| Tras
el rancho (ojipláticos todos, como ya dije), fuimos conducidos
a un campo donde, en vista de la falta de testigos y de la guerra que
le estábamos dando a nuestro teniente coronel, nos temimos que
íbamos a ser fusilados al atardecer. Nuestra tortura, sin embargo,
consistió en vestirse y desnudarse repetidas veces, y siguiendo
una coreografía complicadísima, con el traje NBQ (nuclear,
bacteriológico y químico).
Traje grande, traje usado, traje incómodo e imposible de entender
que, además, había que ponerse en un orden determinado
y en 4,5 minutos (yo sólo he visto en mi vida a un hombre capaz
de vestirse más rápido). La máscara, de cuyo interior
no pienso ni hablar por si hay alguien comiendo…, había
que calársela en 9 segundos.
Ni qué decir tiene que morimos todos en el simulacro con gas
mostaza…
Aquella tarde sin embargo aprendimos que, ser capaz de ponerte el trajecito
en el tiempo estipulado no te garantiza en absoluto la supervivencia,
ya que después hay que quitárselo... Y quitárselo,
no de cualquier manera… ¡hala, allá va!... (porque
se levanta polvo contaminado), sino siguiendo una pauta estrictísima
de “limpio toca a limpio y sucio toca a sucio” y, además,
sin mirarse uno mismo. Vamos, que a algunos tuvieron que venir a rescatarnos
porque nos íbamos a asfixiar con los cordones de los cubrebotas.
Después de tanta expectación y tanto
miedo, resultó que el Superpuma era más bien un gatito
y el vuelo fue incluso apacible. Sobre todo, el nocturno, cuando el
piloto nos mecía como una madre y algunos (yo misma, por qué
no confesarlo) dimos una cabezadita la mar de reponedora en la cola
del aparato. Pero nada, na-da fue capaz de prepararnos para la siguiente
exposición, cuya pregunta de examen era: “¿Qué
hay que hacer si tu helicóptero es derribado en territorio enemigo
y toda la tripulación muere menos tú?”… Y
eso qué es, ¿buena o mala suerte?
Pues sí, bien mirado, tendría gracia la cosa. Después
de haber huido de una emboscada conduciendo un todoterreno por una pendiente
de 45º y de haber sacado a un tío a la me cago en diez del
coche (que, por supuesto, yo-no-he-estrellado)… después
de haberle salvado el pellejo al no reintroducirle las vísceras,
de haber sobrevivido al empotramiento en una unidad militar de asalto
urbano y a la toma de una casa con más trampas que una película
de chinos… después de meterme en un campo de minas y de
lograr salir con todos mis brazos y mis piernas… después
de haberme librado de un ataque químico poniéndome el
dichoso trajecito NBQ en 4,5 minutos y de habérmelo quitado sin
mirarme y sin contaminar a media humanidad… me evacúan
del frente, mi helicóptero se hostia en zona enemiga y palman
todos menos yo…
¿Y ahora qué tengo que hacer?
Pues largarme de esta guerra, que así no hay Dios que encuentre
un reportaje.
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