corresponsalías |
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tres a uno[1] |
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| La tarde del lunes empezó en el club de tardoelitistas
de L’Espadon: lo pueblan belgas altos con cara de belga que tiran
a espada o sable ceremoniosamente, sin prisa ni sangre en la punta.
Acostumbro a ir a esgrima con (digamos que se llama) Ramón, un
adolescente de cuarenta y cinco castañas, un hijo de pocos meses
al que le cuesta dormir y una mujer delgada y hermosa a la que saca
diez años (por lo menos). A Ramón le gusta ganar y le
molesta razonablemente perder, se le nota en cada uno de sus comentarios
“no recupero la punta”, “tiraba con veinte, luego
lo dejé durante quince años”, “no he conseguido
tocarte en el brazo” – pues claro que no, pienso yo –
“a mí lo que me gusta de la espada es la estrategia”.
Lo que él llama estrategia deben ser los tocados que me arranca
en los pocos cuerpo a cuerpo que tenemos, esas fintas de barrio bajo,
como si él fuera un marinero o un sacatrapos. En el fondo, la
esgrima no es más que religión y arte de mangantes. Salimos de la sala bien pasadas las nueve, ayer era
game day, y yo ya tenía la prisa de haber quedado con Carlos
en un lugar que me indicó por teléfono después,
cuando le llamé. El fútbol tiene pocas cosas intrínsecamente
buenas. Una de ellas, acaso la que más aprecio, es que fomenta
la vida social de los recién llegados. Por supuesto, previamente,
Ramón se/nos había organizado la tarde, en otro lugar,
y para ver la segunda parte. Me hice el asertivo pese a su fina diplomacia:
aquí como en todas partes el que conduce es el que decide, y
ese era yo, así que no tuvo más remedio que darle un elegante
plantón a un amigo con el que había quedado en Los amigos
de Aragón (un bar en el área de Schumann, cerca de los
edificios espectrales de la Unión Europea, donde se juntan españoles
a hacer patria y olvidarse de ellos mismos). “Ha venido por tres
días de Nueva York. Paso de llamarle. Le pongo un mensaje y listo.
No creo que le moleste, salí algún tiempo con su hermana”,
me dijo. Y luego me pidió que no pusiera en el coche ni a griegos
ni a Silvio. “¿No tendrás algo de música
italiana?”. Metí primera, puse a todo volumen “Tu
vuó fa l’americano”, de Carosone, y nos alejamos
cantando, Ramón y yo, a todo lo que daba el coche por la Avenue
du General Jacques, de quien lo desconozco todo.
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