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El amor hay que estrenarlo cada mañana[2]

En ese momento bajó Consuelo y nos dirigimos hacia la piscina. Mi madre nos siguió y metió las manos en el agua: “Otro día meteré los pies”, dijo, “hoy está fría”... Luego cogió una cuerda de yute que habían tirado los albañiles y sentada a la sombra del pruno se puso a hacer un ovillo. En la radio anunciaron que después de los anuncios emitirían las sorpresas que quisieran contar los oyentes. Trasladó su silla junto al transistor y se puso a escuchar.
—Angel, ven, que un andaluz va a contar una sorpresa. Es de Málaga. Los de Málaga son muy graciosos. Ven a escucharlo.
El malagueño empezó a decir que a él no le gustaban los niños. Que era el mayor de catorce hermanos y se juró que nunca tendría niños, pero por no quedarse solo en la vida, se casó. Y todo iba bien, viajaban, iban al cine, comían en restaurantes... hasta que un día le dijo su mujer que estaba embarazada, y él casi se murió de la sorpresa.
—¡Vaya lo que cuenta! Si no quería tener hijos que no hubiera tocado a su mujer. Eso no es sorpresa. ¡Angel! ¿te recuerdas la sorpresa que nos diste cuando aprobaste quinto? No nos lo podíamos creer. Como era en el verano y ni siquiera sabíamos que te habías matriculado... ¡Sacar un curso en el verano! Pero si nadie lo había hecho nunca!... ¡Y qué alegría tu padre y yo!...
La vi sonreírse con nostalgia mientras seguía plegando bolsas de plástico. Luego cuando comprendí que desplegaba y volvía a plegar las mismas bolsas que un momento antes había estado doblando sentí pena de que estuviera perdiendo la cabeza.
Me senté junto a ella y le cogí las manos. Entonces empezó a contarme:
—Esta mañana me he encontrado a la Matilde la Pelos. ¿Sabes quién digo?
—¿La hermana de la Juana?
—Esa, la hermana de la Juana la Pelos. Pues me la encontré en la plaza de la iglesia y me dijo: “Luz, nosotras ya ¿qué pintamos aquí? Lo mejor sería que nos muriéramos. Todos descansaríamos. Y yo le dije: ¿y qué quieres que hagamos Matilde, como siempre es lo que Dios quiera...? Angel, bien sabe Dios, que yo lo que quisiera es no daros qué hacer; pero, no tengas cuidado, que la vida no me la voy a arrebatar...
Luego, mi madre, quizá para no entristecerse más con ese tema, se levantó y se dirigió hacía los árboles. Consuelo salió de la piscina y me pidió que le diera un poco de crema por la espalda. En el tubo de plástico ponía: COIBÍ, Crema Solar Hidratante I.P. 15, con vitamina E. Después se tendió en la hierba a tomar el sol.
—¿Dónde está tu madre? —me preguntó.
—Por allí, entre los ciruelos.
—Por favor, dile que no coja las ciruelas. Ayer vino con los bolsillos de su bata llenos de ciruelas. Es que las ve un poco tintadas y las coge, pero aún no están maduras.


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© Felix Angel Muñoz :: yambria :: barcelona :: 2003