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Creo que la razón primordial es que yo me senté a ver
la película conociendo a Jodorowsky, admirándole porque
había disfrutado oyéndole hablar en un par de entrevistas
en la tele y porque me había entusiasmado la lectura de su libro
“La Danza de la Realidad”. Era como ver el trabajo de un
amigo, al que estimas, del que conoces sus obsesiones y al que perdonas
sus desvaríos. Iñigo sin embargo pronto empezó
a sentir que le estaban tomando el pelo. Jodorowsky es un exagerado, le gusta lo grotesco, los enanos, las prostitutas
gordas, los asesinatos gore, pero (y aquí juego a imaginarme
las razones del autor) creo que ese barniz esperpéntico, abigarrado,
de mutilaciones y chorros de sangre lo emplea para no sentirse como
un maestro ridículo impartiendo enseñanzas. ¿Cuáles?
Las de siempre su obsesión por los abusos que se sufren y se
ejercen dentro de la familia y que crean individuos tarados viviendo
vidas ajenas (las de sus padres,la del hermano que murió). Su
enseñanza machacona es la de la toma de consciencia y posterior
liberación. “El Topo” de 1969 se inicia con un vaquero
vestido de negro (el propio Jodo) a lomos de un caballo por el desierto
llevando a su espalda a un niño desnudo, se detienen cavan un
hoyo en la arena y le dice al niño “hoy cumples 7 años,
ya eres un hombre, entierra tu primer juguete y el retrato de tu madre”.
La enseñanza machacona de Jodorowsky es la misma que la que te
da una amiga cuando acudes confiando en su sabia feminidad para que
te ayude a hablar a la chica que te gusta. “Se tú mismo”,
dice ella y tu “ah, vale” absolutamente decepcionado.
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