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tordera[2]


Haciendo retumbar por su sobrepeso los casquillos desnudos colgados del techo olvidado, Tordera plantó sus gigantescas botas llenas de barro encima del suelo mojado por la fregona.
-Que no me pise lo fregado, leñe –le gritó la portera, con una voz chillona que a Tordera se le clavó en los oídos como un cristal roto.
-Se me va usted a la mierda, señora Julia –replicó, gritando con la voz partida y con la cara enrojecida hasta la calva por el esfuerzo.
-Es que todos los días lo mismo, ¿eh? Pero, ¿es que tiene que hacer siempre lo que a usted le da la santísima gana?
Tordera siguió caminando y pisando el suelo fregado, procurando a propósito no salirse de la zona mojada.
-Me deje usted en paz, coño.
-Sí, ande, lárguese, que no se puede ni respirar a su lado. Mira que huele mal este hombre. So guarro, que es usted un guarro.
Julia quedó apenas unos metros atrás, lanzándole dardos venenosos con la mirada. Espantando con rabia moscas inexistentes a golpe de periódico, Tordera alcanzó la puerta de su diminuto piso, pero se quedó quieto al toparse con un papel pegado a ella.
-Demontre de vida. ¿Qué carajo es esto? –se preguntó a voces, mientras arrancaba el papelote.
La portera se carcajeó con risa de grajo.
-Es una orden de desahucio, Tordera. Ya no va a poder usted torear más a la dueña.
Volvió a reír, y Tordera se giró hacia ella, rojo de ira.
-¿Desahucio? A Tordera no lo desahucia nadie –gritó, arrugando el papel con furia y tirándolo a un rincón lleno de polvo-. Ni siquiera esa bruja de doña Carolina, esa parca avariciosa podrida de dinero.
Inundado de odio exacerbado, se acercó unos pasos a la portera, la cual alzó el cubo y la fregona a modo de escudo y lanza.
-Pero, ¿qué dice, tío asqueroso? –respondió ésta con gritos desdeñosos-. Bastante paciencia ha tenido con alguien como usted, que además le tiene el piso hecho una mierda, con sus pinturas y sus guarrerías. Y no se acerque y lárguese ya para su cuchitril, no la tengamos como todos los días.
Tordera terminó sus pasos justo frente a la fregona que le amenazaba, armado sólo con el hediondo periódico enrollado.
-Esa hija de Belcebú, mal rayo torcido la parta, lleva años haciéndome la vida imposible. –Y añadió, a pleno pulmón- ¡Así no se puede trabajar, por mis santos huesos!





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