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tordera [3]


 

Julia graznó de nuevo entre risas malintencionadas.
-Trabajar. ¡Ja! Pero, ¿usted trabaja? Pero si lo único que hace es llenar la casa de cuadros feísimos, y además todos de lo mismo. Anda que a ver si los tira de una vez.
-Yo no tiro nada, señora mía, y métase en sus asuntos, y en su vida, por muy aburrida que sea.
-Pero, ¿cómo va a ser aburrida, con usted por aquí? –rió–. Lo que yo no sé es cómo no se aburre usted, pintando siempre cuadros de lo mismo, siempre alcantarillas, y mal hechas, además.
Tordera la apuntó con el periódico, al cual aprisionaba como un cepo en su enorme y regordeta mano.
-¿Alcantarillas? ¿Alcantarillas, dice usted? ¡Yo pinto culos, señora mía! Yo pinto los culos de esta pútrida ciudad –bufó, echando espuma por la boca, y con los ojos desorbitados-. Pero usted, miserable ignorante, residuo de la pompa burguesa, no entiende una mierda. Y además, qué carajo, no le importa, así que, ¡cállese! –sentenció, dando grandes altibajos a su entonación para remarcar cada calificativo.
La portera respondió de inmediato, enfatizando a su vez con el palo de la fregona todas y cada una de sus palabras, y apuntando con él a la cara de Tordera.
-Usted a mí no me hace callar, gordo de los cojones, que se caga usted encima.
Todera, al ver ante sí el palo ennegrecido por el uso, tan cercano a su sonrosada nariz, no pudo reprimir un temblor provocado por la adrenalina, y se lo arrebató con violencia de las manos, estampándolo contra una de las puertas.
-Se acabó el palito –rugió, con la voz rompiéndosele-. Mi paciencia ha rebosado, señora.
Julia retrocedió instintivamente, tanto por el brusco gesto como por el hedor a orina y a heces que se le coló por la nariz al moverse la gabardina de Tordera, y sujetó con las dos manos el cubo de agua sucia frente a sí.
-No me toque –gritó, forzando exageradamente la voz-. No me toque o chillo –volvió a gritar, mirando malintencionadamente a las puertas de los demás vecinos.
Pero Tordera ya se había vuelto hacia su piso.
-Miserable –murmuró éste, sin mirar atrás, poniendo el periódico, triunfante, bajo el brazo, y alzando nuevamente la cabeza en su eterno gesto de desdén-. Tan encantadora, pero tan miserable.




 

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