| Había
verdaderas masas. Delante de la estación la aglomeración
era ya máxima, y agobiante. Al hacer un rodeo, vimos que había
un círculo aislado por vallas y policías en medio de la
plaza. Cenamos donde siempre, en el Goethe, donde nuevamente nos encontramos
a los periodistas. El Goethe estaba incomprensiblemente vacío
en comparación a como suele estar, y el contraste con las calles
llenas de gente deambulando era chocante. Más tarde vinieron
Jorge y Roberto, ya que les fue imposible llegar a la Tour Hassan a
ver los fuegos artificiales que luego no hubo en la Tour Hassan. Preguntaron
a cinco policías, tres dijeron que sí había fuegos,
dos que no, y de los que dijeron que sí, en tres sitios diferentes.
Ya estamos acostumbrados a esto. Quedé con Jorge y Roberto para
la excursión del día siguiente.
Salimos de Rabat a las nueve y media, para llegar al parque nacional
cerca de Taza unas tres horas y media después. Taza está
al este de Fez, más o menos a mitad de camino entre Rabat y Nador
(o Melilla). Era Jorge el que había propuesto el viaje, y el
que más lo disfrutó. Yo iba un poco preocupado, la última
vez que hice un viaje un poco largo, se me quedó tirado el coche
en Marrakech, pero no le pasó nada, y el aire acondicionado funcionó
bien. Hacía calor. Entramos por un desfiladero. El paisaje era
bonito, entre montañas. Comimos una especie de picnic entre los
árboles, con todo lo que habíamos traído: queso,
lomo, paté, fuet, tortilla, jamón, y fruta. Estas cosas
se agradecen lejos de España.
En el viaje vimos los camiones y furgonetas cargadas al límite,
como suelen ir. Vimos un camión rebosante de cebollas, que se
no se nos caían encima de milagro. Una furgoneta llevaba una
carga consistente en muchas mesas, la altura de la carga superaba a
la del vehículo. También están los camiones con
una red por encima para que no se caiga la mercancía. Lo que
pasa es que la mercancía se desborda por los lados del camión.
Ese día vimos tres accidentes. El que vimos a la ida era al lado
de un puente de tren, y era reciente. Estaba la carretera llena de fragmentos
diversos, de los cuatro o cinco coches. Entre los accidentados había
un cojo, con las piernas cortadas por el muslo. A la vuelta por la noche
vimos dos accidentes en la autopista. El primero era como uno de los
que puede haber en España, con los coches destrozados, pero al
parecer sin gente herida grave. El segundo era un coche que se había
caído por un puente, había acabado destrozado entre las
columnas.
Seguimos a una gruta que indicaba en la guía. Compramos pilas
para las linternas que nos dejaban, y a pesar de que Jorge es espeleólogo
licenciado, nos obligaron a coger un guía si queríamos
seguir más allá de cierto punto al principio de la gruta.
La verdad es que fue impresionante. Tras una escalinata estrecha entre
las rocas, entramos en una sala inmensa. Había una abertura al
cielo de unos veinte metros de diámetro que dejaba que la luz
iluminase el vacío. Parecía que la montaña estuviese
hueca. En el hueco cabría sin problemas un edificio de catorce
pisos. Me recordaba a alguna escena del Señor de los Anillos,
un enorme espacio diáfano debajo de la tierra. La escalera por
la que descendíamos la pared daba una sensación de escala
no hubiésemos tenido. No sé como no me dio vértigo,
siendo como soy.
continua
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