Haciendo
retumbar por su sobrepeso los casquillos desnudos colgados del techo
olvidado, Tordera plantó sus gigantescas botas llenas de barro
encima del suelo mojado por la fregona.
-Que no me pise lo fregado, leñe –le gritó la portera,
con una voz chillona que a Tordera se le clavó en los oídos
como un cristal roto.
-Se me va usted a la mierda, señora Julia –replicó,
gritando con la voz partida y con la cara enrojecida hasta la calva
por el esfuerzo.
-Es que todos los días lo mismo, ¿eh? Pero, ¿es
que tiene que hacer siempre lo que a usted le da la santísima
gana?
Tordera siguió caminando y pisando el suelo fregado, procurando
a propósito no salirse de la zona mojada.
-Me deje usted en paz, coño.
-Sí, ande, lárguese, que no se puede ni respirar a su
lado. Mira que huele mal este hombre. So guarro, que es usted un guarro.
Julia quedó apenas unos metros atrás, lanzándole
dardos venenosos con la mirada. Espantando con rabia moscas inexistentes
a golpe de periódico, Tordera alcanzó la puerta de su
diminuto piso, pero se quedó quieto al toparse con un papel pegado
a ella.
-Demontre de vida. ¿Qué carajo es esto? –se preguntó
a voces, mientras arrancaba el papelote.
La portera se carcajeó con risa de grajo.
-Es una orden de desahucio, Tordera. Ya no va a poder usted torear más
a la dueña.
Volvió a reír, y Tordera se giró hacia ella, rojo
de ira.
-¿Desahucio? A Tordera no lo desahucia nadie –gritó,
arrugando el papel con furia y tirándolo a un rincón lleno
de polvo-. Ni siquiera esa bruja de doña Carolina, esa parca
avariciosa podrida de dinero.
Inundado de odio exacerbado, se acercó unos pasos a la portera,
la cual alzó el cubo y la fregona a modo de escudo y lanza.
-Pero, ¿qué dice, tío asqueroso? –respondió
ésta con gritos desdeñosos-. Bastante paciencia ha tenido
con alguien como usted, que además le tiene el piso hecho una
mierda, con sus pinturas y sus guarrerías. Y no se acerque y
lárguese ya para su cuchitril, no la tengamos como todos los
días.
Tordera terminó sus pasos justo frente a la fregona que le amenazaba,
armado sólo con el hediondo periódico enrollado.
-Esa hija de Belcebú, mal rayo torcido la parta, lleva años
haciéndome la vida imposible. –Y añadió,
a pleno pulmón- ¡Así no se puede trabajar, por mis
santos huesos!
continúa
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