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Los ecos de Asmodeo [2]

-Sí, ya sé que este Tagore y Quevedo son buenos autores, pero el resto no valen nada. Por ciento, ¿cuando me pide por estos dos libros?
-Por éste 20 euros y por el otro otros veinte
-¿Cuarenta en total? -calculé en voz alta.
-Eso es, cuarenta sólo estos dos.
-Me gustan, pero el caso es que... Mire, le voy a ser sincero, me presento en casa y le digo a mi señora que he pagado 20 euros por un libro... y lo menos que me dice es que si quiero comer que me coma el libro. Pero bueno si el resto son 10 euros...
-Eso es, por los otros si los quiere me tendrá que pagar 10 euros.
-Vale, me los quedo, así al menos, tengo lectura para el fin de semana
Le pagué con un billete de diez euros y me marché seguro de haber hecho una buena compra.
En casa me conecté a internet y fui mirando, uno por uno, todos los libros que acababa de adquirir. Los Ecos de Asmodeo de Valle-Inclán estaba valorado en 60 euros; De sobremesa, de Martínez Kleiser, 36 euros, y era un ejemplar con dedicatoria y firma autógrafa del autor; Las memorias informales, de Alfredo Marqueríe, también una primera edición, 55 euros; y el ejemplar Caliente Madrid, de César González Ruano, 100 euros. El resto de los libros el que menos estaba valorado en 20 euros. Eché la cuenta y esos trece libros valían 422 euros, más de setenta mil pesetas.
Después de valorados me puse a leer la Mentira, de Amado Nervo, una novelita corta que me gustó bastante y decidí que Los Ecos de Asmodeó, de Valle, sería mi banquete de la tarde.
Para ambientarme tecleé en la página de Google "Asmodeo" y pulsé a buscar. Aparecieron 10 de 499 páginas. La segunda se titulaba: Salomón y Asmodeo, y poco más o menos decía así:
La tradición judía relata que cuando el rey David se encontraba en los umbrales de la muerte, llamó a su hijo y sucesor, Salomón, para la despedida final. Salomón era joven, inexperto y estaba muy preocupado por la corona que pronto sería suya. Le rogó a su padre que le dejara algo que pudiera serle de ayuda en tiempos de crisis. Su padre le dio un joyero que contenía una moneda. "Cuando te encuentres en aprietos", dijo David, "abre este estuche y mira la cara de la moneda. Pero cuando te encuentres en la cima del bienestar, vuelve a abrirla y dale la vuelta y mira el lado opuesto. Que Dios sea contigo, hijo mío". Y murió.
Los años pasaron y Salomón se encontró asediado por problemas graves. Entre los altos rangos de sus oficiales mayores se gestaba una rebelión. Las varias esposas con las que había casado le exigían opuestos caprichos, llegando incluso a construir altares para los dioses extraños que en sus países de origen acostumbraban a idolatrar. El inmenso peso económico y logístico de construir el primer Templo para el Dios de Israel era casi imposible de resistir.
Salomón estaba abatido y apesadumbrado cuando recordó el consejo de su padre y abrió el joyero. En la cara de la moneda leyó las palabras hebreas: Gam zeh ya'avor que significan "Esto también pasará".


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