Una niña morena yace bajo las ruedas de un
mercedes.
Maisha, pequeña y morena, corre hacia su casa. Hay en su mirada
una ilusión desbordada. Juega con su pequeña mochila rosa,
balanceándola arriba y abajo, y soltándola en el aire
para que gire. El dibujo que lleva estampado da vueltas y vueltas, y
la niña morena ríe. Salta y corretea, alegre, y acelera
el paso en el semáforo para llegar a su casa antes de que su
padre vuelva. Al cruzar, un terrible chirrido de frenos ensordece a
los peatones que aguardan en la acera.
En un mercedes negro, último modelo, de lujo y con mejoras por
encargo, cristales blindados y puertas reforzadas, Rodrigo de la Vega,
principal accionista de una de las principales empresas petroleras del
país, escucha noticias sobre la guerra. Los tanques se mueven
y los aviones ocupan sus posiciones. Rodrigo piensa en la bolsa y en
el mercado energético. Tiene la cabeza llena de números
y de gráficos al alza. Piensa que a pesar de la bonanza propondrá
continuar con el plan de despidos, para aumentar márgenes. En
estos momentos habla el presidente, y Rodrigo escucha con atención.
Una niña pequeña cruza corriendo de repente por el semáforo
en verde. Rodrigo clava el pie en el freno.
Maisha piensa en su padre, y le ve volviendo de su país, donde
ella nació, cargado de regalos y de bolsas. Le imagina sonriéndola
y cogiéndola sobre su espalda. Su madre dando palmas y cantando
con ellos. Piensa en su padre y su madre cogidos de la mano, como hace
tiempo, y después todos sentados en el sillón de su casa,
desembalando paquetes y abriendo bolsas. Maisha se imagina buscando
el regalo secreto que su padre le ha traído como recuerdo de
su larga ausencia. Piensa en la mochila rosa que le regaló la
última vez que estuvo con ella, y que lleva siempre consigo,
y con la que duerme y a la que abraza cada noche. Una pequeña
mochilita rosa, con un bonito dibujo que su padre no conocía,
y el cual ella misma tuvo que explicarle quién era. El agudo
sonido de los frenos del coche hace girar la cabeza a Maisha, y ve una
inmensa montaña de metal negro y brillante que no se detiene
y se arroja sobre ella.
Rodrigo piensa en el balance económico que debe revisar para
la reunión del consejo de dentro de dos horas, y en sus propuestas
macroeconómicas. Emite un grito ronco, una blasfemia, y pisa
con más fuerza el pedal de freno. Se niega a aceptarlo, aprieta
los dientes y tensa los dedos en torno al volante. Su mente se pregunta
por qué cruza esa condenada niña, por qué no espera
a que él pase. Aprieta el freno a fondo, pero siente como si
el coche no se detuviera. Maldice a la niña que cruza por no
mirar. Piensa que el coche debe frenar, debe pararse a toda costa antes
de golpearla. No puede perder tiempo. Se pregunta si la niña
no lo entiende. Pero el coche no se para. La niña está
encima ya. Ve su cara perfectamente. Siente bullir en su interior un
hondo desprecio hacia esa cara inocente y asustada. Un impacto sordo
y grave resuena delante, en el capó del coche, y Rodrigo maldice.
Una mole negra, de superficie muy dura, arrolla a Maisha. Maisha siente
que la arrastran, que la desclavan del suelo que está pisando.
Alza sus manos hacia los faros del coche y los sujeta, tocando su superficie
lisa y fría, pero no puede agarrarse. El coche sigue avanzando,
y Maisha se angustia porque no puede frenarlo. Su mochila rosa, con
el dibujo estampado, se le escapa de la mano, y Maisha gira la cabeza
para mirar cómo cae hacia el suelo y se pierde debajo del coche.
Nota el impacto, la irrefrenable fuerza que la arrastra, y avanza hacia
atrás, llevada por el motor que ruge. Entonces cae hacia el suelo,
se desliza, sus manos clavadas en el suelo no consiguen detenerla, y
el coche sigue avanzando y ella se golpea contra algo muy duro, metálico.
Debajo, de forma fugaz ve un destello rosa, piensa que será su
mochila, y una rueda enorme y pesada la atrapa el vestido. El vestido
tira de ella, y un pinchazo insoportable comienza a subirla por el costado.
El coche se detiene, y Rodrigo sale disparado como un resorte hacia
delante. Se golpea el pecho contra el volante, e innumerables luces
le inundan los ojos. Piensa en el condenado airbag que no ha saltado,
y en que debió ponerse el cinturón. Su cuerpo es empujado
de nuevo con violencia hacia el respaldo del asiento, y se lleva la
mano al pecho. Cierra los ojos, mientras las luces siguen llenando su
mirada, y se tantea la parte golpeada. Maldice a la niña. Oye
la voz de la radio, que sigue hablando, y sobre su voz se superponen
otras, de los locutores. En su cabeza cierra el balance económico,
números para después de una guerra, y vuelve a acordarse
de la reunión del consejo. Tiene que llamar a su secretaria,
posponer la reunión, necesita tiempo para revisar ese balance,
ordenar sus ideas. Aunque con suerte quizás se retrase unos minutos
nada más. Fuera todo está muy quieto, y silencioso. Sólo
se escucha la radio. Marca en el móvil el número de la
oficina, pero nadie lo coge. Insulta a la secretaria, y entonces se
acuerda de la niña. Piensa en los niños, siempre metiéndose
en todas partes. Decide que debe salir, pero permanece unos segundos
dentro del coche, sintiendo un gran fastidio. La voz monótona
de la radio sigue relatando las noticias de la guerra.
continúa
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