perdido perro pequeño

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si me pides que lo escriba [3]


 

Maisha ya no ve la mochila. Apenas siente su cuerpo. Tiene mucho frío, más cada vez. Piensa en por qué no viene su madre a arroparla. El costado ya no le duele. Piensa en su padre, y en su madre. Su padre. No ha venido a salvarla. Pero piensa que pronto lo va a ver. No le dirá que ha perdido la mochila, porque no quiere que se ponga triste. Le dirá que la tiene guardada para que no se estropee. Entonces desembalarán todos juntos los paquetes de su padre, y abrirán las bolsas. Su madre cogerá la mano de su padre, y él les dará un beso a las dos. Irán al parque que hay bajo su casa, y ella se subirá a un columpio. Y se balanceará más y más fuerte cada vez, y estirará el brazo intentando coger la mochila de debajo del coche negro y feo. Y cuando el columpio llegue más allá de la calle donde está el coche, cuando su padre ya no la vea detrás de la esquina, entonces ella volverá con la mochila rosa de la mano. Y su padre se alegrará y todos reirán. Y mañana irán al zoo.
Rodrigo sujeta la mano de la niña, y la habla, pero ella no le escucha, y no le mira. La niña estira su brazo y crispa sus dedos hacia el fondo del coche, soltándose de la mano de Rodrigo. Rodrigo sigue hablándola, prometiéndola todo tipo de cosas si se cura, y vuelve a coger su mano. Pero ella, mirando a un lado y a otro sin ver, vuelve a soltarse estirándola débilmente hacia el fondo. Rodrigo piensa en los juicios, en el rechazo social. Peor, piensa en la cárcel. Coge la mano de la niña de nuevo, respira con agitación, desesperado, y se vuelve hacia la gente que le rodea y murmura y le acusa diciendo que no la vio venir, que fue ella, que se tiró debajo del coche sin mirar, que el semáforo estaba abierto para él, que no ha sido culpa suya. Pero todos le miran y callan por respuesta, y no encuentra ninguna mirada cómplice. Entonces grita furioso que por qué no han llamado ya a la ambulancia, que qué miran, que se larguen, que dónde están los médicos, que le dejen en paz. La niña vuelve a estirar el brazo soltándose de su mano, y Rodrigo se gira hacia ella y la grita, tirando de su brazo con violencia. El brazo se mueve sin fuerza, y Rodrigo oye un ligerísimo suspiro de los labios de la niña. Siente terror de nuevo y la mira. Está muy pálida. No se mueve. Abre completamente los ojos, gira la cabeza desesperado, mira a todas partes y por fin su vista cae al fondo del coche. Allí ve una mochila rosa. Jadeando, y rogando a gritos a la niña que no se muera, se agacha debajo del coche, enganchándose la chaqueta con los hierros y manchándose la camisa de grasa, y la coge. La dice que ya la tiene, que no se preocupe, que está entera, que no la ha pasado nada. Se vuelve, con dificultad para respirar, y le pone la mochila en la mano. Entonces ve su costado aplastado por la rueda, y el vestido manchado por la sangre. Ahora la niña le mira, sus grandes ojos marrones muy abiertos. Pero Rodrigo se da cuenta de que no parpadea. Se levanta como un resorte, sintiendo repulsión, y se aplasta los pelos de la cabeza una y otra vez. En el suelo, la mochila rosa yace sobre la mano de la niña. La mano está abierta, y el dibujo ha quedado boca abajo.



 

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