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si me pides que lo escriba[2]


El coche está quieto. Maisha escucha el motor por encima de ella, y ve borrosamente todas las piezas de metal grasientas y feas que tiene por debajo. Huele a aceite, y a goma quemada. Siente el suelo sucio, lleno de tierra. Tiene las manos arañadas por las pequeñas piedras que se le han clavado en la caída. Allí debajo, lo ve todo oscuro, y está mareada. Ve una rueda gigantesca encima de su costado. Le presiona mucho. Siente mucho dolor, un dolor agudo como si se hubiese pillado otra vez los dedos contra el quicio de la puerta de su casa. Pero ahora le duele por todo el cuerpo, y su madre no está para aliviar ese dolor con besos. Le duele todo. Levanta sus brazos, y se da cuenta de que apenas puede hacerlo. Algo tira de ellos hacia el suelo. Siente ganas de llorar. Gira la cabeza buscando a su padre, imaginando que volvía por ese camino, que la ha visto y corre a salvarla, a sacarla de allí. Siente frío.
Desde dentro, Rodrigo ve a masas de gente que se acercan apresuradas a la parte delantera del coche. Se agachan, murmuran en alto, y alguno le mira. La indignación le quema por dentro. Abre la puerta de un empujón y saca su cuerpo fuera, gritando a los que le miran que no ha sido nada, que los niños siempre se caen sin que les pase nada, y que la saquen de ahí que lleva prisa. Pero nadie se mueve, y todos le miran con desprecio. Rodrigo se indigna hasta el extremo, y resopla. Les pregunta si no le han oído. Pero la gente le ignora y siguen arrodillados o arremolinados ante el coche. Rodrigo mira hacia todas partes, nervioso. Vuelve a sacar el móvil, y llama de nuevo a su oficina. Pero sigue sin contestar nadie. Deja un aviso indignado y lleno de exabruptos en el contestador. Se agarra a la puerta del coche, resopla de nuevo y se acerca a la parte delantera. Enseguida ve a la niña, y se calla. Se lleva las manos a la cara. Segundos después se lamenta en voz alta, y piensa en la indemnización que le van a pedir. Piensa que seguramente mil euros, o incluso diez mil. Maldice mil veces a la niña y a todos los niños del mundo. Entonces mira a un joven rodeado de personas embobadas que está intentando hacer reaccionar a la niña, y le grita que por qué no han llamado a una ambulancia. El joven señala el móvil de Rodrigo, pero éste se indigna y replica que está esperando una llamada muy importante. Es en el momento en que el joven se levanta para llamar por el móvil de una mujer mayor, cuando Rodrigo ve la sangre. Un charco de sangre saliendo de la cabeza de la niña.
Maisha ve una luz gris venir de fuera del coche. Respira un aire frío, otoñal. Escucha sin distinguirlo el ruido del coche, y murmullos que no entiende, y ve manchas que tapan la luz y se asoman sobre ella. Piensa si será su padre que viene a buscarla. Pero no es capaz de reconocerlo. En su mente, su imagen se borra también, y no es capaz de definirla. Se acuerda de su madre, y siente su olor junto a ella, el olor de la cocina, de la comida, y el sonido de la cazuela hirviendo. Intenta alzar su mano, que apenas se levanta un centímetro, y la nota vacía. Recuerda su mochila, y se desespera. No la tiene, no está, la ha perdido. Mueve su cabeza nerviosamente, y al hacerlo siente un gran dolor, pero no la importa. La levanta y mira debajo del coche, al fondo, y ve un destello rosado. Se imagina el dibujo de la mochila mirándola, boca abajo, y esperándola. Estira el brazo, y extiende los dedos, intentando alcanzarla, pero la ve alejarse cada vez más. Piensa en su padre, en que se volverá a ir y sólo le quedará la mochila. Intenta llorar y un súbito pinchazo la sube desde el costado hasta la boca, y empieza a vomitar. Deja caer la cabeza al suelo otra vez, pero sigue estirando el brazo, intentando coger la mochila mientras la mano le tiembla.
Los ojos de Rodrigo se quedan clavados en la sangre. Mana con lentitud de una brecha de la cabeza de la niña. Su pelo moreno y rizado está manchado, y su cara sucia y llena de heridas. Sin levantar la mirada, Rodrigo se pasa la mano por su escaso cabello, y piensa en las implicaciones de esto. Está seguro de que le coserán a reclamaciones, de que tendrá que pagar múltiples indemnizaciones, de que saldrá en la prensa. Y piensa que todo por una maldita niña, que ni siquiera es española. Da un golpe en el capó del coche y maldice a todos. Varias mujeres le acusan de asesino, de conducir sin cuidado, de haber atropellado a la pobre criatura. Rodrigo les contesta que se metan en sus asuntos y le dejen tranquilo. El joven del móvil se gira y le responde bastante enfadado. Otros hombres de entre la masa expectante se unen a sus críticas. Las voces y los argumentos van subiendo de tono, y entonces la niña morena, tendida en el suelo frío, cada vez más pálida, alza la cabeza y vomita sangre. Todos se callan y se vuelven hacia ella. Rodrigo se agacha, aterrorizado de repente, y aparta a los que se arremolinan en torno a ella. La suplica con nerviosismo que no se muera. Que no se muera, que no arruine su vida. Coge su mano, diminuta, y la llama, la grita. Se mancha de sangre, y la suelta lleno de asco. Segundos después, esforzándose por olvidarse de la sangre, la vuelve a coger, diciéndola que no se va a morir, verdad, que no le va a hacer eso. La mano de la niña está helada.

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