| La
ciudad a dado mucho de sí para la literatura.
Robinsones urbanos como los llama Muñoz Molina la han atravesado
en busca de sus secretos; ángeles pordioseros, hipters que en
algún momento no han sabido que hacer con sus vidas ni hacia
donde ir.
Desde De Quincey, Poe, Joyce, hasta autores como Arthur Machen nos dan
cuenta de ello. En un relato de este último llamado un fragmento
de vida, un personaje agobiado por la rutina y mediocridad de su vida,
decide aventurar por el espacio urbano hacia ninguna parte para acabar
descubriendo "lo oculto" en su propio ser.
Lo que estos personajes enuncian es un tipo de relación corporal
con la ciudad. El escritor Mario Mendoza los denomina como "neonómadas
urbanos", según explica Mendoza estos personajes realizan
una especie
de potenciación de "lisura" urbana, haciendo referencia
a las nociones de espacio liso y espacio estriado que definen los recorridos,
propuestas por Deleuze y Guatari. Cuando recorremos la ciudad lo hacemos
de alguna de estas dos maneras. Lo estriado define la identidad, la
secuencia y la causalidad; el movimiento se hace de un punto a otro,
casa-trabajo etc. aquí son las líneas o los vectores los
que se encuentran subordinados a los puntos fragmentando el espacio
y delimitándolo rigurosamente. En el espacio liso se accede a
la concepción de realidad a través de intuiciones y facultades
sensoriales en lugar de cálculos o planos previamente determinados,
los puntos están aquí subordinados al trayecto, se llega
a algún
lado cuando ese algo se encuentre o se escribe sobre ese algo como lo
hace la novela urbana a la cual hago referencia.
Los espacios urbanos cobran forma en buena medida a partir de la manera
en que las personas experimentan su cuerpo, para que las personas se
sensibilicen por los demás hay que cambiar la forma en que percibimos
nuestros cuerpos, no experimentaremos la alteridad mientras no reconozcamos
las insuficiencias corporales que existen en nosotros mismos.
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