Spejos |
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| Me observa extrañado, y yo sabiéndome en terreno inhóspito bajo la cabeza amenazado. - Siéntate, en dos minutos estoy contigo. Estoy confundido. Sé que he seguido las instrucciones y es en esa esquina donde me indicaron, pero no encuentro vestigios ni normalidad. Demasiada luz y todo diáfano. Decoración por mano muy sensible con ligeros toques minimalistas. Incómodo tomo asiento en un sofá de cuero negro. Me hundo y en parte me alegro poder desaparecer escasos centímetros de la mirada inquisitiva de tanta señorita. A través del espejo descubro pares de ojos que por mitosis se multiplican hasta el infinito. Demasiada óptica enfrentada. La zona de espera se encuentra alejada de ellos, intensificando aún más si cabe mi extraño comportamiento. Soy un maniquí impersonal expuesto en un escaparate. Algunos transeúntes me observan desde los coches encajado en mi sofá. No entiendo la necesidad de mostrar los negocios a escarnio público. Soy el cliente y darme un servicio es el fin único de este oficio. Me aferro a esa idea para no sentirme ridículo. Empiezo a marearme contaminado por el ambientador. Me saturan tantas ideas inconexas, que cansado busca el respaldo mi cabeza. Miro al techo. ¡Otro espejo!. Me observo resbalando lentamente hasta el suelo. Una rubia cruza camuflada la calle tras unas gafas de sol. Anda decidida moviendo las caderas con un erotismo acusado mientras habla por el móvil. Se detiene en la puerta y dejándola entreabierta se despide entre risas de su confidente. Guarda con estilo sus gafas de diseño en un bolso gucci y aparece en escena. - ¡¡Mark!!. El peluquero de tinte espacial descuida su trabajo y se abraza a la actriz de moda, deduzco, al ver sus tacones pisar la alfombra roja. Debe ser cliente VIP, que no vieja cliente. Cosas muy distintas sobre todo en esta época donde los negocios son franquicias y los carteles de se venden o traspasan invaden las esquinas. Echo en falta a Santi. Me ha visto crecer y quitado la silla supletoria que me ascendía frente al espejo, a la misma altura de los hombres de bigotes y pelos canos. Me conmueven esos plásticos abrazos que estrujan los pechos de goma de atractivas clientas. ¡Mark si que sabe! - medito. Observo la grácil facilidad con que el susodicho mete mano a la Mete-Marit de turno mientras le pregunta con interés sobre su crucero en Mikonos. Soy y me siento cliente de segunda, y empiezo a entender la justificadísima existencia de peluquerías de caballeros. Este es lugar para darles de comer a parte. Finalizado el acto de bienvenida, el fémino amanerado regresa junto a su clienta, celosa aún en su ausencia. Yo, durante un minuto de praxis tibetanas de relajación inspiro aire profundamente ante la atractiva oportunidad de compartir un dos plazas con la sugerente rubia. Miro al frente y a mi pesar, el espejo escupe una descompensada pareja. Si desvió la mirada al techo me hundo en el sofá. Si por el contrario busco el suelo, peco de injustificada modestia. Si espío en la calle soy mal plagio de Forrest Gump, pero peor sería mirarla a ella y sentir el frenético sudor en caída libre por la espalda. Encuentro excusa en las revistas. Nada que pueda leer sin levantar irreversibles ampollas en mi intelecto. Una peluquería pierde su crédito, por el hecho de no enseñar los ocultos encantos de la última Gran Hermana entre su revistero. ¿Dónde está ese interviú por meses manoseado?. ¿Y ese Playboy con imberbes conejitas ?. Lo más cercano a la vista: 'Secretos para obtener un orgasmo sin su ayuda', o '¿Por qué ellos son inferiores sentimentalmente?'. Mark el chico tele transportado de los mundos de Yupi y traje de látex me sonríe. - Sólo cortar, ¿verdad?.´ Contesto entre titubeos un simple monosílabo, o eso es lo que parece. Quizás sólo moví la cabeza mientras me atragantaba con saliva. ¡¡Será imbécil, que piensa, que quiero una permanente!!. Nuestro actor porno gay hace un definitivo gesto a su ayudante. Una idea surge en mi cabeza. Márchate y abandona a esta banda en su fétido culebrón. Regresa pródigo a peluquerías de hombres y recibe trato como tal. Una vez decidido y descruzadas las piernas, cuando un simple adiós me separa de la puerta, veo levantarse a una clienta. Estoy atrapado - siento. Esta, divertida, comenta lo bien que le queda el moldeado que ha copiado a su vecina. Fin de terapia semanal, a falta de una premeditada discusión con el sacrificado cónyuge. Si los peinados y la personalidad caminan de la mano esta mujer entre Holas y Lecturas perdió la coherencia. Abordan la caja y mientras comentan sus gratificantes experiencias frente al espejo, la chica nos analiza sentados a los dos. Imagino que decida saltarme el turno y siento escalofríos ante una más que probable griterío de gallinas. La rubia lanzando un órdago se levanta y estira la minifalda como diciendo - aquí estoy yo. Actúo como la genética nos enseño a los hombres - Acción y fallo auditivo. Me levanto y sin esperar tomo el camino de los espejos. La joven aprendiz dice que vaya a los lavabos. ¿Lavabos? ¡Qué estás sugiriendo!. Una vez fui sudando a Niza (1). Santiago aprovechando su confianza no tardó en decírselo a padre. -No. Lavar no... sólo es para cortar. Clientas y peluqueros se intercambian miradas. Cro-magnon sin lugar a dudas - pensaran. Va incluido en el corte y siempre se hace - espeta la peluquera haciéndose la interesante. Permanezco de pie junto al lavabo. Paralela, la rubia se hace sentar en otro y le echan al pelo un champú vitaminado después de mojarlo con agua. ¡Al final me han saltado!. Después de dejar el potingue a su suerte, la chica se acerca a mí y me sienta. Como si de mi casa se tratara encajo el cuello en el lavabo. El mundo expectante observa cada uno de mis movimientos y por sus gestos caigo en la cuenta que he pecado contra un mandamiento de la señorita Pepi´s. Perdona, me dejas que te ponga una toalla al cuello, es más higiénico... para todos. No hemos empezado con el pelo y siento rechazo sin restricciones. Lo pienso con una toalla blanco lejía puesta en los hombros. Entonces, cuando mi aversión satura, siento un placentero chorro de agua caliente cayendo por mi cogote pelado. Echa la cabeza hacia atrás - Susurra. Así lo hago. Cierro los ojos. Simplemente frenesí, ¿qué es esto que me es desconocido? ¿Terapia oriental? ¿Sapiencia berebere?¿Postura olvidada del Kamasutra?. Sus dedos entreabiertos recorren mi coronilla y presionando convenientemente dibuja en mi rostro una sonrisa. Me relajo, que más puedo hacer sino olvidarme de mi mismo. Revivo historias de peluqueras que maternalmente apoyaban en sus lechosos pechos los problemas infantiles de sus clientes y estos mediante profundas regresiones mamaban sedientos sin respiro. La total relajación me lleva a la pérdida de voluntad y ejecuto sus instrucciones sonámbulo bajo su hipnótico poder. Una vez a su merced, la peluquera me frota efusivamente la cabeza con el paño y aparezco sentado en una silla sin apenas darme cuenta. Débil el cuello y pesada la cabeza. Me vigilo en el espejo y escucho de lejos las tijeras. Fijo la vista en el kimono negro que deja entrever tímidamente su ropa íntima. La peluquera mantiene la mirada fría como si reprochara lo que estoy pensando. - ¿Te recorto las patillas?. De forma que no distingo si me lo pregunta o me confirma un hecho irrelevante. Muevo la cabeza a su gusto. Ella, alternativamente, ataca mis flancos e invade mi espacio vital. Estoy cansado y con el rítmico compás de las tijeras caigo adormecido en mitad de la nada. Un breve intervalo entre siglos transcurre a la velocidad del pestañeo. ¡Has cambiado!, Se ríe mi gemelo desde el espejo. Mis ojos analizan su imagen. Es aséptica, higiénica, impersonal. El corte es limpio como en fácil autopsia, con ciertos toques castrenses, profesional. Me gusta en su justa medida. Me ahorro una sonrisa a la peluquera, diluyendo su éxito en una frase tibia. - Suficiente. Se muerde los labios. Es evidente que la muchacha esperaba unos galones. - Te lo mojo, o prefieres gomina. Indiferencia. Supongo que ha elegido lo primero cuando busca el pulverizador. Desvío la mirada hacia la rubia, para ver el efecto que produce mi nueva fachada en las féminas. Permanece sumergida bajo el grifo con la barbilla y los pechos desafiando al cielo. Extasiado me recreo viéndola bajo trance sin saberse observada. Otro punto a favor de Mark´s negocio y de un futuro acuerdo de colaboración entre ambas parte. Mi geisha se sitúa a la espalda y cuando espero su agua purificadora bautizando este primer encuentro, escucho el chasquido asesino de las tijeras. ¿Qué ha pasado?. Mi flequillo inerte se posa en la nariz. Un final imprevisto que despierta del encantamiento soporífero. Las líneas hasta ahora estilizadas de mi rostro, han desaparecido y me encuentro con la cara de una teniente O´Neil. Sin flequillo y al uno, dirijo una mirada de desolación a la chica, que ahora sí, me rocía con agua de colonia como un aspersor en un césped recién plantado. -Bien, está bien.. - Denuncio su incompetencia y mi despiste fatal que arrasa en un segundo con el paciente trabajo de mi crecepelo.-¡Para eso, me lo corto yo! - Pienso y en mi cobardía me lo trago, como hice con mi hombría al pasar el umbral de Spejo´s. Alegre me mira sincera por primera vez, retándome, sabiendo que ha ganado la partida y ha inflingido un duro correctivo a mi imagen que por un tiempo no volverá a levantar cabeza. Pasmarote le copio integra su sonrisa y le apoyo en su experimentado razonamiento sobre la madurez de mi nueva imagen. Decaído, me despido con mirada vacuna de los personajes del jardín de las delicias. Me contestan con un adiós unísono ensayado entre rulos y tintes varios. Una despedida de reo ajusticiado que me acompaña mientras sigo el correoso trasero del kimono negro hasta la máquina registradora. - Son 9 euros. Busco confundido en la cartera y me sale un balbuceo malintencionado, sin sentido. La chica espera impaciente mientras mantiene su caja abierta. Pago religiosamente en contra de mi parecer y sin venir a cuento le doy amablemente las gracias. - De nada - contesta y caigo en la cuenta de no ser el primero despistando los papeles. Los hombres somos así si nos sacan de nuestro terreno. Un estudiado ' Vuelva a visitarnos' me deja en la calle. Spejo´s ha sido pasado pluscuamperfecto. Fuera, con la cabeza rapada como semita expatriado, tomo aire. Soy libre. Mientras espero el cambio del semáforo me doy cuenta con ironía que acabo de dar la espalda a una forma de vida establecida que he llevado durante veinticuatro años y a unas manos que han visto la llegada del otoño en mi cabeza y que me han cortado el pelo a la moda, desde el flequillo Vicky, hasta el plagio a Bruce Willis, eso sí, jamás me dejaron tazón en la cabeza. Camino a casa y perdido en recuerdos, sé que ya no volveré a Niza ni a hablar del Betis con Santi. Quedan muchas peluquerías por visitar, y el placer de sentir esas manos anónimas en tu cabeza. Sólo un pequeño problema me mantiene intranquilo. ¿Quién me asegura a mí, que algún día no cayera bajo el influjo de Llogueras?
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