luminosidad a la dureza y frialdad de sus formas.

Por poco no nos perdimos durante el paseo que dimos alrededor del Kremlin la primera tarde. Las calles no tienen apenas cruces de peatones. Hay pasos subterráneos que además parecen invisibles. Resplandecía en el cielo una claridad casi ártica.

Nos dispusimos a buscar un buen restaurante. Callejeamos por la zona más turística y ni el cartón piedra ni las scherezades de turno nos convencieron. Ya de camino al hotel, cerca de las obras de reforma del Bolshoi, elegimos uno de los hoteles más insignes de la ciudad, el Metropol.

Entramos en un coqueto restaurante con decoración clásica, pianista incluido. Para un ruso de cualquier época, imagino que el estilo y el menú europeos deben de ser el súmmun de la elegancia. La pátina de los turbulentos años del siglo XX ruso que este salón ha presenciado lo eleva, sin duda, por encima del común de las cafeterías de hoteles de lujo. ¿Cuántos aristócratas se habrían despedido allí de un mundo en extinción?¿Cuántos trotskistas habrían brindado por la revolución mundial en estas mismas mesas?¿Cuantos jerifaltes soviéticos habrían urdido durante años, sentados aquí mismo, su ascenso en la nomenclatura?

Los nuevos oligarcas, trasunto de los antiguos KGBs con suculentos negocios en materias primas, no se dejaron ver ni esa noche ni las siguientes. Los restaurantes que visitamos durante nuestros tres días en la capital rusa, todos bastantes buenos y un lujo inalcanzable para la mayoría de los moscovitas, se encontraban prácticamente vacíos. ¿Dónde estaban los nuevos rusos (ricos)? Quizá en Marbella o en Saint-Tropez tomando el sol. Quizá en esas famosas fiestas exclusivas en las que sólo se entra con invitación. Vimos coches de lujo pero no tuvimos la sensación del consumismo floreciente que presenciamos en Pekín.

El colmo fue cuando cenamos en el restaurante principal del Metropol. Eran las nueve de la noche de un viernes y el restaurante, de unas sesenta mesas, estaba vacío. Nos atendieron exquisitamente y una orquesta de ocho personas tocó para nosotros. Aposté que algún cliente más vendría. Bajo la fastuosa cúpula de cristal del hotel, mi padre y yo cenemos solos aquella noche.

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Nijni-Novgorod o El provecho del tiempo perdido

Sigo pensando que los días en los que más se aprende es, precisamente, en aquéllos que damos por perdidos de antemano. En Nijni-Novgorod vivimos el primero, al retrasar medio día nuestro viaje por culpa de la falta de disponibilidad en los trenes rusos. En Moscú, con tantas cosas por ver, no perdimos ningún día o quizá sólo perdimos nuestros pasos en alguna ocasión. Ese día en Nijni, en cambio, pudimos ver de cerca cómo eran las calles y las casas donde vivían los rusos. Inmensos bloques de viviendas de fachadas sin repellar; neumáticos que hacían las veces de bancos en jardines descuidados; apenas tiendas en los bajos."¡Qué desolador paisaje urbano!" pensé. Me recordó mucho a la fabulosa película alemana "La vida de los otros"...

Un mundo sin tiendas

Yo, nacido y crecido en el sistema capitalista, me preguntaba en las desoladoras calles de Nijni cómo habría sido un mundo sin la publicidad y el consumismo ahora omnipresentes. Duro, en todo caso, en una ciudad como aquélla, con un clima tan inhóspito la mayor parte del año, donde las casas, poco acogedoras, eran, y supongo, siguen siendo, muy pequeñas, con cuartos de baño y cocinas a veces comunes. ¿Dónde refugiarse de la ventisca, del frío helador, de la nieve casi perenne fuera de la vigilancia de familiares y vecinos si no había ni cafés ni tiendas? Como me decía un amigo, la mejor forma de combatir el frío es moviéndose. Estos rusos corpulentos, panzudos, fuertes, deben de haberse perpetuado a base de movimiento continuo, de ejercicio físico en las minas, en las fábricas o en los cuarteles. 

Nuevo esplendor de la iglesia ortodoxa

Ese mismo día en Nijni nos colamos por casualidad en una feria que resultó ser religiosa. Una multitud de mujeres tocadas con pañuelo se santiguaban aparatosamente y besaban con ahínco los iconos en exposición. Los curas de largas barbas vendían toda clase de parafernalia envejecida más por el betún que por los años. El negocio marchaba bien. No fue la única ocasión que tuvimos esa tarde de apreciar el nuevo esplendor de la iglesia ortodoxa rusa.

Visitamos más tarde, entre otras iglesias, la catedral, que se encontraba en la zona del puerto de la ciudad. Los iconos eran bonitos pero fechados en 2005. Las reformas dentro del templo avanzaban a buen ritmo. Otra iglesia, muy bonita y de apariencia occidental desde fuera, reproducía en su interior el típico esquema de la iglesias ortodoxas: cruz griega, gran cúpula central e iconostasio que aísla a los celebrantes de los asistentes a la eucaristía, lo que provoca que un espacio desde fuera bastante amplio resulte angosto visto desde dentro. Aquella bonita iglesia se encontraba, como otras, recién reformada. El granito rojo del suelo brillaba y los candelabros resplandecían por doquier. La feligresía estaba, otra vez, compuesta mayoritariamente por mujeres con pañuelo.  La ceremonia acababa de terminar cuando entramos y el cura mantenía un aparte con una parroquiana. Ella asentía mientras él hablaba despacio y con autoridad. ¿De dónde habían sacado a estos popes?¿Dónde estuvieron refugiados durante tantos años de dictadura atea estas barbas solemnes y ampulosas? Para mí que algunos, a falta de experiencia, utilizan la barba para echarse encima años.

El golpe

La tarde no dejó de depararnos sorpresas a orillas del Volga. Mientras esperábamos el tren que por fin nos llevaría a Yekaterinburgo, la capital de los Urales, presenciamos el cierre de un moderno centro comercial. No se sabía muy bien lo que pasaba, pero sí que no dejaban entrar a más gente y que evacuaban poco a poco a los que aún quedaban dentro. La gente no hacía corrillo, como hubiera sucedido en España, sino que se mantenían dispersos y a cierta distancia de las fuerzas del orden. Los bomberos llegaron y entraron en el edificio. En el exterior un encargado de la seguridad forcejeaba con un supuesto cliente. ¿Habría robado algo? La situación era extraña porque el supuesto ladrón llamaba a gritos a la policía mientras se zafaba del abrazo del guarda. Además, no acababa de marcharse como habría hecho cualquiera que evitase problemas. La cuestión pareció aclararse cuando vi lo que pretendía coger el mencionado guarda. Era una cámara. Se trataba probablemente de un periodista que había tomado unas fotografías que el encargado quería impedir a toda costa que se difundiesen. Imaginé cómo, tras los modernos cristales del centro comercial, se escondía un sistema eléctrico más que deficiente. Cómo un fusible había saltado y cómo el fuego se había extendido por una habitación que, en vez de estar vacía como prescribían las normas, hacía las veces de almacén auxiliar (si no es que escondía mercancías ilegales o productos de contrabando). Cómo el periodista había fotografiado estos artículos en llamas y se había escapado rápidamente sin creer ser visto. El caso, pensé, se esclarecería con la llegada de la policía. No fue así. El encargado de seguridad, un hombre robusto y con experiencia, saludó cordialmente a los policías que escuchaban al mismo tiempo la entrecortada versión de los hechos del presunto periodista. Parecían viejos amigos del primero. El periodista, después de pasearse como lobo herido por las inmediaciaciones del centro comercial, desapareció entre los coches que cruzaban la calle. No sé que pasó con el carrete. Tiempo después supe que en Nijni el gobierno había intervenido un periódico con el que colaboraba la asesinada Anna Politovskaya.

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Tres días en el tren

Recibimiento

Nuestro trayecto más largo fueron los tres días que nos llevó recorrer la distancia entre Yekaterimburgo e Irkutsk, esto es, entre los Urales y la frontera ruso-mongola. Íbamos a ir en primera clase pero, por azares del destino, acabamos en segunda. La diferencia estribaba, básicamente, en ser cuatro en lugar de dos por compartimento. Nos tocaba, pues, convivir con los rusos. Nada más entrar en el tren me dispuse a hacer la litera superior. Un verdadero lío. Saqué y volví a poner sábanas. Hizo equilibrios para revisar el colchón y llené todo de plumas. El resultado no fue demasiado satisfactorio. Mi vecino, en cambio, sin mucho, esfuerzo hizo impecablemente su cama, también arriba, enfrente de la mía. "Éste ha aprendido en el ejército", pensé. Debió de ser en tiempos soviéticos porque el buen hombre no tenía la nacionalidad rusa sino la armenia. Era alto, delgado y cetrino. Nuestro otro compañero era el prototipo de ruso. Un auténtico oso. Grande, gordo, muy blanco y con cara de pocos amigos. Disponía de una buena reserva de chocolatinas a la que recurría asiduamente. Cuando ya nos instalamos los cuatro en el compartimento empezamos a hablar un poco pero ellos no entendían el inglés y nuestro ruso era aún más deficiente. Parecían estar ofreciendo algo y dijeron algo de anfetamín. Mi padre rechazó lo que tomamos por un asunto de drogas. Más tarde vimos que simplemente nos ofrecían alcohol, haciendo gala de la proverbial hospitalidad rusa (¿o sería oriental?). El armenio sacó una botella de coñac de su tierra y nos la pimplamos acto seguido entre los cuatro. Mi padre y yo no alcanzamos a comprender casi nada de lo que decía. Se le veía muy triste e imaginamos que contaba tristes historias de la tristísima Historia del pueblo armenio. Supimos que un hijo suyo estaba en el ejército norteamericano y que él vivía entre Moscú, Yekaterimburg y Ereván.

Continuación

Al día siguiente se marchó el armenio. Nuestro amigo ruso devoró una novela policíaca a base de chocolatinas. El paisaje seguía siendo monótono. Kilómetros y kilómetros de llanuras cubiertas de bosques de coníferas y abedules. Muy pocas granjas. Apenas tierras cultivadas ni ganado. Recuerdo que una mañana me despertó una claridad cegadora. En el azul intenso del cielo algunas rapaces sobrevolaban unos pantanos cubiertos de juncos. La mayoría de los días fueron nublados o con nubes altas. La llanura y los bosques nos impidieron tener vistas panorámicas. Cruzamos ríos anchísimos. Una sensación de tierra sin poblar nos inundó.

Final

Los días pasaron entre colas matutinas para ir al baño, escasas comidas y abundantes lecturas. Seguíamos en un vagón completamente ruso. Formábamos ya parte del decorado aunque para ellos, supongo, la nota pintoresca la añadíamos nosotros. Llegó otro señor al compartimento. No tenía ni un sólo diente en la mandíbula superior. Había trabajado en el ejército. Parecía amable. Hacía tres días de viaje de ida y otros tres de vuelta para realizar una visita de dos días a sus hijos. Sabía algunas palabras en inglés pero la conversación seguía siendo imposible.

Ya sólo nos separaban unos cientos de kilómetros de Irkustsk. A medida que nos acercábamos nos dimos cuenta de que había varias paradas posibles. Era mejor no precipitarse. Por fin nos bajamos del tren en el centro de la ciudad. El día estaba encapotado y todavía nos quedaba todo por organizar. Pero ya habíamos recorrido prácticamente todo el tramo ruso. Lo que nos quedaba de tren era ya una minucia.

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Irkutsk

Irkutsk, en plena Siberia, me pareció a primera vista tan rusa como Moscú aunque nos encontrásemos en la otra punta del imperio. Su mercado me mostró la variedad de pescados y carnes rusos y una buena gama de productos puramente locales, entre los que destacaría los yogures que vendían campesinas buriatas, minoría autóctona, y la exquisita comida rápida de inspiración china. En el exterior se encontraban los puestos más humildes en los que se vendían las frutas de temporada (arándanos, grosellas y otras frutas del bosque) que compraban los locales para preparar conservas caseras. Cansados y acalorados, nos sentamos en los bancos del exterior para ver a la gente pasar. Entablamos conversación con un vecino que resultó ser un español con bastante experiencia en la zona. Nos habló del nacionalismo ruso, pero también del propio hartazgo de los rusos ante la ineficiencia reinante y de los trucos de que se valían las jóvenes rusas para obtener visados (intentaban salir feas en las fotos pues, al parecer, a las guapas no las dejaban salir porque sabían que no volvían). 

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Baikal o Los nuevos rusos (ricos)

El lago Baikal me mostró dos cosas: la falta de buenos comerciales en Rusia y el tren de vida de algunos nuevos ricos. En Irkutsk contactamos hasta con tres agencias de viajes locales para comprar algún paquete turístico o que nos vendieran alguna atracción irrepetible junto a las aguas del profundísimo lago. No hubo manera. No sé si no estaban al corriente de la oferta, no les interesaba conocerla o simplemente nos veían como una molestia. Unos viajeros alemanes que encontramos a orillas del lago nos contaron que ellos habían disfrutado muchísimo un crucero de tres días por todo lo ancho del Baikal, que habían comido de maravilla y que les había resultado una experiencia muy enriquecedora. Sin embargo, todo lo habían contratado en Alemania. En Irkutsk, claro está, no sabían lo que tenían.

Nos vimos forzados, pues, a establecer nuestro campamento base en una tranquila localidad junto al lago, Litsvianka. Unas pocas casas, la mayoría residencias veraniegas, distribuidas por tres pequeños valles unidos por el camino que bordeaba este mar interior de agua dulce. La distracción de los turistas, locales la inmensa mayoría, consistía en pasearse con sus enormes coches de importación, coger alguna moto de agua y descansar en sus casas, sin mucho que hacer, imagino. El mercadillo del pueblo era el más caro que encontré en Rusia. Una vendedora, con bastantes malas pulgas, nos lo dijo muy claro. "Este es mi año de trabajo, dos meses en Litsvianka". Trabajaban, eso sí, de sol a sol, pero sigo sin comprender muy bien cómo podía haber tantos vendedores y tan pocos compradores y seguir resultando rentable el negocio.

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MONGOLIA

Cruce de fronteras

Nos costó casi dos días recorrer los escasos quinientos kilómetros que separan Irkutsk de Ulán Bator, la capital mongola. Dejamos las líneas férreas ex-soviéticas que habíamos utilizado durante casi dos semanas, cambiamos a las provotnisas (responsables de cada vagón) rusas por las mongolas y sustituimos la comodidad de las máquinas eléctricas por la rusticidad de los motores diésel que recorrían la estepa de Gengis Kan. La principal causa de la lentitud en el cruce de la frontera fue, sin embargo, el celo de los funcionarios de fronteras rusos que revisaron hasta en tres ocasiones mis documentos de viaje (moraleja, es preferible no dejarse barba cuando se va a cruzar una frontera rusa) y la tenaz vigilancia que realizaban los mismos funcionarios mientras atravesábamos la amplia tierra de nadie que todavía separa, o une, esos dos países. Para tal operación, las nuevas provotnisas bajaron las cortinas de todas las ventanillas y los guardias rusos se apostaron en cada una de las puertas de salida. El contrabando es frecuente, me dijeron, y, seguramente, los policías querían tenerlo muy bien controlado.

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El chu de los caballos mongoles

Como toda buena visita a Mongolia la nuestra no prescindió del contacto con los caballos que llevaron a este pueblo de pastores a crear el mayor imperio de la historia,  del mar de China al Caspio. Nada más entrar en el parque Terejl, a unos setenta kilómetros de Ulán Bator, pudimos ver a los legendarios equinos (entre otras atracciones locales como las rapaces, los camellos o los yaks). El programa de nuestra visita incluía, por supuesto, un paseo a caballo. Nos sorprendió en un primer lugar que no nos acompañase el cuidador que los había traído a la excursión sino las dos nietas de la dueña de la tienda (ger o tienda yogur) donde nos hospedábamos, más bien urbanitas. Sufrimos cierta decepción cuando éstas tomaron las riendas de nuestras monturas y comenzaron a pasearnos. Al rato, conseguimos hacerles ver que queríamos montar solos. A pesar de mis esfuerzos por hincar espuelas, el caballo no respondía. Las niñas nos dijeron que bastaba con decir "chu, chu" y los caballos arrancarían. ¡Y así fue!

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CHINA

La comida china

Entramos en China y cogimos un autobús-cama que nos puso en quince horas en Pekín. El autobús era cómodo pero no disponía de cuarto de baño y, aunque los viajeros, todos europeos, eran en su mayoría jóvenes, las paradas se hacían ineludibles. En la primera, además de echar gasolina, parecía estar programado el tomar algo.  Los güiris nos bajamos indecisos del autobús y apenas nos atrevimos a subir las escaleras y entrar en la casa de comidas que nos proponían. Me parece recordar que no había cartel - de poco hubiera servido -, que había unas chinas con unas grandes bandejas en un comedor de largas mesas y que no nos aclarábamos si aquello estaba incluido en el precio de billete o si era aparte. Así que el grupo volvió a salir tímidamente a las escaleras. Llevábamos un rato fuera cuando le propuse a papá entrar. Como supusimos, el resto del grupo nos siguió al poco. El caso es que por dólar y medio comimos como reyes. Nada que ver con la comida mongola. Ésta era sabrosa, variada, fresca, colorida. Confirmamos sobre el terreno lo que casi todo el mundo sabe de China: su comida es fuente de placer y alegría.

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Pekín

Entrada en la ciudad

Durante el trayecto por las carreteras chinas a menudo nos pasó que nos encontrábamos parados y a oscuras en medio de la noche. Todos los vehículos habían apagado el motor. Sólo se oían los grillos y no llegamos a comprender muy bien si se trataba de un atasco o de meros controles de tráfico. La impasibilidad de los rostros de los conductores no nos permitía adivinar si su paciencia se derivaba de una legendaria sumisión al poder o de la aceptación de los designios de la circulación vial.

Por la mañana entramos en una zona cada vez más poblada que supuse era el área urbana de Pekín. Mucha gente iba en bici pero eran muchos más los que lo hacían en autobús o en coche particular. Estábamos claramente en el centro de la ciudad cuando el autobús se paró y se metió en la cochera. La ciudad me pareció rica y ordenada. Podría haberse tratado de una gran ciudad europea.

Parque Behai

Como buen cofuciano, comenzaré mis impresiones de la capital celeste en honor a mi venerable padre. Ante el inmenso estanque cubierto de lotos que se extendía bajo el puente del parque Behai, mi padre confesó que sólo por ese momento ya habría merecido la pena todo el viaje. El loto, nelumbus nucifera, representa, como ninguna otra especie vegetal, Asia, su filosofía y su belleza. Esta planta acuática hunde sus raíces en el fango para regalarnos la blancura de sus delicadas flores. Sus hojas viven en contacto permanente con el agua pero son completamente impermeables. Sus semillas pueden durar milenios. Para los hindúes, simboliza la belleza divina. Los chinos, más prácticos, comen sus flores, semillas, brotes y raíces, de alto contenido en fibra, vitamina C y potasio. Quizá la sorpresa de mi padre se debía a las dimensiones del parque (su nombre en chino quiere decir "mar del norte") pero nuestra sorpresa fue aún mayor cuando supimos que no es el único de la capital, pues existen a su vez los respectivos mares del centro y del sur.

Avenida Wangfujing

Lo que más me sorprendió de Pekín fue la capacidad adquisitiva de una multitud de chinos y su consumismo rampante. En las tiendas de la avenida peatonal Wangfujing pude corroborar lo bien que han asumido la exhortación al enriquecimiento de Den Xiaoping. Los productos allí expuestos eran de calidad y estándares europeos. Había fantásticos comerciales, de manera que cuando entrabas en una tienda no tenías más remedio que salir cargado de buenos productos. Yo, por ejemplo, me gasté más de cien euros en unos tés que todavía siguen amenizando las ya oscuras tardes de Bruselas. Los devastadores años de la revolución cultural - ¡hace apenas treinta! - no consiguieron matar el espíritu comercial y el gusto por los placeres de la vida de tantos chinos. La animación continuaba en aquella misma avenida por la noche. Recuerdo haber asistido allí a un concierto de auténtico jazz tocado por unos artistas muy americanos. ¿Hasta cuándo podrá mantener el actual régimen chino un estilo de vida que baila al ritmo jazz pero que prescinde de sus cantos de libertad?

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Última actualización 29 de octubre de 2007