perdido perro pequeño

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ayer soñé familia[1]


::daniel pérez espinosa::

 

–¡Un dedo! ¡Te falta un dedo!
La madre se miró la mano con pena.
–Sí, hijo, sí. Pero no te aflijas, seguiré guisando y limpiando para ti... y para tu padre.
–Pero madre, no lo entiendes. ¿No te duele? ¿Quién te lo ha hecho?
La madre miró al suelo.
–El perro... Pero no le digas nada a tu padre.
–¿Cómo que no?
El hijo apretó los puños y los dientes, y caminó indignado hacia el comedor.
Allí el padre comía y comía, con la boca manchada de grasa, dejando caer de sus gordos carrillos trozos enormes de carne a medio masticar.
–¡Padre!
El padre apartó la mirada de la comida sólo un instante y luego la volvió a bajar hacia el plato.
–Tu perro ha arrancado el dedo a madre.
El padre eructó y dejó caer a la mesa un hueso de pollo con algunos restos de carne.
–No lo ha arrancado, lo ha cogido y lo ha guardado en lugar seguro.
–¡Pero es su dedo!
–Allí estará bien. El perro cuida muy bien lo que guarda.
–¡No tiene ningún derecho!
–¡No me discutas! Y déjame comer tranquilo.
La madre entraba ya en el salón con nuevas bandejas de comida. Una venda cubría el hueco del dedo. Cuando el hijo iba a salir, furioso e impotente, vio cómo el padre eructaba de nuevo, cogía una bandeja y la engullía completa. Con un ruido de cuero doblándose, el cuerpo del padre engordó, centímetro a centímetro, hasta ocupar un metro más de aire a su alrededor. Después el padre se levantó, rugiendo con ansia, y dirigiéndola una mirada lasciva agarró a la madre y la tumbó sobre la mesa, y la poseyó, jadeando desenfrenadamente.
–¡Padre! ¡Padre, qué haces!
El padre ignoró sus gritos. Avergonzado, espantado, el hijo se marchó del comedor, y fue a su habitación con las manos ocultando su cara. Pero en la puerta se encontró con el perro, que lamía extasiado el dedo de la madre.
–Perro, ¿cómo te has atrevido? ¡Deja eso!
El perro le miró con sus ojos rojos, y le dirigió un susurro ronco mostrándole los dientes.
–Me encanta su sabor.
El hijo alzó la mano con gesto amenazador.
–¡Fuera!
El pelo negro y grasiento del lomo del perro se erizó. Con un gruñido saltó sobre el hijo y le derribó.
–Tu carne también huele muy bien.
El hijo comenzó a temblar, lleno de pavor, y sintió su aliento sobre la cara. El perro se rió y se fue a la habitación, a dormir con el dedo de la madre entre sus patas.

 

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