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Marruecos visto por Iñigo de Noriega[4]

Había verdaderas masas. Delante de la estación la aglomeración era ya máxima, y agobiante. Al hacer un rodeo, vimos que había un círculo aislado por vallas y policías en medio de la plaza. Cenamos donde siempre, en el Goethe, donde nuevamente nos encontramos a los periodistas. El Goethe estaba incomprensiblemente vacío en comparación a como suele estar, y el contraste con las calles llenas de gente deambulando era chocante. Más tarde vinieron Jorge y Roberto, ya que les fue imposible llegar a la Tour Hassan a ver los fuegos artificiales que luego no hubo en la Tour Hassan. Preguntaron a cinco policías, tres dijeron que sí había fuegos, dos que no, y de los que dijeron que sí, en tres sitios diferentes. Ya estamos acostumbrados a esto. Quedé con Jorge y Roberto para la excursión del día siguiente.
Salimos de Rabat a las nueve y media, para llegar al parque nacional cerca de Taza unas tres horas y media después. Taza está al este de Fez, más o menos a mitad de camino entre Rabat y Nador (o Melilla). Era Jorge el que había propuesto el viaje, y el que más lo disfrutó. Yo iba un poco preocupado, la última vez que hice un viaje un poco largo, se me quedó tirado el coche en Marrakech, pero no le pasó nada, y el aire acondicionado funcionó bien. Hacía calor. Entramos por un desfiladero. El paisaje era bonito, entre montañas. Comimos una especie de picnic entre los árboles, con todo lo que habíamos traído: queso, lomo, paté, fuet, tortilla, jamón, y fruta. Estas cosas se agradecen lejos de España.
En el viaje vimos los camiones y furgonetas cargadas al límite, como suelen ir. Vimos un camión rebosante de cebollas, que se no se nos caían encima de milagro. Una furgoneta llevaba una carga consistente en muchas mesas, la altura de la carga superaba a la del vehículo. También están los camiones con una red por encima para que no se caiga la mercancía. Lo que pasa es que la mercancía se desborda por los lados del camión.
Ese día vimos tres accidentes. El que vimos a la ida era al lado de un puente de tren, y era reciente. Estaba la carretera llena de fragmentos diversos, de los cuatro o cinco coches. Entre los accidentados había un cojo, con las piernas cortadas por el muslo. A la vuelta por la noche vimos dos accidentes en la autopista. El primero era como uno de los que puede haber en España, con los coches destrozados, pero al parecer sin gente herida grave. El segundo era un coche que se había caído por un puente, había acabado destrozado entre las columnas.
Seguimos a una gruta que indicaba en la guía. Compramos pilas para las linternas que nos dejaban, y a pesar de que Jorge es espeleólogo licenciado, nos obligaron a coger un guía si queríamos seguir más allá de cierto punto al principio de la gruta. La verdad es que fue impresionante. Tras una escalinata estrecha entre las rocas, entramos en una sala inmensa. Había una abertura al cielo de unos veinte metros de diámetro que dejaba que la luz iluminase el vacío. Parecía que la montaña estuviese hueca. En el hueco cabría sin problemas un edificio de catorce pisos. Me recordaba a alguna escena del Señor de los Anillos, un enorme espacio diáfano debajo de la tierra. La escalera por la que descendíamos la pared daba una sensación de escala no hubiésemos tenido. No sé como no me dio vértigo, siendo como soy.


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