| El
hijo durmió esa noche en el cuarto de baño. No se atrevía
a salir. Tembló durante toda la noche, y pensó en su madre.
Por la mañana se sintió acuciado por el hambre, y se decidió
a abrir la puerta. Caminó con miedo por el pasillo, pero el perro
no estaba.
Oyó entonces un gruñido que venía de la cocina.
Corrió hacia allí, y vio a la madre, rodeada de platos
de comida, y al perro frente a ella. La madre miraba al perro con ojos
de eterna humillación, sin atreverse a hacer ningún intento
de escapar.
–¡Madre, huye!
Pero la madre no se movió. El perro se lanzó contra una
de sus piernas y se la arrancó. Ella apenas emitió un
gemido, y se tapó la boca con la mano.
–¡Madre!
El hijo cogió una bandeja de comida y se la tiró al perro
a la cabeza. Pero el perro la esquivó y se rió con sus
mandíbulas cadavéricas. Entonces el hijo cogió
una banqueta y corrió hacia él, intentando golpearle.
El perro miró al hijo con ojos burlones, dio un salto a un lado
y salió de la cocina llevándose la pierna de la madre.
–¿Estás bien, madre? Dime que estás bien,
por favor.
La madre ya se levantaba apoyándose en los muebles, cubría
la herida con un paño de cocina, y saltaba con su pierna buena
hacia las bandejas de comida.
–Pero madre, por favor, ¿dónde vas?
–A llevar la comida, hijo, no puede faltar, nunca puede faltar,
no puedo dejar de llevársela.
Se comenzaron a oír los rugidos del padre desde el comedor, exigiendo
su alimento.
–¡Espera, madre!
La madre cogió las bandejas y comenzó a saltar con dificultad,
apoyándose en las paredes y haciendo equilibrios para no tirar
la comida. En el comedor, el padre, con una gordura que ocupaba ya media
habitación, rugió ansioso al ver llegar a la madre.
El hijo se cruzó ante ella.
–Padre, debes echar al perro de la casa.
–¡Antes te echaría a ti!
El padre levantó su pesadísimo cuerpo, apartó al
hijo y tiró al suelo a la madre, dejando caer sobre ella toda
su mole libidinosa, y comenzó a fornicar con ansia glotona. Y
entre cada jadeo de él y cada gemido contenido de la madre, el
padre cogía un trozo de cerdo adobado y lo engullía sin
masticar. El hijo se escandalizó y avanzó desesperado
hacia el padre.
–¡Padre, por favor!
Oyó ruidos detrás de él. El perro arrancaba enormes
trozos de las paredes con sus dientes y los arrojaba al suelo.
–Me voy a quedar contigo y con tu casa.
Saltó hacia el hijo y lo agarró con los dientes por la
camisa. El hijo se resistió, pero el perro tiró de él
hacia la habitación y lo arrojó dentro.
–Quiero una caseta.
El hijo vio montones de escombros y trozos de muebles arrancados de
todas partes.
–¡Todo esto es nuestro, no tienes derecho!
–¡Trabajarás!
Y le arrancó un trozo de carne de un bocado.
El hijo gritó de dolor y se arrastró hacia dentro huyendo
de los dientes del perro, que le volvían a amenazar. Comenzó
a apilar los pedazos de paredes y suelos y a sujetarlos con cemento.
Pasó así horas y horas, mientras el perro le vigilaba
abriendo y cerrando las fauces continuamente. Cada vez que el hijo se
paraba, fatigado, el perro saltaba sobre él y le hacía
otra herida con los dientes. Cada vez que se caía una pared mal
construida, el perro gruñía y le clavaba los colmillos.
Trabajó así hasta la noche. El perro entonces le agarró
de la camisa con los dientes y le arrastró al cuarto de baño.
–No salgas de ahí.
La puerta se cerró, y el hijo se dejó caer en el suelo.
Estaba agotado. Cayó dormido enseguida.
Se despertó sobresaltado. Frente a él estaba el perro,
y le miraba con sus ojos de sangre, sonriendo.
–Despierta y mira. Ahora voy a por tu madre.
El hijo se desesperó y llamó a su madre a gritos. Se levantó
del suelo y corrió tras el perro, pero cuando llegó éste
ya se arrojaba sobre la madre, derribándola, y le arrancaba la
mano sana y la pierna que le quedaba.
–¡Detente! ¡Basta ya!
El perro se volvió hacia él con la boca goteando sangre
y saliva, y sonriendo.
–Acércate y te mato.
El hijo gritó y se arrojó contra él, intentando
agarrarle con sus manos desnudas, pero el perro se revolvió y
le mordió en varias partes del cuerpo. Cayó al suelo y
se hundió en un rincón, y el perro se llevó la
mano de la madre, y luego volvió a por la pierna. Cuando se hubo
marchado, la madre alzó su torso apoyándose en el brazo
que le quedaba.
–Ayúdame hijo, ponme la bandeja en la mano.
.
continúa
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