| El
hijo lloraba en el rincón y miraba a la madre, angustiándose
ante la visión de las piernas amputadas, y la mano arrancada.
–No, madre.
–Ayúdame, te lo ruego. ¡Ayúdame!
El grito resonó en la cocina, pero el hijo no se movió,
temblando y llorando mientras la contemplaba. Por fin, la madre consiguió
agarrar una bandeja con la mano que la quedaba y se arrastró
con el muñón de la otra hasta el comedor.
Allí el padre gritaba y gritaba.
–Más. ¡Más!
Finalmente el hijo no pudo soportarlo y corrió tras ella.
–¡Padre, por favor, llévate al perro! ¿Es
que no ves a madre? ¿Es que no me ves a mí?
El padre, gordo ya como todo el comedor, con su cuerpo tocando las paredes,
alzó un brazo como un tronco y golpeó la mesa.
–Hijo malcriado. No entiendes nada. ¡No te metas!
Y arrancó la bandeja de la mano de la madre, haciéndola
perder el equilibrio y caerse al suelo.
–¡No, madre!
El hijo avanzó como pudo entre la mole de grasa, intentando acercarse
al padre.
–Por favor, te lo suplico, ¡déjala!
El padre movió la mano y golpeó en la cara al hijo, que
salió rodando fuera del comedor.
–¡Te he dicho muchas veces que no te acerques nunca a mí!
¡Nunca! Y tú, más comida. ¡Más comida
he dicho!
La madre ya se arrastraba hacia la cocina.
–Ahora vendrás conmigo.
El perro surgió de las sombras del pasillo.
–¡No!
Y el hijo lloró de rabia.
–¡Nada de llantos!
El perro mordió la camisa del hijo, arrojándole al suelo
y arrastrándole. El hijo se revolvió y tiró y rompió
la camisa. Se levantó, plantando cara al perro.
–Vendrás conmigo aunque sea a pedazos.
El perro saltó hacia él y le mordió el costado.
El hijo gritó de dolor y le dio una patada, pero el perro se
rió y volvió a morderle. Cayeron al suelo y se revolcaron
de un lado a otro luchando, y a cada vuelta los dientes del perro se
clavaban en la carne del hijo. Después de varias vueltas el hijo
consiguió soltarse y salió huyendo. Corrió y saltó,
entró y salió de cada habitación, pero el perro
seguía siempre detrás de él, mostrando sus dientes,
abriendo y cerrando sus mandíbulas.
Cuando volvieron a cruzar por el comedor en su carrera a muerte, el
hijo vio cómo la mole de grasa del padre aplastaba a la madre
mientras la poseía con lascivia, agitando su inmenso cuerpo compulsivamente,
y cómo de la madre sólo se veía la cabeza, apenas
sin poder respirar.
–¡Madre, madre!
Corrió a intentar sacarla de allí debajo. Pero el perro
le agarró de la pierna y le tiró al suelo.
–Vete, hijo, vete, no te quedes aquí.
Apenas oyó la voz de la madre por encima de los jadeos del padre.
El perro dirigió sus colmillos hacia el cuello del hijo, pero
éste consiguió apartarlos. Miró hacia la puerta
de la calle y corrió hacia allí, llorando, la abrió
y se precipitó hacia fuera. Mientras tropezaba y rodaba por las
escaleras, vio cómo la puerta se cerraba, y oyó al perro
reír detrás de ella.
–Volverás.
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© ::daniel pérez
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