Cuando
Enrique llegó a casa de Luis la tarde siguiente, éste
ya tenía dispuesta la tabla de ouija sobre la mesa, entre vasos
y una botella de whisky a medias, y bebía de un vaso en el sillón.
Tenía ojeras, y estaba muy serio.
“Échate un trago, Enrique”.
Enrique lo miró con sorpresa. “No, gracias, no puedo beber
alcohol”.
Luis se había bebido dos vasos más cuando Alonso llegó.
Entró arrastrándose por la pared, muy pálido, sin
afeitar y con la misma ropa que el día anterior. Se quedó
parado en el umbral de la puerta, mirando con ojos desorbitados la tabla
de ouija. Después miró a Luis, con la respiración
acelerada.
“No pienso hacerlo. Será peor todavía”.
“Debemos hacerlo para calmarnos, para que te calmes, quiero decir”.
Luis se levantó con el vaso en la mano, y acarició la
tabla de ouija. “Preguntaremos y verás cómo nos
dice que no hay nada fuera. Ni nadie”.
Alonso retrocedió lentamente. Negó con gestos nerviosos.
“No, ni hablar, no. Será peor, mucho peor”.
Enrique intervino. “Venga, Alonso, por esta vez. Seguro que te
calmas”.
“Que no, joder, Enrique. Luis, por favor, tienes que dejarme dormir
aquí esta noche. No aguanto más, voy a volverme loco.
No sabéis lo que es”.
“De acuerdo, Alonso, pero sólo si antes hacemos ouija”.
“No, por favor, Luis”.
“Maldita sea, Alonso, no podemos dejar la sesión de antes
de ayer a medias”.
“Pues te jodes y se queda a medias, porque no pienso hacerlo.
Enrique, por Dios, hazme tú un sitio en tu casa”.
Enrique miró a Luis, y éste contestó por él:
“Ni hablar. Tus paranoias te las curas tú solo”.
Alonso dirigió la mirada a Luis, y luego a Enrique, que bajó
la cabeza. Comenzó a respirar con rabia. “Está bien,
pero si me pasa algo, ¿eh?, si me pasa algo, vosotros tendréis
la culpa”.
Se estremeció con un escalofrío, y tras unos segundos
mirándoles se giró bruscamente y salió corriendo
de la casa.
Luis se quedó hasta muy tarde mirando la tabla de ouija, mucho
después de que Enrique se hubiera marchado. Ya de noche, salió
lentamente del salón y entró en su cuarto. Se desvistió
y se acostó despacio, con los ojos muy abiertos, mirando lentamente
hacia todos los lados. Dejó la luz encendida un buen rato, y
por fin la apagó.
Minutos después se revolvió con violencia en la cama y
encendió la luz, jadeando. Miró hacia la puerta con el
rostro desencajado, y su respiración se hizo más angustiosa.
De repente se agitó de nuevo y se tapó la cabeza con las
sábanas, encogiéndose sobre sí mismo.
Pasó toda la noche sin dormir, con los ojos muy abiertos, sudando
y con la luz encendida. Cuando por fin se hizo de día, salió
de la habitación temblando y fue al salón. Agarró
la tabla de ouija con los dedos crispados; se la puso sobre el regazo.
Cogió la botella de whisky y comenzó a beber.
Llamó a Enrique a media mañana. Insistió con vehemencia
en que debían ir a casa de Alonso, a hacer una sesión
de ouija completa. De forma inmediata. Era vital.
Llegaron a la casa de Alonso en una hora. No respondió al portero
automático, y consiguieron entrar llamando a un vecino. Enrique
llamó a la puerta del piso, pero nadie abrió. Luis le
apartó a un lado y pulsó el timbre repetidas veces, cada
vez con más insistencia. Después comenzó a golpear
la puerta con rabia. La puerta se abrió sola. Los dos se quedaron
paralizados.
Luis murmuró con la voz entrecortada: “Joder, estaba mal
cerrada, no pasa nada, Enrique, no pongas esa cara”.
Entraron. Las persianas estaban bajadas, apenas había luz. Llamaron
a Alonso a voces, pero no respondió. Caminaron hacia la sala
de estar. Luis se tambaleaba ligeramente. Tenía los músculos
del cuello tensos, y miraba con obcecación hacia delante. Enrique
avanzó unos pasos y llamó con los nudillos a la puerta
de la sala de estar. Abrió sin esperar respuesta. La sala estaba
vacía. Había restos de comida en la mesa. Luis respiró
entrecortadamente y se llevó la mano al pecho. Miró alrededor
con recelo, y dejó la ouija sobre la mesa.
“¿Alonso?”
continúa
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