| -Sí,
ya sé que este Tagore y Quevedo son buenos autores, pero el resto
no valen nada. Por ciento, ¿cuando me pide por estos dos libros?
-Por éste 20 euros y por el otro otros veinte
-¿Cuarenta en total? -calculé en voz alta.
-Eso es, cuarenta sólo estos dos.
-Me gustan, pero el caso es que... Mire, le voy a ser sincero, me presento
en casa y le digo a mi señora que he pagado 20 euros por un libro...
y lo menos que me dice es que si quiero comer que me coma el libro.
Pero bueno si el resto son 10 euros...
-Eso es, por los otros si los quiere me tendrá que pagar 10 euros.
-Vale, me los quedo, así al menos, tengo lectura para el fin
de semana
Le pagué con un billete de diez euros y me marché seguro
de haber hecho una buena compra.
En casa me conecté a internet y fui mirando, uno por uno, todos
los libros que acababa de adquirir. Los Ecos de Asmodeo de Valle-Inclán
estaba valorado en 60 euros; De sobremesa, de Martínez Kleiser,
36 euros, y era un ejemplar con dedicatoria y firma autógrafa
del autor; Las memorias informales, de Alfredo Marqueríe, también
una primera edición, 55 euros; y el ejemplar Caliente Madrid,
de César González Ruano, 100 euros. El resto de los libros
el que menos estaba valorado en 20 euros. Eché la cuenta y esos
trece libros valían 422 euros, más de setenta mil pesetas.
Después de valorados me puse a leer la Mentira, de Amado Nervo,
una novelita corta que me gustó bastante y decidí que
Los Ecos de Asmodeó, de Valle, sería mi banquete de la
tarde.
Para ambientarme tecleé en la página de Google "Asmodeo"
y pulsé a buscar. Aparecieron 10 de 499 páginas. La segunda
se titulaba: Salomón y Asmodeo, y poco más o menos decía
así:
La tradición judía relata que cuando el rey David se encontraba
en los umbrales de la muerte, llamó a su hijo y sucesor, Salomón,
para la despedida final. Salomón era joven, inexperto y estaba
muy preocupado por la corona que pronto sería suya. Le rogó
a su padre que le dejara algo que pudiera serle de ayuda en tiempos
de crisis. Su padre le dio un joyero que contenía una moneda.
"Cuando te encuentres en aprietos", dijo David, "abre
este estuche y mira la cara de la moneda. Pero cuando te encuentres
en la cima del bienestar, vuelve a abrirla y dale la vuelta y mira el
lado opuesto. Que Dios sea contigo, hijo mío". Y murió.
Los años pasaron y Salomón se encontró asediado
por problemas graves. Entre los altos rangos de sus oficiales mayores
se gestaba una rebelión. Las varias esposas con las que había
casado le exigían opuestos caprichos, llegando incluso a construir
altares para los dioses extraños que en sus países de
origen acostumbraban a idolatrar. El inmenso peso económico y
logístico de construir el primer Templo para el Dios de Israel
era casi imposible de resistir.
Salomón estaba abatido y apesadumbrado cuando recordó
el consejo de su padre y abrió el joyero. En la cara de la moneda
leyó las palabras hebreas: Gam zeh ya'avor que significan "Esto
también pasará".
continua
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