perdido perro pequeño |
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embargo, el camino de vuelta fue algo distinto. Un tipo grandote, casi
calvo, con una barba espesa pero cuidada, le preguntó si tenía
hora; mi amigo se paró —aunque nunca lo hacía—,
luego paró el cronómetro de su reloj digital —aunque
tampoco lo hacía nunca— y consultó la hora. Cuando
levantó la vista, el barbudo se había bajado los pantalones
para enseñarle que no llevaba calzoncillos. Mi amigo me confesó
que él hubiera preferido irse corriendo hacia el apartamento
y comerse tranquilamente la paella que su novia a la que aún
no había querido nunca asesinar y a la que sin saberlo no había
querido nunca estaba preparando. Pero se ve que se arrodilló
delante de aquél hombretón y se metió todo lo que
le cupo en la boca como si de lo que se tratara fuera de atragantarse.
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