corresponsalías |
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tres a uno[3] |
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| Volvió Benedicta, tosiendo que parecía que se le iban a salir las entrañas. Ahora que me fijé mejor noté su rostro endurecido, los rasgos acartonados, desprovistos de piedad, vestida de negro – sólo ahora reparé en sus ropas – y con la piel de bronce viejo. Seguimos hablando. “Mira, es que cumplidos los treinta nos tocan y nos vamos, eh, nos vamos”. Tan mal no iba yo para no recordar que era la segunda vez que me decía la frase. “No vivirás lejos ¿verdad? Necesito a alguien que vaya delante con las luces”. Señorita, bingo, no sé si me está usted entrando pero no puedo parar de reír. Miro a Ramón, le digo “Ramón, tú que conoces Bruselas ¿nos cae de paso su casa?”. “Sí hombre, sí”. Benedicta se decepciona ligeramente. Está pasada de rosca, pero creo que lo del trío no es para ella. Yo suspiro levemente, aliviado. Sigue hablando “me muero por un porro y por un polvo”. Pues claro, dos mejor que uno. Y mira a Dani, que está entre sentado y en pie, ahora ya entusiasmado: un tunecino ha sujetado a torres en el interior del área y el árbitro dictamina que es penalti. “Qué bueno está ese”, me dice. “Adelante” le digo yo, “negócialo, que igual no le importa”. Ella sigue murmurando por lo alto “es que está bueno el cabrón, bien bueno”. Ramón, que venía de pedir otras dos cervezas (en un momento que le miro veo que ha vuelto a dejar una propina desproporcionada), se pone a nuestro lado y se introduce en la conversación, llama a Dani, que sigue gritando “Ej-pa-ña”. Dani finalmente se percata de que le estamos llamando, se viene hacia nosotros. El árbitro está pitando el final del partido. Ramón y yo nos quedamos con los ojos fijos en la pantalla, mientras Benedicta le propone lo de su calor a Dani, que mueve la cabeza a derecha y a izquierda. “Va a ser que no”, dice Benedicta. Seguimos un rato, hablando con Carlos, la rusa y otro par de personas. Benedicta vuelve a la carga, con esa expresión de la que ya no puede más. “Cuatro, ahora me estoy tirando a cuatro. No puedo más, me voy a dormir”. Nos da la mano a todos y la vemos alejándose oscilando como un mimbre. Ramón y yo también nos vamos. La música
italiana al fondo, Ramón insiste: “a la sueca, joder”.
Rectifica “a la rusa, coño, a esa es a la que tenías
que haber entrado”. Yo le vuelvo a sonreír. Hoy creo que
le he sonreído mucho, he hecho de esa mueca un asentimiento y
una defensa. Acabamos cenando en el Mirabel, entre la chausée
d’Alsemberg y la Universidad Libre de Bruselas. El camarero es
un portugués amabilísimo y discreto. Ramón y yo
hablamos un rato de Lisboa, de su ambiente decadente y de la música
tristísima de Cesaria Évora. Más tarde, vuelve
a Benedicta, no se la había podido quitar de la cabeza: “joder
qué pasada de vueltas iba”. Qué ingenuidad ese comentario
tuyo, Ramón, ahora no me has parecido tú. Sigue recordando
a la ninfa rusa, le sigue ocupando el pensamiento, alterna otros comentarios
acerca de ella, pero lo último que dice Ramón, antes de
que le deje en su casa, habla de Benedicta: “no convenía.
Cuando se fue le toqué el culo. Lo tenía blando”.
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