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rumor de arcilla blanca [2]

 


El ciego llevaría los ojos cubiertos con un antifaz negro, el que utilizarías para dormir en un viaje diurno. La dinámica era presentar el ciego a los transeúntes, explicarles que era ciego y necesitaba de sus ojos para conocer el barrio y empezar a preguntarles.
Rápidamente empezamos a descubrir algunas cosas, por un lado la potencia teatral inmediata de esa situación de presentarse, algunos vecinos respondían diciendo hola, se presentaban también y tendían una mano que el ciego no veía, otros reaccionaban ante el ciego de una manera especial, una mujer que trabajaba con niños ciegos se le acercó inmediatamente para hacerse cargo de él y se dejó palpar la cara, otra que había sido operada de cataratas y traía los ojos llorosos y nos explicó sus sesiones de rayos láser.
Ejercer de ciego (“ciego por unas horas” decíamos para suavizar) era una situación extraña a la que cada uno respondía de manera distinta, a mí me resultó particularmente incómodo estar parado ante una persona sin ver nada, me aislaba, me encerraba y me resultaba muy difícil formular preguntas. Gladys sin embargo parecía disfrutar de la situación, lograba crear un clima de confianza en el que la gente se abría y hablaba. Después cuando todo había terminado y esperábamos al metro en el anden de Bac de Roda, se la veía aturdida y me confesó que tenía la cabeza llena de las palabras de la gente. Julia también tenía un estilo peculiar de preguntar, distinto del de Gladys, más activo, guiando más la conversación.

Aprendimos que no todo el mundo tenía deseos de pararse y charlar, existía un tipo de persona tímida, que mostraba curiosidad por las frases pero en cuanto nos acercábamos aceleraba el paso y otro tipo más abierto que consentía en pararse y hablar con nosotros. Recordando las palabras del profesor de improvisación teatral Keith Johnstone “Hay personas que prefieren decir Sí y otras No. Las que dicen Sí son recompensadas por las aventuras que viven, y las que dicen No por la seguridad que logran" Entre los que consintieron en ser preguntados encontramos desde una pareja de ancianos bailarines que se habían conocido hacía cinco años y se dedicaban a viajar y que nos pidieron que escribiéramos “tengo miedo a enamorarme de nuevo” (él) y “tengo deseos de ir a tenerife” (ella), una ciclista cabreada con los coches que escribió ella misma “ens intentan esborrar” (nos intentan borrar), una señora enfadada con los ciclistas que en vez de utilizar el carril bici iban por la mitad de la rambla (como la chica de antes), vecinos preocupados porque se habían llevado el cuartel de la policía, vecinos que querían que construyeran piscinas en los terrenos del cuartel, una rumana joven que caminaba amamantando a su niño y que nos confesó en italiano “no mi piace la policia”, el mago beni que realizó su primer número una noche en un cortijo después de recoger la aceituna, una señora erudita del barrio que se remontó al 1500 y nos habló de terrenos ganados al mar y del destierro de Monturiol…
Reflexionando entorno a esa figura del ciego pensamos que era la anti-cámara de televisión que a menudo paraliza al entrevistado (la teoría quedaría desmontada tras ver “no tengas miedo, ¡contesta!”) , al hablar con un ciego las respuestas aparentemente no quedaban registradas en ninguna parte, aunque el funcionamiento real era que los ayudantes al escuchar una frase clave se dirigían a la continuación de la línea y la escribían con tiza y luego el paseante, al proseguir su camino, leía con sorpresa sus palabras inscritas en el suelo. Esos momentos en los que una persona descubría escritas las palabras que acababa de decir eran intensamente mágicos.

 

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