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deer park


::iñigo de noriega::

Siempre me habían contado numerosas anécdotas de una infancia privilegiada en Nueva Delhi, de la que no me acordaba. Ahí vivía con mi familia en un buen barrio al sur de la ciudad. En el tercer y último piso de nuestra casa había un jardín donde jugaba con mi perro, el cual se hizo adulto más rápidamente que yo, y aguantaba mis trastadas de niño. Desde la terraza se podía ver al otro lado de la calle el Deer Park.

Yo tenía una aya que se ocupaba exclusivamente de mí, Teresa. Me cuentan que tras cuidar durante tres años a aquel pequeño niño rubio, dijo que nunca más volvería a cuidar a ninguno. Aprendí a hablar con ella, que regañaba a la gente que me intentaba enseñar palabrotas en Hindi. Muchas veces mi madre no entendía lo que yo decía tras volver de alguno de mis paseos. “Habla Hindi, señora.” Con padres españoles, el personal de la embajada anglófono y el Hindi como idioma materno de los habitantes de la ciudad, mis padres decidieron hablarme en inglés para no aumentar la confusión.

Cuenta mi madre que una vez que Teresa no estaba, fue ella la que me llevó al Deer Park. Yo la guiaba por los caminos donde solía pasear. Bien entrado el parque se solían reunir los sadhus, ascetas hinduistas. Conversaban en círculo alrededor de unas ratas, de cuclillas. Ese día, cuando nos acercábamos a ellos, rompí a correr. “¡Ñigo! ¡Ñigo!” o algo parecido era lo que exclamaban al verme, el niño blanco. Corrí dentro del círculo, y cogí una de las ratas. Debía de estar acostumbrada, ya que no reaccionó.

El nombre del parque se debe a un gran recinto dentro del mismo en el cual había multitud de ciervos. A mí me gustaba meter mi bracito a través del vallado para que se acercasen y me lamiesen la mano. Una vez uno me mordió, afortunadamente estaba vacunado.

Yo había dejado la India a los tres años, y no había vuelto. Este viaje era la mejor oportunidad para volver.

El día que llegamos a Delhi, quedamos con Margarita, una nicaragüense que se había casado con un indio. Ella tampoco había vuelto a su país natal en tres décadas. Había sido amiga de mis padres, y nos ayudó a encontrar la casa. Circulamos por la calle que bordeaba el parque, y Margarita se sorprendía de lo que había cambiado el barrio: “éstas casas no estaban aquí.” Tuvimos que pasar dos veces por delante de la casa antes de que la reconociese. Habían hecho obras en la casa, cerrando el jardín superior.

Un guarda se acercó desconfiado, pero al contarle Margarita mi historia y vínculos con la casa, acabó más emocionado que nosotros.

Proseguimos nuestro viaje por el norte de la India, y aprovechamos nuestro último día en Delhi para visitar el Deer Park.

Entramos por la puerta más cercana a la de mi antigua casa, seguramente por donde yo había pasado ya innumerables veces. No sabíamos por donde ir, pero pronto nos encontramos junto a un cercado, tras el cual había pavos reales y ciervos. Tras la valla, había otro pequeño alambrado que impedía que se pudiesen acercar los ciervos, con lo que esta vez no me mordieron.

Deambulamos por el parque, que más que parque era bosque. Entre los árboles volaban aves con plumajes de fuertes colores, y por el suelo correteaban muchas ardillas. El parque es muy grande y nos perdimos un poco, llegando al templo Jannagath, ya en las afueras del parque. Me llamaron la atención los carteles que avisaban de la prohibición de jugar al críquet en los templos.

Volvimos por donde habíamos vuelto. No llegamos a ver el jardín de las rosas ni las tumbas y monumentos en el corazón del parque, pero espero poder verlos algún día.

 





 


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