die kommune |
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ciudadanos, metecos, esclavos[1] |
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Cualquiera en España que hable de la emigración, o lo hace de manera monótona sobre cuestiones técnicas, como el funcionario dedicado a menesteres relacionados, o lo hace para, con voz y gesto grave, anunciar un problema, una catástrofe, ahora que vivimos en un país “receptor”, agraviado por el conflicto que la inmigración implica. No deja de ser una mala costumbre de las conciencias acomodadas por la tiranía de la imagen. En realidad, la emigración no es el verdadero drama, sino su resultado; el drama original lo crean las condiciones de vida de aquel que decide emigrar… o, mejor dicho, se ve forzado a decidir emigrar, para su supervivencia física y psíquica. Y ese drama original tiene sus responsables, en cada lugar unos distintos, con su historia, su leyenda y su ignominia; yo, inocente e intrascendente ciudadano rico de país rico, no soy uno de ellos. No soy responsable, no me siento responsable de absolutamente nada en relación a esta cuestión, y esto no me convierte en un ogro. Sin embargo, muchos conciudadanos logran aparcar en este tema su recurrente autoindulgencia, y prefieren echar encima de sus espaldas una responsabilidad “universal”, figuradamente hablando, por supuesto (por algo el sentido figurado le permite a uno sentirse un héroe sin llegar a arañarse ni una uña, sin sudar). Y entonces se crea otro drama: el de la mentira que muchos emigrantes sufren; una mentira que, recién inmigrados, se les desvela como tal, y es descubrir que ellos no pasan de juguetes de nuestra liturgia, nuestro dogma, de consumir, de “despilfarrar” nuestra Ciudadanía, que evolucionada desde su concepción griega, está definida en nuestra sociedad en términos de “poder de compra”. Frente a tal mentira (el mayor desprecio que podemos hacer como sociedad a quien tanto apuesta por un proyecto de vida), los sueños del inmigrante a la fuerza resultan pequeños, minúsculos, insignificantes. Nosotros: los Ciudadanos Atraemos emigrantes forzosos porque somos ricos; ricos,
eso nos dicen. Sin embargo, a mí me parece que somos ricos y
pobres, no sólo ricos, porque se dice “país rico”
de aquel que tiene riqueza (¿alguien la ha llegado a ver alguna
vez?), no de un país en el que todos tienen riqueza, y ese matiz
hace que muchos días a muchos españoles les cueste horrores
abrir los ojos para amanecer, pues no es fácil ganarse la vida
sin tener que tragarse el orgullo, mucho menos la dignidad. Pero resulta
que somos ricos, obviando a los ocho millones de españoles que
viven en la pobreza. Cuando se justifica la inmigración con el
“como somos un país rico…”, reduce la comprensión
del problema de la inmigración a la riqueza, como hace el inmigrante
forzoso, en lugar de ir más allá. Es sintomático
que justifiquemos, que consideremos la inmigración forzosa “necesaria”
para mantener el crecimiento de nuestras economías. ¿No
hay nada más que sustente el fenómeno, nada más
que lo eleve por encima de la categoría de anécdota mercantil?
Porque acabamos por mostrar una visión intencionadamente simplificada
de esta realidad, de modo que el Ciudadano común, el privilegiado,
el rico derrochador, desprecia elementos clave para el ser humano como
la cultura; no muestra una amplitud de miras mucho mayor que la del
inmigrante, el aspirante, el iletrado, el ignorante.
continúa
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