Terminaron de cenar y le preguntaron vienes al parque.
Mi amigo, que apenas les conocía de nada, porque se había
mudado a su nueva habitación esa misma mañana, les preguntó
a hacer qué, y Julio, de setenta y dos años y dueño
del piso, sonrió como si tuviera ganas de contarle un secreto;
en cambio, Alberto, treintañero como mi amigo, pareció
ofendido; como si todo el mundo tuviera que saber que a dos manzanas
de ahí, en un parque con nombre de princesa y un roble que lo
cubría todo —quizá para impedir que los vecinos
supieran lo que de verdad ocurría enfrente de sus casas—,
algunos hombres iban en busca de otros hombres y los encontraban.
Aquella noche de inauguración, mi amigo se fue a la cama temprano
y se masturbó un par de veces pensando en la novia a la que había
querido asfixiar con sus propias manos tantas veces y a la que tan pocas
veces tocó pasados los tres primeros meses de amor oficial. Me
dijo esto es lo que más me excita, aunque enseguida añadió
sin mirarme a los ojos no te creas que estoy orgulloso de ser así.
Por la mañana se fue a correr temprano, una horita, y como cada
triste día desde hacía cuatro años apenas dejó
de pensar en esa vez que se encontraba en S*** con la novia a la que
nunca asfixió y salió a entrenar un poco antes del almuerzo,
siguiendo primero el paseo marítimo y luego la vía del
tren; recordó con una mezcla de placer y asco cómo la
vía del tren le había llevado fuera del pueblo por un
camino que iba paralelo a la costa, subiendo y bajando pequeñas
colinas, algunas de las cuales habían obligado a la compañía
del ferrocarril a perforarlas “a la fuerza”, como él
dijo. También recordó que subiendo uno de esos montículos
vio en la cima a algunos hombres casi parados, o moviéndose apenas,
vestidos de tal modo que la idea de que fueran excursionistas desorientados
no era más absurda de la que fueran hambrientos muertos vivientes.
Como mi amigo es un chico educado, fue saludando uno a uno —con
la amabilidad justa, temiendo caer en excesos innecesarios— a
todos esos hombres a la deriva a medida que se cruzaba con ellos, y
ellos hicieron lo mismo con él, “aunque un poco avergonzados,
creo”, por lo que todo fue de lo más comedido y civilizado,
a pesar de que mi amigo había sospechado desde el principio que
lo cogerían entre cuatro y le darían una lección
de las que se supone que uno sólo debería recibir en la
cárcel.
continúa
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