La segunda vez que Alonso dijo oír los murmullos,
salió corriendo hacia la puerta y la abrió. Se quedó
mirando hacia el pasillo oscuro, petrificado, y cuando se giró
tenía los ojos desencajados, había encogido el cuello
y respiraba jadeando.
Enrique levantó las manos de la ouija y caminó hacia él,
pero Luis le gritó sin moverse: “Déjalo, no queremos
empezar otra vez con sus tonterías”.
Alonso había comenzado a temblar, y sus labios se agitaban convulsos.
Enrique miró un momento a Luis, y después siguió
caminando hacia Alonso y le sujetó por los hombros. Alonso tartamudeó
sílabas inconexas, y le fallaron las piernas.
En la mesa, Luis apartó el tablero de ouija y encendió
un cigarro.
“Joder, vale, dejaremos la sesión para otro día.
Sois demasiado impresionables.”
Esa noche Luis durmió mal. Daba vueltas en la cama, irritado
por la falta de sueño. Cada vez que por fin se quedaba dormido,
se despertaba repentinamente, sobresaltado. Apenas pegó ojo en
toda la noche.
Al día siguiente, por la tarde, en el salón de Luis ninguno
de los tres decía palabra. De la mano de Luis, sentado en su
sillón de cuero, se alzaba una columna de humo procedente de
su cigarro. Se apoyaba en el respaldo y miraba al frente, con gesto
irritado. Enrique permanecía sentado en una silla, con el cuerpo
echado hacia delante, las manos juntas y la cabeza gacha. Alrededor
de ambos daba vueltas Alonso, nervioso. Se detenía a ratos y
miraba a Luis, pero no decía nada. En uno de esas paradas habló:
“Lo que yo vi...”. Pero Luis le interrumpió: “No”.
Alonso bajó la cabeza y miró al suelo con los ojos muy
abiertos. Caminó hacia la pared de enfrente.
Enrique, en su silla, comenzó a frotarse el dorso de las manos.
Alonso alzó la voz: “Pues yo lo vi, estaba allí,
y lo olí. No había bebido nada, ni había esnifado,
joder”.
El reloj de péndulo de la pared marcó las ocho. Alonso
se quedó mirando a Luis, irritado. Luis ni le miró. Fue
Enrique quien habló: “Pues yo creo que también oí
algo”. Luis dio un golpe en el brazo del sofá: “
Vete a la mierda, Enrique, sólo faltaba que le siguieses la corriente”.
Enrique bajó la mirada y se frotó las manos con más
fuerza.
Luis dio una calada al cigarro y se llevó la mano a los ojos:
“Vamos a ver, Alonso, en todos los años que llevamos haciendo
ouija, nunca ha salido nada de la tabla. ¿Por qué iba
a hacerlo ahora?”
“No, si lo raro es que no lo haya hecho antes”
“Me da igual. No hay nada y punto. Mañana haremos otra
sesión. Y comprobaremos si hay algo. Se lo preguntaremos a la
tabla”.
A Alonso le tembló el labio. Enrique bajó más la
cabeza.
Por la noche, Luis se fumó un par de cigarros antes de apagar
la luz. Cuando lo hizo, suspiró profundamente y cerró
los ojos. Al rato los abrió. Encendió la luz y movió
la cabeza a ambos lados, buscando. Se quedó en silencio unos
minutos, escuchando, y volvió a apagar la luz. Unos minutos después
la encendió de nuevo y se levantó de la cama bruscamente.
Abrió la puerta, encendió todas las luces, y rastreó
por toda la casa. Cuando por fin volvió a la habitación,
caminaba despacio. Cerró la puerta y echó el pestillo.
Se detuvo ante la cama, dudando, y miró debajo. Por fin se tumbó
y apagó la luz. Tardó varias horas en dormirse.
continúa
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