relatos del yugo

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la entrevista


::s.t. daroca::

 

No sabía como había llegado hasta el vestíbulo del edificio, de hecho los últimos acontecimientos se constituían como recuerdos difusos, sin precisión temporal alguna. No era capaz de ubicar los sucesos en una línea temporal coherente, aunque era consciente de que todos giraban en torno a un mismo hecho, esta entrevista de trabajo.

Al levantar la vista se encontró con la mirada afable de la recepcionista, Lorena entendió que la estaba indicando que la espera sería corta, que en breve tendría acceso al ascensor, no sabía explicar cómo tenía la certeza de que ése sería el camino que tendría que recorrer. Por enésima vez intentó aclarar sus ideas, recordaba nítidamente la fiesta con compañeros de su empresa, el flirteo con Lorenzo y cómo ambos habían abandona el local, pero a partir de ahí todo se desvanecía en su mente, parecía carecer de importancia. La ciudad en la que se encontraba era simplemente un lugar, la fecha o el momento del día una referencia, los detalles no existían, de hecho si cerraba los ojos era incapaz de recordar el mobiliario del vestíbulo o su propia vestuario, recorrió sus ropas para percatarse de que vestía el traje “verde” de corte clásico que hacía siete años su madre le había regalado al concluir sus estudios de empresariales.

Se encontraba en una sala de reuniones, sola con unos formularios esparcidos enfrente de ella. Lorena detestaba estas pruebas en las que el aspirante se enfrentaba al frío papel sin ninguna referencia externa, las preguntas eran tan generales que únicamente se sentía cómoda cuando se hallaba por la mitad del mismo. Resoplando, cogió la primera hoja, para percatarse aturdida cómo se hallaba manuscrito con su propia caligrafía. No recordaba haberlo cumplimentado, supuso que lo habría hecho en la primera entrevista. No profundizó en el hecho de que no se acordara de esa primera fase, de que no sabía la empresa o el puesto que estaba solicitando, se sentía segura en toda esta indeterminación. Realizó una lectura diagonal de la tercera hoja del cuestionario, el formulario estaba impreso en letras de imprenta, en negrita sobre fondo azul, las respuestas en tinta negra manuscritas. Entre las líneas manuscritas encontró referencias a accidentes, pandemias, supervivientes, daños colaterales, y corte en líneas de descendencia.

-¿Qué ves ahí -le preguntó.
Lorena alzó la visa hacia su interlocutor, con su mano derecha arrastró una fotografía en blanco y negro. En la foto se podía observar a un hombre de unos 35 años tirado en el suelo, vestía un traje de muy buen corte pero desaliñado, sin corbata y la camisa suelta y sudada. Las piernas formaban ángulos absolutamente desnaturalizados como si se tratara de una marioneta al que se la había obligado a tomar una postura imposible para disfrute de jóvenes espectadores. Un chorro de sangre caliente despuntaba de la comisura de los labios, el cabello descuidado se hallaba apelmazado en la zona occipital sobre el cráneo, seguramente por culpa de otra brecha. Los ojos cerrados suponían el único detalle de tranquilidad de la escena.
- ¿Qué sientes? -fue la siguiente pregunta.
Hubiera o no contestado a la pregunta anterior, Lorena se percató que sus sentimientos eran de total aceptación, casi se podría decir que no albergaba emociones, de asimilación de este devenir imparable.
-¿Qué opinión te merece la naturaleza humana? -le espetó.
Débil cuando sufre individualmente, valiente cuando el sufrimiento es colectivo e infame cuando una no es la que sufre.
Respondió preguntas sobre el dolor, sobre ideologías y creencias, sobre países y organizaciones, sobre personalidades enfermas y malvadas, sobre el sufrimiento y el consuelo, sobre ayer y hoy, y sobre un previsible mañana.
-El puesto es tuyo
-Qué tengo que hacer -pregunto Lorena anticipándose- ¿Cuál es mi puesto?
-Bien lo sabes -fue la respuesta- Serás mi sucesora, como yo anteriormente serás testigo del devenir de la humanidad, actuarás cuando las circunstancias así lo exijan, la gente sabrá de tu existencia y te tendrá en sus pensamientos, algunos te negarán, pero la mayoría esperará tu llegada, aunque pocas veces seas bienvenida.
Lorena asintió, los últimos acontecimientos habían dibujado un cuadro claro en su mente, el cuestionario, el haber visto su cuerpo cubierto con una oscura manta junto al de Lorenzo, el formulario. Tenía una última pregunta que hacer, según se levantaba de la silla, apoyando el peso de su cuerpo sobre los brazos, arqueó la cabeza para preguntar "¿Cuándo empiezo?”.
-Pronto -Respondió La Muerte.

 

 


 



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