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Maisha ya no ve la mochila. Apenas siente su cuerpo.
Tiene mucho frío, más cada vez. Piensa en por qué
no viene su madre a arroparla. El costado ya no le duele. Piensa en
su padre, y en su madre. Su padre. No ha venido a salvarla. Pero piensa
que pronto lo va a ver. No le dirá que ha perdido la mochila,
porque no quiere que se ponga triste. Le dirá que la tiene guardada
para que no se estropee. Entonces desembalarán todos juntos los
paquetes de su padre, y abrirán las bolsas. Su madre cogerá
la mano de su padre, y él les dará un beso a las dos.
Irán al parque que hay bajo su casa, y ella se subirá
a un columpio. Y se balanceará más y más fuerte
cada vez, y estirará el brazo intentando coger la mochila de
debajo del coche negro y feo. Y cuando el columpio llegue más
allá de la calle donde está el coche, cuando su padre
ya no la vea detrás de la esquina, entonces ella volverá
con la mochila rosa de la mano. Y su padre se alegrará y todos
reirán. Y mañana irán al zoo.
Rodrigo sujeta la mano de la niña, y la habla, pero ella no le
escucha, y no le mira. La niña estira su brazo y crispa sus dedos
hacia el fondo del coche, soltándose de la mano de Rodrigo. Rodrigo
sigue hablándola, prometiéndola todo tipo de cosas si
se cura, y vuelve a coger su mano. Pero ella, mirando a un lado y a
otro sin ver, vuelve a soltarse estirándola débilmente
hacia el fondo. Rodrigo piensa en los juicios, en el rechazo social.
Peor, piensa en la cárcel. Coge la mano de la niña de
nuevo, respira con agitación, desesperado, y se vuelve hacia
la gente que le rodea y murmura y le acusa diciendo que no la vio venir,
que fue ella, que se tiró debajo del coche sin mirar, que el
semáforo estaba abierto para él, que no ha sido culpa
suya. Pero todos le miran y callan por respuesta, y no encuentra ninguna
mirada cómplice. Entonces grita furioso que por qué no
han llamado ya a la ambulancia, que qué miran, que se larguen,
que dónde están los médicos, que le dejen en paz.
La niña vuelve a estirar el brazo soltándose de su mano,
y Rodrigo se gira hacia ella y la grita, tirando de su brazo con violencia.
El brazo se mueve sin fuerza, y Rodrigo oye un ligerísimo suspiro
de los labios de la niña. Siente terror de nuevo y la mira. Está
muy pálida. No se mueve. Abre completamente los ojos, gira la
cabeza desesperado, mira a todas partes y por fin su vista cae al fondo
del coche. Allí ve una mochila rosa. Jadeando, y rogando a gritos
a la niña que no se muera, se agacha debajo del coche, enganchándose
la chaqueta con los hierros y manchándose la camisa de grasa,
y la coge. La dice que ya la tiene, que no se preocupe, que está
entera, que no la ha pasado nada. Se vuelve, con dificultad para respirar,
y le pone la mochila en la mano. Entonces ve su costado aplastado por
la rueda, y el vestido manchado por la sangre. Ahora la niña
le mira, sus grandes ojos marrones muy abiertos. Pero Rodrigo se da
cuenta de que no parpadea. Se levanta como un resorte, sintiendo repulsión,
y se aplasta los pelos de la cabeza una y otra vez. En el suelo, la
mochila rosa yace sobre la mano de la niña. La mano está
abierta, y el dibujo ha quedado boca abajo.
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© ::daniel pérez
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