die kommune |
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ciudadanos, metecos, esclavos[2] |
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| Así, con tan poca reflexión y tan modesta voluntad sobre la cuestión, el estatus de Ciudadano, individualista, arrogante por comparación, hace del individuo “rico” (como ya hemos visto, rico o clase media o clase media-baja), el principal enemigo del inmigrante, pues no le ofrece una verdadera medida de su potencial de agregación; por mucho que esa misma clase media arrope con primor a los inmigrantes que desembarcan, casi deshidratados, en una playa abarrotada de bañistas, imagen conmovedora para el joven idealista, patéticamente farisea para el adulto contemplativo, suficiente para calmar las conciencias de la mayoría de los Ciudadanos, que se preparan así para escuchar después aquello de: “y, en unos minutos,… ¡vamos con los deportes!”. Ellos: los Metecos, los Esclavos Hemos oído innumerables veces hablar de la inmigración española que soportaron países como Alemania en los años 50 y 60. Se trató de una inmigración hacia países más fuertemente industrializados, a modo de “emigración económica” (¿a qué nos suena?). Y como la cosa fue bien, se entiende que también para los emigrantes, ¡pues ya está!, fast-food para nuestra ideología, carnaza para nuestro espíritu quijotesco, universalizador: ahora tenemos los españoles, pueblo unido, nación única para lo que nos da la gana, ordenada comunidad de vecinos de la barriada mundial, la oportunidad de devolver esa oportunidad, la ocasión de redimir las deudas contraídas por nuestros antepasados a través de la perpetuación de una “cadena de favores”, aunque las uniones de dicha cadena resulten extrañas por naturaleza, como extraño resulta atar un alambre al extremo de una cuerda. Un sobrevalorado escritor tituló un breve artículo así: “cuando los españoles éramos los árabes de los alemanes”. Bordeando el contenido del mismo, ya sólo el título representa una barbaridad: ¿los árabes, nosotros? ¿Qué tenían nuestros antepasados emigrantes de su generalizada arrogancia, de su demostrado inmovilismo cultural? ¿Qué tenían los españoles emigrantes de su corriente desinterés por contribuir al desarrollo de las sociedades que los acogen? Creo que nadie podría decir que esos elementos eran compartidos por nuestros abuelos, pues mientras algunos árabes exigen en España instalaciones públicas para separar la vida de los hombres de la de las mujeres, nunca un español inmigrado habría llegado en Alemania, por ejemplo, a exigir corridas de toros municipales como derecho adquirido sólo por hollar sus tierras y trabajar como una bestia para su patrón. Sabemos por qué viene el inmigrante. Que el sueño de una vida mejor mueve al inmigrante no es ninguna novedad; es el mismo motor que empuja a aquel no inmigrante, es decir, a todos nosotros, a levantarnos de la cama. Sin embargo, en el momento de emigrar, es cuando más cosas pierde, incluso apostando la vida. ¿Cómo tiene que ser su vida para llegar a ese extremo? Ésta es la pregunta que siempre nos hemos hecho todos. Pero también habría que preguntarse lo que nadie se cuestiona nunca: ¿cómo tiene que ser la sociedad a la que llega para que ese extremo pueda tener sentido? ¿Cómo le va a compensar? ¿Cómo evitar apostar mucho por poco? ¿Cómo merecer su sacrificio? En ocasiones es tan grande la mentira, tan enorme la decepción, que la misma mentira impulsa al inmigrante a hablar maravillas del país que lo “acoge”, si tiene ocasión de hablar con los suyos. Así no preocupa a los familiares que no están con ella o él aquí; así presume de triunfador ante sus paisanos que acaban enterándose de lo bien que le va. Cuando la ilusión se rompe, nunca faltan energías para tratar de salvar los muebles. Un caso menos conocido pero real: el inmigrante que
vuelve a su país, las ilusiones rotas y la vuelta a aceptar el
destino. ¿No merece éste tanta o más compasión
que el que llega sin nada? ¿No se encuentra éste aún
más desvalido, sin callejón oscuro al que adentrarse?
¿No debería ser arropado por los bañistas Ciudadanos
por última vez? Al menos, un bálsamo, por omisión:
en su lugar de origen no se encuentra con la acogida oficialista de
una conciencia colectiva, la nuestra, tan ambiciosa como superficial.
Tan sólo debe cargar con la vergüenza de no haber podido
adquirir un pisito (o un estudio, o un loft) en el Ática soñado.
continúa
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