| El
coche está quieto. Maisha escucha el motor por encima de ella,
y ve borrosamente todas las piezas de metal grasientas y feas que tiene
por debajo. Huele a aceite, y a goma quemada. Siente el suelo sucio,
lleno de tierra. Tiene las manos arañadas por las pequeñas
piedras que se le han clavado en la caída. Allí debajo,
lo ve todo oscuro, y está mareada. Ve una rueda gigantesca encima
de su costado. Le presiona mucho. Siente mucho dolor, un dolor agudo
como si se hubiese pillado otra vez los dedos contra el quicio de la
puerta de su casa. Pero ahora le duele por todo el cuerpo, y su madre
no está para aliviar ese dolor con besos. Le duele todo. Levanta
sus brazos, y se da cuenta de que apenas puede hacerlo. Algo tira de
ellos hacia el suelo. Siente ganas de llorar. Gira la cabeza buscando
a su padre, imaginando que volvía por ese camino, que la ha visto
y corre a salvarla, a sacarla de allí. Siente frío.
Desde dentro, Rodrigo ve a masas de gente que se acercan apresuradas
a la parte delantera del coche. Se agachan, murmuran en alto, y alguno
le mira. La indignación le quema por dentro. Abre la puerta de
un empujón y saca su cuerpo fuera, gritando a los que le miran
que no ha sido nada, que los niños siempre se caen sin que les
pase nada, y que la saquen de ahí que lleva prisa. Pero nadie
se mueve, y todos le miran con desprecio. Rodrigo se indigna hasta el
extremo, y resopla. Les pregunta si no le han oído. Pero la gente
le ignora y siguen arrodillados o arremolinados ante el coche. Rodrigo
mira hacia todas partes, nervioso. Vuelve a sacar el móvil, y
llama de nuevo a su oficina. Pero sigue sin contestar nadie. Deja un
aviso indignado y lleno de exabruptos en el contestador. Se agarra a
la puerta del coche, resopla de nuevo y se acerca a la parte delantera.
Enseguida ve a la niña, y se calla. Se lleva las manos a la cara.
Segundos después se lamenta en voz alta, y piensa en la indemnización
que le van a pedir. Piensa que seguramente mil euros, o incluso diez
mil. Maldice mil veces a la niña y a todos los niños del
mundo. Entonces mira a un joven rodeado de personas embobadas que está
intentando hacer reaccionar a la niña, y le grita que por qué
no han llamado a una ambulancia. El joven señala el móvil
de Rodrigo, pero éste se indigna y replica que está esperando
una llamada muy importante. Es en el momento en que el joven se levanta
para llamar por el móvil de una mujer mayor, cuando Rodrigo ve
la sangre. Un charco de sangre saliendo de la cabeza de la niña.
Maisha ve una luz gris venir de fuera del coche. Respira un aire frío,
otoñal. Escucha sin distinguirlo el ruido del coche, y murmullos
que no entiende, y ve manchas que tapan la luz y se asoman sobre ella.
Piensa si será su padre que viene a buscarla. Pero no es capaz
de reconocerlo. En su mente, su imagen se borra también, y no
es capaz de definirla. Se acuerda de su madre, y siente su olor junto
a ella, el olor de la cocina, de la comida, y el sonido de la cazuela
hirviendo. Intenta alzar su mano, que apenas se levanta un centímetro,
y la nota vacía. Recuerda su mochila, y se desespera. No la tiene,
no está, la ha perdido. Mueve su cabeza nerviosamente, y al hacerlo
siente un gran dolor, pero no la importa. La levanta y mira debajo del
coche, al fondo, y ve un destello rosado. Se imagina el dibujo de la
mochila mirándola, boca abajo, y esperándola. Estira el
brazo, y extiende los dedos, intentando alcanzarla, pero la ve alejarse
cada vez más. Piensa en su padre, en que se volverá a
ir y sólo le quedará la mochila. Intenta llorar y un súbito
pinchazo la sube desde el costado hasta la boca, y empieza a vomitar.
Deja caer la cabeza al suelo otra vez, pero sigue estirando el brazo,
intentando coger la mochila mientras la mano le tiembla.
Los ojos de Rodrigo se quedan clavados en la sangre. Mana con lentitud
de una brecha de la cabeza de la niña. Su pelo moreno y rizado
está manchado, y su cara sucia y llena de heridas. Sin levantar
la mirada, Rodrigo se pasa la mano por su escaso cabello, y piensa en
las implicaciones de esto. Está seguro de que le coserán
a reclamaciones, de que tendrá que pagar múltiples indemnizaciones,
de que saldrá en la prensa. Y piensa que todo por una maldita
niña, que ni siquiera es española. Da un golpe en el capó
del coche y maldice a todos. Varias mujeres le acusan de asesino, de
conducir sin cuidado, de haber atropellado a la pobre criatura. Rodrigo
les contesta que se metan en sus asuntos y le dejen tranquilo. El joven
del móvil se gira y le responde bastante enfadado. Otros hombres
de entre la masa expectante se unen a sus críticas. Las voces
y los argumentos van subiendo de tono, y entonces la niña morena,
tendida en el suelo frío, cada vez más pálida,
alza la cabeza y vomita sangre. Todos se callan y se vuelven hacia ella.
Rodrigo se agacha, aterrorizado de repente, y aparta a los que se arremolinan
en torno a ella. La suplica con nerviosismo que no se muera. Que no
se muera, que no arruine su vida. Coge su mano, diminuta, y la llama,
la grita. Se mancha de sangre, y la suelta lleno de asco. Segundos después,
esforzándose por olvidarse de la sangre, la vuelve a coger, diciéndola
que no se va a morir, verdad, que no le va a hacer eso. La mano de la
niña está helada.
.
continúa
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