| Por
la tarde tuvimos talleres de trabajos manuales. El grupo Alfa (a esas
alturas ya estábamos perfectamente imbuidos de espíritu
castrense), a extricación e inmovilización; el Bravo,
a heridas y suturas; el equipo Charly, a soporte vital básico
y los del Delta, a animales peligrosos.
Guardo un especial recuerdo del curso de corte y confección sobre
tocino de guarrito, en el que demostré que las monjas carmelitas
hicieron de mí una modistilla tal, que igual bordo un mantel
a punto de cruz que hago una sutura colchonera al estilo Rambo: sin
betadine ni anestesia.
La guinda nos la puso el psicólogo. Un tipo fenomenal que nos
dio dos o tres claves sobre cómo comportarnos en caso de secuestro
o amenaza inminente de nuestras vidas. Por ejemplo, si un tipo te apunta
a la cabeza con un AK47, no se debe ni llorar ni suplicar… nosajodío,
si hay que morir que sea con las botas puestas…
De la gloriosa jornada del martes con la orgullosa
Infantería española en la academia de Toledo, todas nos
trajimos en la retina impresa la imagen de nuestro teniente “perdona
que te enamore”, que nos enseñó principalmente su
anatomía desde todas las perspectivas posibles, bien señaladas
con su característico “¿visto?”, para que
ninguna se le despistara… Aunque también creo que nos mostró
las posiciones de tiro tenso y las armas ligeras que dispara nuestro
Ejército. Fue breve, pero tan intenso, que de su porte, sus ojazos
y su chulería se estuvo hablando toda la semana (y aún
se habla). Ahora, que nos pregunten cuántas balas lleva un rifle
de esos en la recámara...
También nos trajimos un insoportable dolor de espalda, provocado
por los trotes de los TOA y los BMR por esos páramos de Castilla
tan llenos de agujeros que empezamos a sospechar que nuestro alcalde
había inaugurado una obra en pleno campo de tiro.
En la casa de las trampas (una simulación de una vivienda de
la España profunda pero con más bombas escondidas que
un sembrao de minas) aprendimos básicamente dos cosas: 1º
que un ingeniero es un asesino en potencia y 2º que nunca hay que
bajar la tapa de un váter que no sea el tuyo.
Pero fue el asalto en terreno urbano lo que nos proporcionó
el momento más delicioso de la jornada y puede que de toda la
semana. Empotrados en la unidad iban dos periodistas. Ella, obediente,
se pegó a su oficial “como una garrapata”. Él,
soldado frustrado, alma de cabo chusquero y espíritu (que no
cuerpo) de atleta castrense, pronto empezó a confundir la simulación
con un caso serio y, a la que los soldados hubieron tomado el primer
piso de la vivienda, empezó a interaccionar con ellos, a pasar
(y confundir) claves y órdenes y a señalar trayectorias
como un guardia de tráfico. Los demás, asomados por los
vanos, no dábamos crédito…
Pero ay, que hieren a uno de los nuestros y, cuando llega un vehículo
para trasladarle, tres soldados saltan grácilmente por la ventana
para a asegurar la zona… seguidos por nuestro hombre que, con
la misma agilidad que un hipopótamo reumático, se atranca
en el hueco y se queda a horcajadas en el alféizar. Incapaz de
bajarse de una manera honrosa (ya le habíamos visto todos), y
sintiéndose protegido por el casco de campaña, el pobre
hombre no tuvo mejor idea que dejarse caer de cabeza contra el suelo.
A punto estuvimos de poder practicar con él lo aprendido el día
anterior sobre inmovilización de cervicales.
Creo que en Toledo se están riendo todavía…
Tampoco estuvo mal la sesión de conducción
y salvamento de todoterrenos el miércoles en el Jarama. Los hombres
cumplieron su sueño (poner vehículos a dos ruedas, meterlos
en fosos con agua, derrapar en un barrizal, despeñarse por cuestas
que eran casi paredes y subir rampas prácticamente en vertical)
y nosotras (que hicimos las mismas tonterías sin pestañear
y sin que el pulso nos temblara) descubrimos que el azafrán sirve
para algo más que para condimentar paellas.
Después de rescatar el radiador de un coche con tan preciada
especia (y de constatar que la cinta americana es el mejor invento de
la humanidad después de la cama y de la rueda), la clase de orientación
con GPS nos condujo a todos a hacernos la misma desasosegante pregunta:
“¿Y cómo hemos podido existir sin un aparato de
éstos?”…
Pero, sin duda, el día más complejo fue
el jueves...
Que la naturaleza nos ha dotado a damas y caballeros con distintos dones
y atributos es una de esas verdades fundamentales que tienen aplicación
hasta en la guerra. Y aquel día comprobamos porqué una
mujer tiene más posibilidades de sobrevivir que un hombre en
un campo de minas: pues porque nunca se metería.
En la Escuela de Ingenieros Militares de Hoyo de Manzanares, en un aula
que tenía más artillería que el Ejército
del Mahdi, aprendimos que, cuando uno entra en un terreno minado hay
dos formas de salir: la rusa y todas las demás. La solución
que aplica el común de los ejércitos occidentales es,
pararse en el sitio rodilla en tierra, encomendarse a algún santo
y ponerse a escarbar el suelo de dos en dos centímetros hasta
alcanzar un lugar seguro. Los rusos, por el contrario, poco dados a
las despedidas largas, optan por una solución mucho menos segura
pero más espectacular: echan a correr.
Nuestro adiestramiento, sin embargo, consistió en la mera detección
de indicios que avisaran del peligro de un campo de esta categoría
y ahí es donde entra el factor género: los hombres tienen
visión focal y las mujeres panorámica, ergo… las
mujeres son capaces de ver con el rabillo del ojo una mina escondida
entre los arbustos y un aviso (evidentísimo) fabricado con envases
de Coca-Cola. Porque, a ver si no qué hacen cuatro latas colgadas
de un árbol si ése no es su sitio…
continúa
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