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su afición secreta[2]


 

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Un día le di a leer un cuento que había escrito. Lo hice porque ella se empeñó. No entendió nada. Leyó con avidez, plagada de expectativas, hasta que llegó al final y allí se perdió. Comprendí que eso era lo que le pasaba con el resto de mundo que se movía su alrededor. Saboreaba todo lo que le sucedía, como una niña que sueña con sumergir la yema de su dedo índice en su pastel de nata de cumpleaños y a la que se lo impide el ceño fruncido de su madre. Después se come la porción completa que le ponen sobre el plato. Pero ese beso de nata prohibida es una oportunidad que se le escapa una vez y otra.

Todos tenemos uno, o varios, criterios para repartir a las personas en categorías. Inconscientemente. Y esos criterios raramente responden a variables científicas, racionales, tradicionalmente consideradas como coherentes. Algunas personas separan a las que aborrecen a las arañas de las que aborrecen a las cucarachas, a las que duermen una media de seis horas de las que necesitan más de ocho, a las que van en coche al trabajo de las que toman el transporte público, a las que se preocupan de su atavío de las que no se preocupan, a las que cocinan de las que no saben cocinar, a las que usan refranes de las que no los usan…Y dentro de cada una de estas categorías, que cada ser elige irracional y aleatoriamente, se establecen unas subcategorías dadas por el entorno sociocultural de cada individuo: grados de aversión, asco, pánico; tipos de transporte, prestigio del vehículo propio; asociaciones de carácter según los motivos o circunstancias que lleven a dormir más o menos; concepto de elegancia, heredado o impuesto, etc. Una vez establecidas las subcategorías, se procede a emitir un juicio sobre un individuo en cuestión: miedoso, sensible, fuerte, perezoso, activo, ecologista, elegante, desaliñado, hospitalario, práctico, folclórico, cultivado...

Ella no entendió el final y yo descubrí mi separación inconsciente en mis dos categorías secretas, mis dos cajones cerrados: las personas que entienden el final de ese cuento y las que no. Las que lo entienden son las personas que me acompañarán en mis viajes, las que me contarán chistes con los que me pueda reír, las que me dirán una frase con la que yo pueda escribir otro cuento. Las que no lo entienden son las causas perdidas, a las que yo amaré sin esperanza, sin recibir nada a cambio. Y ella es la única persona que no lo ha entendido.






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