| Después
de leer un relato de Pedro Miguel Lamet, me quedé con el pensamiento
de que el amor hay que estrenarlo cada mañana, porque al día
siguiente siempre somos distintos. El protagonista confesaba haber sentido
esa idea leyendo a Heráclito.
Conservando aún los ecos de esas palabras merendé una
copa de macedonia de frutas y me bajé a ordenar libros al sótano.
Mi madre estaba allí, sentada en una butaca de plástico.
Su ropa totalmente negra, por el prolongado luto de mi hermana Paquita,
contrastaba con el color blanco de la butaca.
—Angel, ven y siéntate conmigo. Aquí se está
muy fresquito.
Extendí una butaca de aluminio plegable, la de lona azul, y me
senté junto a ella. Me sonrió con sus ojos verdes cansados
y continuó con su tarea. Sacaba bolsas de plástico de
una caja de cartón y después de plagarlas cuidadosamente
las iba colocando en otra bolsa mayor que estaba situada a su derecha.
Todas las bolsas habían llegado a este lugar cargadas de libros
usados y se caracterizaban por la gran diversidad de tamaños
y colores.
Veía a mi madre trabajar y me llenaba de ternura recordando las
caricias que había recibido de estas manos queridas. ¡Cuánto
habían cosido, cuanto habían cocinado, con cuanta energía
había trajinado en los múltiples trabajos de la casa!
Y ni siquiera las dejaba descansar ahora que estaban arrugadas y manchadas
con las pecas de la vejez.
—¿Ves? ¿A que así colocadas están
mejor?
—¡Mucho mejor! Ya lo creo que sí —le respondí.
—Oye ¿por qué no me buscas un libro de los que a
mí me gustan?
Me encaminé a la estantería de las biografías para
buscar la de un santo impresa en letras gordas, como ella dice.
—Angel ¿es bueno este libro?
—¿Qué libro?
—Este grande azul. Es muy bonito ¡Fíjate, cuántos
santos tiene!
Me fijé y se trataba de un libro y editado por Prensa Española
y reunía la colección de artículos de ABC premiados
con el Mariano de Cavia.
Abrió el libro y empezó a leer: “Ayer recibió
sepultura el general Mi-lán, Mi-llán As-tra-y... Luego
lo abrió por otro sitio y leyó: “proceso a la libertad”...y
levantando la cabeza comentó en voz alta: “Mira todos estos
hombres llevan sombreros... Por eso llevarán sombreros”,
dijo como comprendiendo de pronto, “porque quieren la libertad...”
Luego pasaba hojas hacia un lado hacia el otro hasta que de nuevo llegaba
al mismo sitio dónde lo abrió por primera vez y de nuevo
leía: “Ayer recibió sepultura el general Mola, no,
Mila, no, no Millán...”
Le di un libro infantil titulado la monja de la guitarra y me dijo que
le apetecía leerlo, que el título y los dibujos le gustaban
mucho.
continua
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