die kommune |
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ciudadanos, metecos, esclavos[3] |
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Como siempre, al final de todo, nuestro cuerpo político dedicado a revolverlo todo aún más. Formulo un deseo, un imperativo: en esta cuestión, la acción del gobierno debería centrarse en deshacer permanentemente esta mentira recurrente, en mostrarse poco generoso y nada comprensivo con la inmigración forzosa. ¡Debe actuar de contrapeso, naturalmente! Debe actuar de garante de la realidad, de censor de sueños imposibles, de materializador de ilusiones, como ya hace, mucho más eficientemente, en campos como el de la energía, el de la sanidad, el de las infraestructuras… Así, no parece que una de las best practices para el futuro sea la de establecer un proceso de regularización público, con condiciones y plazos anunciados de antemano, sin tener en cuenta ni su publicidad ni su distanciamiento con las políticas de los países vecinos. Además de que no ayuda a la inmigración en su proceso de integración moral, tampoco resuelve adecuadamente el problema de la legalidad de la misma, pues si los flujos migratorios que se generan se amplían por su efecto, vuelve a crecer la bolsa de inmigrantes “ilegales”. El ministro Caldera, en sus políticas y en sus declaraciones, por no hacer de contrapeso, no llega ni a pesa de reloj de cuco. A la hora de establecer políticas sociales, el gobierno debe tener claro qué hacer con los millones de españoles no inmigrantes que viven en la pobreza… todo ese trabajo estará adelantado para la masa inmigrante con dificultades para encontrar trabajo pero con potencial de integración. La gran política social propia del inmigrante es la de la lengua: en España, sin hablar bien español, es difícil pensar en cualquier tipo de mezcla. Y por eso, convenido que el inmigrante merece serlo si merece el premio de la integración, si un inmigrante se niega a aprender esa lengua, ése y sólo ese sería motivo suficiente para su expulsión, puesto que su incorporación estaría abocada necesariamente al fracaso. Eso sí, pobres los inmigrantes que acaben en uno de los terruños nacionalistas, todos ellas con la lengua local como ariete político: una barrera más para su incorporación efectiva, un escalón de hospitalidad más abajo. Pero no todo acaba ahí: por ejemplo, el caciquismo que caracterizó en el pasado a nuestro país, y que lo sigue describiendo ahora, se beneficia del inmigrante, más esclavo que meteco en este caso, con explotación no ilegal, sino inmoral. Que hable, pues, el funcionariado: ¿cuántas inspecciones a empresarios, ministro Caldera, cuántos tiranos detenidos? Queremos saber, en otros asuntos y también en éste. Queremos saber para poder medir, para poder valorar, para poder exigir. Pero resulta que el cacique también vota, y con él, toda su corte, por no decir cortijo… y vuelta a empezar. Y vuelta a la desilusión.
Hay quien dice que, visto el número de habitantes de los países donde se vive dramáticamente, las corrientes migratorias son ahora muy reducidas en relación con el volumen que pueden llegar a alcanzar. Tal vez los flujos migratorios vayan incrementándose de manera progresiva a nivel mundial, hasta que un día se igualen en peso a nuestra hipocresía. Al fin y al cabo, emigrar forzosamente significa acudir
a una cita con el destino, un destino diferente, nada más que
diferente. El puñado de países occidentales decentes,
como milagro que son dentro del devenir humano, como excepción
entre la historia de los pueblos, constituyen un buen reclamo para inmigrantes
de (casi) toda condición. No olvidemos tan fácilmente
que, a menudo, la emigración es también parte de la narración
de la historia del éxito de un pueblo; en este caso, el nuestro.
Alabada sea.
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