| Sé
que a más de uno no les hará ni puta gracia este juego.
He visto como torcían la cara nada más empezar a contárselo.
No es un juego inocente, pero tampoco creo que sea dañino. En
el peor de los casos podría generar, incomodidad, unos gramos
de miedo y marcar al que lo sufre con un regusto de desconfianza.
Una tarde navideña se me ocurrió entrar en internet, en
las páginas que anuncian el alquiler de habitaciones en pisos
compartidos y llamar fingiendo estar interesado. Podría justificarme
desde la vertiente periodística, reporteril. “En absoluto,
no se trata de un juego”, diría “estoy realizando
radiografías de la ciudad”, y a continuación citaría
a toda una saga de profesionales entregados al disfraz empezando por
el pseudoturco Günter
Wallraff. Pero lo cierto es que sí, que se trataba de un
juego, del placer morboso de irrumpir en la privacidad de un espacio
íntimo y según como transcurrieran las cosas, practicar
un poco la improvisación teatral.
Ya veo caras que se tuercen. Resquemores, dudas. El grupo penaliza estos
comportamientos deshonestos que minan la estabilidad social. Es lógico.
El primer piso al que acudimos (¡cuidado ciudadanos de bien!,
somos un grupo radiográfico performático compuesto por
miembros cambiantes) estaba en la calle Dos Hermanas, cerca de la remodelada
plaza de Tirso de Molina. Había dos habitaciones libres. La primera
era pequeña pero tenía baño incluido. Había
sido el antiguo cuarto de la criada y en una esquina quedaba un timbre
que podía ser accionado desde el resto de la casa.
Felipe, el que figuraba en el contrato de arrendamiento era un ingeniero
agrónomo de cuarenta años. Nos fue enseñando las
habitaciones. El largo pasillo en ele, la habitación de la chica
austriaca, la cocina. Cuando le pregunté como se repartían
los espacios comunes, y señalé al frigorífico,
lo abrió. Estaba desoladoramente vacío. No había
divisiones explícitas, me explicó, todo se compartía.
Cruzamos después el salón que tenía el habitual
aspecto destartalado de los pisos compartidos. A través de la
puerta entreabierta de la habitación de Felipe vimos la cara
congelada de Miterrand en la pantalla de un portátil. Se había
descargado un documental de internet, muy interesante, nos dijo.
La segunda habitación era grande y tenía un amplio ventanal.
No había calefacción. El techo estaba desconchado. Necesitaba
una mano de pintura, como un juego de sábanas nuevas, para entrar
a vivir con la ilusión de estrenar algo.
Nos invitó a sentarnos. Habían tenido malas experiencias,
nos explicó Felipe, y lo que buscaban era una persona seria,
con trabajo, que no invadiera el piso con fiestas. Asentí como
inquilino razonable. Convivir y vivir con, dijo Felipe, y luego puso
un ejemplo. Tenían una costumbre. Junto a la puerta de la entrada
había una cajita donde dejaban las llaves de casa. Así
el que llegaba podía saber, con solo echar un vistazo a la cajita,
si estaba solo o no, y comportarse en consecuencia.
Felipe, tenía ganas de hablar. Había decidido dar un giro
a su vida y estaba estudiando derecho hispano-francés. Nosotros
le tiramos de la lengua lo justo. Su madre era una inmigrante española
que fregaba escaleras en Paris y no tenía ni el graduado escolar.
Su padre vivía ahora en el Congo. El color de la piel de Felipe
evidenciaba esa mezcla. Su primer trabajo fue de tasador de pérdidas
agrícolas, tenía que ir a los campos para evaluar los
daños producidos por una granizada y con lo que había
aprendido en la universidad no sabía distinguir la cebada del
centeno. Luego nos habló de un polígono de Valdemoro.
Del clasismo de las empresas. Estaba desencantado con la profesión.
Se quejaba de que España es un país de incultos y nuevos
ricos, de que las empresas las llevan mequetrefes venidos a más
que nunca sabrán valorar el trabajo de un ingeniero.
Felipe hablaba y despertaba la imaginación a tiempos pasados
y también a conflictos actuales. Él creció en Paris.
Cuando venían los veranos a España, al pueblo de su madre,
el único coche del pueblo era el que traía su padre.
Ahora ha decidido volver al mundo francófono, quiere ser traductor
letrado. Algunos le confunden por la calle con un inmigrante, como a
Wallraf.
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© ::tomás muñoz::
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