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tres a uno[2]


Llegamos apenas terminada la primera mitad. Place de Luxemburg se abre frente a unos edificios comunitarios, agradable y limpiamente. Está rodeada por bares donde los esforzados funcionarios alternan cuando dejan la oficina, especialmente ahora que ha llegado por fin la buena temperatura. Por eso abundan los trajes y los puretas de cuarenta o cincuenta, con dinero y ganas, y la vista y el cuerpo cachondos como perras. Dicen que este es el sitio donde la gente arregla sus asuntos, donde ponen las piedras de su sexo fácil y miran hacia delante para olvidar todo lo que está detrás y alrededor. Pienso que para muchos la vida es un permanente esfuerzo por olvidarse de ellos mismos: en eso no me parece muy diferente de la de los místicos. En la terraza del Fat Boy estaba Carlos, que vestía camiseta rojaigualda. Me presentó a algunos de sus amigos. Los he olvidado a casi todos, exceptuando a dos: Dani, que tenía cara enlutada y sufría sin pudor tanto o más que los jugadores, y Benedicta (por qué no, digamos que se llamaba Benedicta), que desapareció nada más llegar nosotros. Túnez nos sacaba un gol de ventaja, y el partido hasta el momento había sido una suerte de disparos alocados de los nuestros (pero controlando el balón, a decir de los muchos entendidos. Esa posesión de balón era la última fortaleza de su esperanza). Sobre una pantalla gigante, la gente se arrancaba a cada poco rato en aplausos y consignas. Ramón sacó la cartera, pidió dos cervezas, dejó una propina desproporcionada y se sentó en la única silla libre, mientras yo me ponía al día en los asuntos del circo. El partido seguía su curso, balón adelante, córner, fuera. Entretanto, había vuelto Benedicta, con una cerveza pequeña y un marlboro, ambas manos ocupadas, la cara seria, “joder, me voy un momento y ya me han quitado el sitio”. Ramón notó que se referían a él. Hizo ademán de levantarse, en el mismo momento que un magnífico disparo de Villa se iba por encima del larguero. “Siéntate, mujer, perdona”. “Que no, que no. Siéntate tú, que se te ve que te hace más falta”. Ramón venía de un machaque de una hora larga en la que no había tenido tregua. Se le notaba cansado pero creo que entendió que le estaban diciendo, amablemente, que ya estaba mayor. Sucedió una discusión ligera, en la que Benedicta terminó sentada en el suelo y Ramón en la silla, ambos según parecía bastante cómodamente. Entretanto Villa ya se había lamentado suficientemente de su mala puntería y los nuestros habían tenido la oportunidad de fallar otros cientos de veces. Las cervezas del respetable seguían cayendo, una tras otra. Ramón me insistía en una sueca que se sentaba frente a Carlos. “Ramón”, le dije, “no es sueca, es rusa. Y odia bruselas”. Raúl marcó un gol, justo antes pude ver que Ramón y Benedicta, que había vuelto de buscar un (otro) cigarrillo tenían una agradable charla acerca de nada. La mano de Benedicta ya se deslizaba cariñosamente por el brazo de Ramón. “Joder, Ramón”, pensé yo, mientras él me alcanzaba su pitillera y yo le quitaba el precinto a uno de esos puros de los que hablé antes, un Romeo y Julieta.

El gol alivia el marcaje de Benedicta (ya me hubiera gustado ver a los nuestros jugar así), que se mantiene otro rato tosiendo y bebiendo a mi lado. Benedicta me habla. “Coño, cuando una cumple treinta y dos es que la tocan y se va, eh, que se va”. Uf, empieza fuerte la moza. “Es lo que tiene”, le digo yo. “Y encima me tengo que ir a casa en un coche sin luces” “¿Y eso?”. Serás inocente, cómo se te ocurre hacerle esa pregunta. “Nada, un gilipollas al que me tiré el viernes pasado. Yo iba con un ciego de coca que te cagas y me lié con él. Además es de Lieja... Bueno, la cosa es que no se entere mi novio”. Y además tiene novio. Yo me callo, me río, y le miro con cara compasiva, para decirle sin decirle que claro, es normal, una se encebolla de intranquilizantes y te acabas tirando al primero que pasa, aunque sea de Lieja. Ella continuaba “al día siguiente se fue a su casa y en mitad de la carretera se le jodió el coche. Me llamó, que si le podía ir a buscar, que si tal y que si cuál. Ante la perspectiva del polvo que me iba a pegar con él, me faltó tiempo para coger las llaves y la autopista”. “Claroclaro” seguía yo. “Tenía las luces jodidas, necesitaba el coche por la noche, me dijo que si podía cambiárselo”. “No me jodas que se lo has dado”. “Pues sí. Pero el polvo que me voy a pegar yo mañana... ese no te lo imaginas”. Pues no, ese no me lo imaginaba yo. Benedicta rechazó entonces uno de mis cigarrillos y despareció entre la multitud. “No me gustan sin filtro”. Sin filtro y sin ojos, supongo, que no te fijas, Benedicta, que no te fijas. Pedía cervezas (pequeñas, a buen ritmo, supongo que así pensaba que bebía menos) y fumaba marlboros, pero light, eh, light. Entretanto Ramón me decía “un poco suelta sí que va ésta, ¿verdad?”. Sí, Ramón, digamos que va un poco suelta. Cuando terminó de pronunciar su frase, la gente ya gritaba como un solo hombre “Ej-pa-ña, Ej-pa-ña”. Torres había marcado el segundo, y se fue a la esquina a homenajear al viejo Kiko, imitando su gesto de arquero. Como épica, era mejor la de Kiko, esto no pasaba de ser un sucedáneo bastante vacío. Qué le vamos a hacer.


 

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