perdido perro pequeño |
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su afición secreta[1]
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| Su afición secreta, desconocida incluso para
sí mismo, le llevaba por los bulevares por los que buscaba alguna
mano, boca, ojos que fueran ella. Tras la progresiva decepción, Había tenido tanto miedo de no poder olvidarla si ella le dejaba, que se había acostumbrado a no contar con ella. Se había acostumbrado a sentirse solitario a pesar de dormir a su lado. Se había acostumbrado más a la distancia que a la cercanía. Se había acostumbrado a que la almohada ocupase su sitio. Y ya no la quería. La ciudad en la que se había enamorado, despertado, sufrido, añorado, no daba señales de vida. Se le borraba de la mente. No tenía sentido. Se deshacía. El amor es una mierda. Lo dijo mientras se le perdían los ojos como un cristal roto que se hubiera tirado la piedra contra sí mismo. Se le perdían en dirección al cielo impertinente de la ciudad que odiaba. Te enamoras y te arruinas la vida. Yo podría
haberme quedado en Ibiza. No se puede amar en una ciudad en la que te sientes enjaulado. No se puede amar si el color de las calles y las hojas de los árboles te barren los sentidos con fuerzas centrífugas. No se puede amar con esa tristeza crónica reptando por las cuencas de los ojos. Quédate en el paraíso y no la persigas. Ella con su asfalto y tú con tu mañana. El amor no es ciego y prefiere quedarse mirando el baile de las espigas y las amapolas. El amor es el espejismo que se produce cuando a la belleza de la superficie se le superpone otra belleza más densa acompañada de rayos de sol. Lo nuestro es un amor antiguo que se acostumbró
a la ausencia. Ese amor es como un fósil que se queda incrustado
en algún órgano del cuerpo y ese órgano ha crecido
con él dentro, de manera que no te lo puedes arrancar. Pero un
amor fosilizado es un cadáver cubierto de musgo. Un musgo latente,
vivo, que busca aire para poder respirar. Que se proyecta hacia el mundo
desde su base quieta. Que busca agua. Otros besos.
continúa
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