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murmullos[2]


Cuando Enrique llegó a casa de Luis la tarde siguiente, éste ya tenía dispuesta la tabla de ouija sobre la mesa, entre vasos y una botella de whisky a medias, y bebía de un vaso en el sillón. Tenía ojeras, y estaba muy serio.
“Échate un trago, Enrique”.
Enrique lo miró con sorpresa. “No, gracias, no puedo beber alcohol”.
Luis se había bebido dos vasos más cuando Alonso llegó. Entró arrastrándose por la pared, muy pálido, sin afeitar y con la misma ropa que el día anterior. Se quedó parado en el umbral de la puerta, mirando con ojos desorbitados la tabla de ouija. Después miró a Luis, con la respiración acelerada.
“No pienso hacerlo. Será peor todavía”.
“Debemos hacerlo para calmarnos, para que te calmes, quiero decir”. Luis se levantó con el vaso en la mano, y acarició la tabla de ouija. “Preguntaremos y verás cómo nos dice que no hay nada fuera. Ni nadie”.
Alonso retrocedió lentamente. Negó con gestos nerviosos. “No, ni hablar, no. Será peor, mucho peor”.
Enrique intervino. “Venga, Alonso, por esta vez. Seguro que te calmas”.
“Que no, joder, Enrique. Luis, por favor, tienes que dejarme dormir aquí esta noche. No aguanto más, voy a volverme loco. No sabéis lo que es”.
“De acuerdo, Alonso, pero sólo si antes hacemos ouija”.
“No, por favor, Luis”.
“Maldita sea, Alonso, no podemos dejar la sesión de antes de ayer a medias”.
“Pues te jodes y se queda a medias, porque no pienso hacerlo. Enrique, por Dios, hazme tú un sitio en tu casa”.
Enrique miró a Luis, y éste contestó por él: “Ni hablar. Tus paranoias te las curas tú solo”.
Alonso dirigió la mirada a Luis, y luego a Enrique, que bajó la cabeza. Comenzó a respirar con rabia. “Está bien, pero si me pasa algo, ¿eh?, si me pasa algo, vosotros tendréis la culpa”.
Se estremeció con un escalofrío, y tras unos segundos mirándoles se giró bruscamente y salió corriendo de la casa.


Luis se quedó hasta muy tarde mirando la tabla de ouija, mucho después de que Enrique se hubiera marchado. Ya de noche, salió lentamente del salón y entró en su cuarto. Se desvistió y se acostó despacio, con los ojos muy abiertos, mirando lentamente hacia todos los lados. Dejó la luz encendida un buen rato, y por fin la apagó.
Minutos después se revolvió con violencia en la cama y encendió la luz, jadeando. Miró hacia la puerta con el rostro desencajado, y su respiración se hizo más angustiosa. De repente se agitó de nuevo y se tapó la cabeza con las sábanas, encogiéndose sobre sí mismo.
Pasó toda la noche sin dormir, con los ojos muy abiertos, sudando y con la luz encendida. Cuando por fin se hizo de día, salió de la habitación temblando y fue al salón. Agarró la tabla de ouija con los dedos crispados; se la puso sobre el regazo. Cogió la botella de whisky y comenzó a beber.
Llamó a Enrique a media mañana. Insistió con vehemencia en que debían ir a casa de Alonso, a hacer una sesión de ouija completa. De forma inmediata. Era vital.
Llegaron a la casa de Alonso en una hora. No respondió al portero automático, y consiguieron entrar llamando a un vecino. Enrique llamó a la puerta del piso, pero nadie abrió. Luis le apartó a un lado y pulsó el timbre repetidas veces, cada vez con más insistencia. Después comenzó a golpear la puerta con rabia. La puerta se abrió sola. Los dos se quedaron paralizados.
Luis murmuró con la voz entrecortada: “Joder, estaba mal cerrada, no pasa nada, Enrique, no pongas esa cara”.
Entraron. Las persianas estaban bajadas, apenas había luz. Llamaron a Alonso a voces, pero no respondió. Caminaron hacia la sala de estar. Luis se tambaleaba ligeramente. Tenía los músculos del cuello tensos, y miraba con obcecación hacia delante. Enrique avanzó unos pasos y llamó con los nudillos a la puerta de la sala de estar. Abrió sin esperar respuesta. La sala estaba vacía. Había restos de comida en la mesa. Luis respiró entrecortadamente y se llevó la mano al pecho. Miró alrededor con recelo, y dejó la ouija sobre la mesa.
“¿Alonso?”





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