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diario de un corrresponsal de guerra[1]


::pandora groosvenor::

No fue "al alba" ni soplaba "viento fuerte de levante" (Federico Trillo dixit), como aquella vez cuando tuvo su momento de gloria en la misión de Perejil, el histórico día en que la Infantería española reconquistó al moro el último reducto de la soberanía nacional y más de una cabra marroquí se murió de puro espanto...
Eran más bien las cinco de la tarde, no se movía una hoja y un sol justiciero calentaba como un leño en llamas todo lo que no se había hecho un hueco a la sombra de los tres únicos y raquíticos árboles de todo el maldito páramo.
Ajeno a esta circunstancia, el (helicóptero) Superpuma del Ejército de Tierra se alzaba intimidante y orgulloso en medio de aquel claro, con su panza abierta insinuándose... esperándonos.
Soberbio nos miraba y le mirábamos, y veíamos cómo crecía su envergadura a cada paso que nos acercábamos.
Un instante para grabar en la memoria… histórico, sin duda...
-Voy a potar.
Dijo alguien. No me extrañó lo más mínimo. Yo misma habría echado las tripas por la boca si aquel gallardo piloto no hubiera estado delante y todos los tipos de la unidad de descontaminación radiológica no nos miraran descaradamente por detrás.
Puede que fuera la tensión, la emoción del momento o los nervios ante la idea (certera y cercana) de subirnos a una gloria volante de la Historia de España, a la altura si cabe del Dragon Fly o la Legión Cóndor... O puede más bien que fueran los madrugones acumulados, la inenarrable experiencia de vestirse un traje reglamentario de protección NBQ con olor a sobaquina sospechosa o el rancho que nos habían largado tres horas antes, con pompa y boato, en el ojiplático comedor de Ingenieros (donde cientos de estudiantes nos miraban como los nativos burundeses a sir Richard Burton cuando llegó en 1858 en busca de las fuentes del Nilo)…
Estábamos a jueves, y la cuarta promoción del curso de Corresponsales de Guerra estaba a punto de sufrir la primera baja, sin que las clases de primeros auxilios, autoprotección o evasión mental en situaciones de crisis sirviesen para evitarlo…

Ya el lunes había sido inolvidable. A las 8.30 de la mañana, con la cara todavía marcada por los pliegues de las sábanas y los ojos medio pegados, los 25 afortunados componentes del curso (elegidos por méritos que se me escapan entre 80 aspirantes) hicimos acto de presencia en la Escuela de Guerra del Ejército. Durante toda la semana, este insigne edificio (a espaldas de ICAI), concretamente, la oficina de Misiones de Paz, se convertiría en nuestra casa, nuestro parking, nuestra cantina, nuestra sala de fiestas, nuestra aula y, por qué no decirlo, también en nuestro cuarto de baño.
Fuimos recibidos con todo el protocolo que la ocasión requería por el general director de la escuela en un salón impresionante, de techos altísimos y paredes forradas con los retratos de cuantos rectores había tenido el centro desde su creación (a destacar el tipo del casquete prusiano y tres o cuatro con distintos modelos de mostacho que parecían sacados sin miramientos de Sisí emperatriz o ¿Dónde vas, Alfonso XII?). Allí se nos dejó claro que, la formación que recibiríamos estaba pensada para dos cuestiones fundamentales “intrínsecamente relacionadas”: 1º aprender a proteger nuestra propia retaguardia y 2º no darle más problemas al Ejército español.

Sobre cómo se organizan las Fuerzas Armadas cuando están en misión fuera de casa debería ser capaz de dar una lección magistral, pero resulta que no me acuerdo. De-na-da. Para alguien que se levanta diariamente a las 10 de la mañana y no habla con otro ser humano hasta cerca de la una de la tarde, permanecer allí, a esas horas de la madrugada (aproximadamente las 9.00 am), sentada, despierta, sin babear y con los ojos abiertos ya era un esfuerzo más que suficiente.
Empecé a ser persona (y creo que los demás también) cuando el autobús nos dejó en la Escuela de Sanidad del Ejército. Cómo el sector sanitario siempre me ha interesado (no se traga una 10 temporadas de Urgencias, cuatro de House y dos de Anatomía de Grey por nada…) decidí sacar el mayor provecho posible de la jornada que, en dos frases, podría resumirse en: “Cuando hay evisceración, no reintroducir” y “A este tío le saco yo del coche a la me cago en diez”.
De la charla de “viaje usted seguro” puedo decir que, el que haya pisado alguna vez fuera del hemisferio norte ya sabe todo lo que tiene que saber. Los demás deben recordar que mejor no tocar nada, no comer nada y no beber nada. Ah, y por Dios, que nadie se siente en el suelo sin calzoncillos ni bragas… no diré más.
El exquisito rancho militar fue servido tras el protocolario “Viva España, viva el Rey” (verídico), aunque debo reconocer que, después de ver la diapositiva de la bolsa de gusanos que le sacaron a un colega por la “santa sede”, muchos de nosotros acabamos suplicándoles a los doctores que nos pusieran sólo un café, pero en vena.



 

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