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Armarios de muertos vivientes [1]


::cesc giralt::

 

Terminaron de cenar y le preguntaron vienes al parque. Mi amigo, que apenas les conocía de nada, porque se había mudado a su nueva habitación esa misma mañana, les preguntó a hacer qué, y Julio, de setenta y dos años y dueño del piso, sonrió como si tuviera ganas de contarle un secreto; en cambio, Alberto, treintañero como mi amigo, pareció ofendido; como si todo el mundo tuviera que saber que a dos manzanas de ahí, en un parque con nombre de princesa y un roble que lo cubría todo —quizá para impedir que los vecinos supieran lo que de verdad ocurría enfrente de sus casas—, algunos hombres iban en busca de otros hombres y los encontraban.
Aquella noche de inauguración, mi amigo se fue a la cama temprano y se masturbó un par de veces pensando en la novia a la que había querido asfixiar con sus propias manos tantas veces y a la que tan pocas veces tocó pasados los tres primeros meses de amor oficial. Me dijo esto es lo que más me excita, aunque enseguida añadió sin mirarme a los ojos no te creas que estoy orgulloso de ser así.
Por la mañana se fue a correr temprano, una horita, y como cada triste día desde hacía cuatro años apenas dejó de pensar en esa vez que se encontraba en S*** con la novia a la que nunca asfixió y salió a entrenar un poco antes del almuerzo, siguiendo primero el paseo marítimo y luego la vía del tren; recordó con una mezcla de placer y asco cómo la vía del tren le había llevado fuera del pueblo por un camino que iba paralelo a la costa, subiendo y bajando pequeñas colinas, algunas de las cuales habían obligado a la compañía del ferrocarril a perforarlas “a la fuerza”, como él dijo. También recordó que subiendo uno de esos montículos vio en la cima a algunos hombres casi parados, o moviéndose apenas, vestidos de tal modo que la idea de que fueran excursionistas desorientados no era más absurda de la que fueran hambrientos muertos vivientes.
Como mi amigo es un chico educado, fue saludando uno a uno —con la amabilidad justa, temiendo caer en excesos innecesarios— a todos esos hombres a la deriva a medida que se cruzaba con ellos, y ellos hicieron lo mismo con él, “aunque un poco avergonzados, creo”, por lo que todo fue de lo más comedido y civilizado, a pesar de que mi amigo había sospechado desde el principio que lo cogerían entre cuatro y le darían una lección de las que se supone que uno sólo debería recibir en la cárcel.


 

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