perdido perro pequeño

polémicas [risas] manifiesto enlaces yambrientos home


tordera[1]


::daniel pérez espinosa::

 

Olía a putrefacción y a meado, pero Tordera no dio muestras de sentirse molesto, obstruida hacía tiempo ya su pituitaria por sus propias emanaciones. Hundiendo su gorda mano llena de mugre entre la basura de dos días del contenedor, extrajo, como premio inaudito, un periódico grasiento con fecha del pasado día trece, domingo. Rebuscó aún más, metiendo el brazo hasta el fondo, intensificando con sus movimientos el hedor, el cual sin duda hubiese hecho vomitar a cualquiera que no fuese él. Mantenía la ansiosa esperanza de encontrar el suplemento dominical, sin embargo desistió tras extraer dos naranjas medio podridas en lugar de la modelo de portada que esperaba. Abrió el maloliente periódico y sonrió satisfecho mostrando su derrotada dentadura. Dándose media vuelta con un sonoro golpe de tacón, doblando el periódico bajo el brazo, con la espalda erguida y la cabeza gobernando el mundo con desdén, emprendió el camino de vuelta.
Apenas cien metros acompañaron sus pensamientos hasta que alcanzó la torcida fachada de una casa con el tejado en ruinas, senil y encostrada de suciedad; cualquiera hubiera apostado a que era su propio reflejo. Tordera se escupió en la mano, formando así un pequeño charco sobre las pronunciadas líneas de ésta en el que flotaron miles de partículas de añeja suciedad, y se la pasó meticulosamente por su amplia calva amarillenta, aplastando los apelmazados pegotes de cabello lacio que le brotaban descontroladamente a los lados y detrás de la cabeza. Carraspeó enérgicamente, haciendo reverberar con placer las flemas en su papada, y entró en el edificio. Al cruzar el portal, un fuerte olor a lejía se vino a mezclar con la densa peste a orín y excrementos que Tordera siempre portaba colgada de sus ropas y de sus carnes fofas. Avanzó lentamente, con dignidad altanera, olvidando adrede no pisar las numerosas baldosas rotas o los muchos huecos dejados por las que habían desaparecido en algún recoveco del tiempo.
Con una fregona maltratada por el tiempo, haciendo una pausa en su estéril limpieza del suelo ennegrecido, la portera, encogida desde su escasa y regordeta estatura, saludó al recién llegado con tono reservado para un juicio sumario.
-Ya llegó el Tordera. Vaya peste que suelta. A ver si se quita esa ropa alguna vez y la lava, y de paso se lava usted con ella.
Tordera contestó con su voz ronca y cascada, plagada de indignación.
-Dios quiera que llegue el día en que deje de ver su cara de falsa virgen de las angustias.



 

continúa [1] [2] [3]
[volver al index]