Olía a putrefacción y a meado, pero
Tordera no dio muestras de sentirse molesto, obstruida hacía
tiempo ya su pituitaria por sus propias emanaciones. Hundiendo su gorda
mano llena de mugre entre la basura de dos días del contenedor,
extrajo, como premio inaudito, un periódico grasiento con fecha
del pasado día trece, domingo. Rebuscó aún más,
metiendo el brazo hasta el fondo, intensificando con sus movimientos
el hedor, el cual sin duda hubiese hecho vomitar a cualquiera que no
fuese él. Mantenía la ansiosa esperanza de encontrar el
suplemento dominical, sin embargo desistió tras extraer dos naranjas
medio podridas en lugar de la modelo de portada que esperaba. Abrió
el maloliente periódico y sonrió satisfecho mostrando
su derrotada dentadura. Dándose media vuelta con un sonoro golpe
de tacón, doblando el periódico bajo el brazo, con la
espalda erguida y la cabeza gobernando el mundo con desdén, emprendió
el camino de vuelta.
Apenas cien metros acompañaron sus pensamientos hasta que alcanzó
la torcida fachada de una casa con el tejado en ruinas, senil y encostrada
de suciedad; cualquiera hubiera apostado a que era su propio reflejo.
Tordera se escupió en la mano, formando así un pequeño
charco sobre las pronunciadas líneas de ésta en el que
flotaron miles de partículas de añeja suciedad, y se la
pasó meticulosamente por su amplia calva amarillenta, aplastando
los apelmazados pegotes de cabello lacio que le brotaban descontroladamente
a los lados y detrás de la cabeza. Carraspeó enérgicamente,
haciendo reverberar con placer las flemas en su papada, y entró
en el edificio. Al cruzar el portal, un fuerte olor a lejía se
vino a mezclar con la densa peste a orín y excrementos que Tordera
siempre portaba colgada de sus ropas y de sus carnes fofas. Avanzó
lentamente, con dignidad altanera, olvidando adrede no pisar las numerosas
baldosas rotas o los muchos huecos dejados por las que habían
desaparecido en algún recoveco del tiempo.
Con una fregona maltratada por el tiempo, haciendo una pausa en su estéril
limpieza del suelo ennegrecido, la portera, encogida desde su escasa
y regordeta estatura, saludó al recién llegado con tono
reservado para un juicio sumario.
-Ya llegó el Tordera. Vaya peste que suelta. A ver si se quita
esa ropa alguna vez y la lava, y de paso se lava usted con ella.
Tordera contestó con su voz ronca y cascada, plagada de indignación.
-Dios quiera que llegue el día en que deje de ver su cara de
falsa virgen de las angustias.
continúa
[1] [2]
[3]
[volver al index]
|