Corona de Laurel
:: Tismeda :: Madrid a 16 de agosto de 2003 ::


Me ha despertado el sonido del teléfono, no sé en cuál de esos sonidos repetitivos habré alcanzado la conciencia, pero prosiguen otras cinco llamadas. Tengo el terminal en la mesilla de noche, a la diestra de mi cama, soy capaz de alcanzarlo con sólo alargar el brazo, pero no puedo. No puedo porque es una limitación que me he autoimpuesto, no responder a aquel que altere mi descanso, simplemente soy testigo de una llamada perdida. Me pregunto quién sería, un vendedor telefónico, un amigo, una posible amiga, una mala noticia que me pretende alcanzar a través de la línea telefónica. Me tranquilizo pensando que nunca lo sabré, que simplemente se ha perdido. En este momento se repite el repiqueteo. No me muevo, considero que responde a la llamada anterior, a un nuevo intento, que me pide que me salte mis principios, pero no puedo.

La noche fue larga, y me levanto agotado. Recuento mentalmente las opciones que tengo para este día de sábado, una cena de antiguos compañeros de universidad, organizada por la asociación de alumnos y comer con un amigo del instituto que se ha mudado a trabajar a la ciudad. Al meditar las circunstancias que rodean estos actos descarto la cena, me obliga a vestirme con traje, que el lunes tendría que llevar a la tintorería, dado la boda que me espera en una semana. Sin embargo visitar a Juan a los juzgados no tiene tantos deberes, de hecho está muy cerca ,en plena Plaza Castilla, y comer es una cita a la que acudo todos los días, además ello me permitirá disponer de tiempo para disfrutar de una merecida siesta tardía. Estoy contento, ya he tomado la primera decisión del día.

Me recibe en la entrada principal, sorteamos rápidamente el sistema de seguridad, lo han reconocido, nos encontramos con lo que supongo que es todo el entramado humano de seguridad del edificio concentrado en la acceso principal, se refuerza mis convicciones de que tendemos a juntarnos con nuestros semejantes, la fuerza de la sociedad apremia nuestros instintos. Subo pisos, hasta alcanzar el juzgado Nº13, la sala de oficinista está desorganizada, mesas enfrentadas conquistadas por papeles, supervisadas por monitores, ocupadas por mujeres morenas y muchas libres, es sábado. A la izquierda alcanzo el despacho del juez, sobrio, imponente, decorado en madera oscura de nogal, supongo, los ventanales ofrecen un visión total de la Plaza Castilla, majestuosa, libre, retando a quien insinúe que el lunes va a estar embotada por este tráfico. Comunica directamente con la sala propiamente dicha, la estructura inicial se corresponde con lo que se podía esperar, accedemos por el lado derecho de la sala, cerca del púlpito dónde se sitúan juez, fiscal y escribiente. Enfrente los bancos del público y acusado. Me desasosiega el desorden, en la pared de la derecha montones de papeleo de casos anteriores y documentación, amarrados mediante un simple cordel, que suprime toda la intención de temporalidad a su situación. Qué difícil se hace el imaginar esa sala llena de gente indignada, y no es por sus dimensiones, son esos papeles, los actos solemnes no se realizan en almacenes, los públicos, quiero decir.

En este momento se acerca un abogado y su cliente, se dirigen con Juan a la sala de la oficinas dónde le toman declaración. Yo les sigo, tres pasos por detrás, tomo asiento a dos mesas de ellos sin enfrentarlos, no quiero que mi presencia les intimide, oigo la conversación y lanzo miradas furtivas. Me viene a la cabeza el “Principio de Incertidumbre” e intento mitigar su alcance. Me doy cuenta de que se trata de un juicio rápido previamente concertado, Juan, el juez únicamente repite si el acusado entiende el acuerdo al que ha llegado con la fiscal, lo repite tres veces, creo entender que el acusado reafirma su conformidad, no soy capaz de oírlo. Es un juicio por conducción ebria, la medida recogida fue 0,71 mg, me parece recordar que el límite está en 0,25, el acusado reconoce el haberse tomado dos cervezas y un vino. Incredulidad.

Cambia la ubicación del decorado, nos dirigimos hacia la sala, el abogado se disculpa por no llevar la toga, alegando que la tiene en el coche y que si su señoría lo considera necesario puede bajar a recogerla. Juan no presta excesiva atención mientras abre la entrada, respondiendo con un desinteresado “no”.

La sensación empeora por momentos, ocupo mi lugar entre el público... soy el único. Creo que la escribiente me ha confundido con el acusado, se dirige hacia mí indicando el atrio ubicado a la derecha del púlpito, me limito a arquear la cejas, acompañando el movimiento con una inclinación de la cabeza en la dirección en la que se aproximan abogado y cliente. Se retira farfullando una serie de ininteligibles afirmaciones, otra información perdida.

Me sitúa en los bancos de la izquierda, sobre el púlpito dispongo de todos los actores, la autoridad en primer plano y a la derecha el acusado y abogado, de pie, a su lado, al fondo a la izquierda dos escribientes que no paran de cotillear, Juan preside la sala, prácticamente es el único que habla, a su izquierda la fiscal, que ha abandonado el bolso colgándolo del respaldo de la silla anexa, como si se tratara de una visita. Demasiados balbuceos por parte del acusado, no consigo oírlo, le falta energía, se declara culpable y observo cómo el juez reduce su pena de 12 hasta 8 meses de supresión de carné de conducir manteniendo los 5 euros diarios de multa durante 2 meses, ventajas de apuntarte al nuevo sistema de juicios rápidos.

Me despido de Juan, me acompaña una sensación desilusionante, esta falta de total oficialidad es aterrante para una mente cuya adolescencia fuera tan frecuentemente alimentada con series americanas de jueces, abogados y vigilantes de la playa. Simplemente espero encontrarme en mi Juicio con ninguna corona de laurel olvidada sobre cualquier superficie.

Abandono la sala meditando sobre el poder y las tentaciones, sonrío.


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