perdido perro pequeño |
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| Me ha despertado el sonido del teléfono, no sé en cuál de esos sonidos repetitivos habré alcanzado la conciencia, pero prosiguen otras cinco llamadas. Tengo el terminal en la mesilla de noche, a la diestra de mi cama, soy capaz de alcanzarlo con sólo alargar el brazo, pero no puedo. No puedo porque es una limitación que me he autoimpuesto, no responder a aquel que altere mi descanso, simplemente soy testigo de una llamada perdida. Me pregunto quién sería, un vendedor telefónico, un amigo, una posible amiga, una mala noticia que me pretende alcanzar a través de la línea telefónica. Me tranquilizo pensando que nunca lo sabré, que simplemente se ha perdido. En este momento se repite el repiqueteo. No me muevo, considero que responde a la llamada anterior, a un nuevo intento, que me pide que me salte mis principios, pero no puedo. La noche fue larga, y me levanto agotado. Recuento mentalmente las opciones que tengo para este día de sábado, una cena de antiguos compañeros de universidad, organizada por la asociación de alumnos y comer con un amigo del instituto que se ha mudado a trabajar a la ciudad. Al meditar las circunstancias que rodean estos actos descarto la cena, me obliga a vestirme con traje, que el lunes tendría que llevar a la tintorería, dado la boda que me espera en una semana. Sin embargo visitar a Juan a los juzgados no tiene tantos deberes, de hecho está muy cerca ,en plena Plaza Castilla, y comer es una cita a la que acudo todos los días, además ello me permitirá disponer de tiempo para disfrutar de una merecida siesta tardía. Estoy contento, ya he tomado la primera decisión del día. Me recibe en la entrada principal, sorteamos rápidamente el sistema de seguridad, lo han reconocido, nos encontramos con lo que supongo que es todo el entramado humano de seguridad del edificio concentrado en la acceso principal, se refuerza mis convicciones de que tendemos a juntarnos con nuestros semejantes, la fuerza de la sociedad apremia nuestros instintos. Subo pisos, hasta alcanzar el juzgado Nº13, la sala de oficinista está desorganizada, mesas enfrentadas conquistadas por papeles, supervisadas por monitores, ocupadas por mujeres morenas y muchas libres, es sábado. A la izquierda alcanzo el despacho del juez, sobrio, imponente, decorado en madera oscura de nogal, supongo, los ventanales ofrecen un visión total de la Plaza Castilla, majestuosa, libre, retando a quien insinúe que el lunes va a estar embotada por este tráfico. Comunica directamente con la sala propiamente dicha, la estructura inicial se corresponde con lo que se podía esperar, accedemos por el lado derecho de la sala, cerca del púlpito dónde se sitúan juez, fiscal y escribiente. Enfrente los bancos del público y acusado. Me desasosiega el desorden, en la pared de la derecha montones de papeleo de casos anteriores y documentación, amarrados mediante un simple cordel, que suprime toda la intención de temporalidad a su situación. Qué difícil se hace el imaginar esa sala llena de gente indignada, y no es por sus dimensiones, son esos papeles, los actos solemnes no se realizan en almacenes, los públicos, quiero decir. |