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tres a uno[1]


:: alfonso lozano ::

La tarde del lunes empezó en el club de tardoelitistas de L’Espadon: lo pueblan belgas altos con cara de belga que tiran a espada o sable ceremoniosamente, sin prisa ni sangre en la punta. Acostumbro a ir a esgrima con (digamos que se llama) Ramón, un adolescente de cuarenta y cinco castañas, un hijo de pocos meses al que le cuesta dormir y una mujer delgada y hermosa a la que saca diez años (por lo menos). A Ramón le gusta ganar y le molesta razonablemente perder, se le nota en cada uno de sus comentarios “no recupero la punta”, “tiraba con veinte, luego lo dejé durante quince años”, “no he conseguido tocarte en el brazo” – pues claro que no, pienso yo – “a mí lo que me gusta de la espada es la estrategia”. Lo que él llama estrategia deben ser los tocados que me arranca en los pocos cuerpo a cuerpo que tenemos, esas fintas de barrio bajo, como si él fuera un marinero o un sacatrapos. En el fondo, la esgrima no es más que religión y arte de mangantes.

Ramón fuma, sintiéndose culpable, unos delgados puros cubanos llamados Romeo y Julieta: “están hechos con máquina”, dice, pero “tienen una combustión delicada – cuando dice delicada le cruza la cara una sonrisa pícara y parece que eleva un poco el tono –, son perfectos para estas ocasiones”. Tan perfectos que a la que puede tira de las delgadas tizas de marca Belgam (a falta de Drum) que lío mientras conduzco, entre feu rouge y feu rouge. Lleva veinte años en Bruselas, trabajando como abogado para la comisión europea. Ignoro a qué vino aquí en realidad, pero se quedó, a compatibilizar la carrera del golfo con la del jurista, con paisajes cambiantes para su comedia. Habla con nostalgia de un Madrid del que yo alcancé a ver los últimos destellos. En su momento debió interesarle lo único que en realidad nos interesó a todos siempre: los coches y las mujeres, sobre todo las mujeres. De las que tuvo y de las que ve habla mucho, en un lenguaje fresco y grotesco. Creo que su historia, como la de cualquiera quizá, puede trazarse de cama en cama. Puede que debiera considerarse como propuesta de análisis para sicólogos beat. Es un tipo sociable, agradable, un poco fantasma, de conversación fácil y sentido del humor pretendidamente mundano. Me cuenta que todavía conserva su piso de Madrid (en Goya, frente al corte inglés), en el que no pasa más de diez días al año. Me habla mucho del Bruselas inhóspito de mediados de los ochenta. Supongo que de aquello aún se conserva aquí ese cielo cercano, a dos centímetros escasos de la cabeza que yo encuentro tan característico, ese cielo que se asoma entre la arquitectura laberíntica y art noveau de Bruselas.

Salimos de la sala bien pasadas las nueve, ayer era game day, y yo ya tenía la prisa de haber quedado con Carlos en un lugar que me indicó por teléfono después, cuando le llamé. El fútbol tiene pocas cosas intrínsecamente buenas. Una de ellas, acaso la que más aprecio, es que fomenta la vida social de los recién llegados. Por supuesto, previamente, Ramón se/nos había organizado la tarde, en otro lugar, y para ver la segunda parte. Me hice el asertivo pese a su fina diplomacia: aquí como en todas partes el que conduce es el que decide, y ese era yo, así que no tuvo más remedio que darle un elegante plantón a un amigo con el que había quedado en Los amigos de Aragón (un bar en el área de Schumann, cerca de los edificios espectrales de la Unión Europea, donde se juntan españoles a hacer patria y olvidarse de ellos mismos). “Ha venido por tres días de Nueva York. Paso de llamarle. Le pongo un mensaje y listo. No creo que le moleste, salí algún tiempo con su hermana”, me dijo. Y luego me pidió que no pusiera en el coche ni a griegos ni a Silvio. “¿No tendrás algo de música italiana?”. Metí primera, puse a todo volumen “Tu vuó fa l’americano”, de Carosone, y nos alejamos cantando, Ramón y yo, a todo lo que daba el coche por la Avenue du General Jacques, de quien lo desconozco todo.


 

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