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Nadie respondió, pero Luis se giró y se quedó paralizado.
“¿Qué te pasa?”, le preguntó Enrique.
“Aquí hay alguien”.
Enrique miró alrededor, confuso.
“Ahí”. Luis se dirigió temblando hacia la puerta que Alonso había abierto dos días antes, en la sesión de ouija. Se quedó sujetando el pomo, intentando calmar la respiración, y repentinamente la abrió de un tirón. Todo su cuerpo se agitaba por los temblores.
“Hay gente”, dijo, y miró alrededor, y hacia arriba, y husmeó el aire.
Enrique le cogió del hombro. “¿Estás bien, Luis? Creo que te has pasado bebiendo. Yo no oigo a nadie”.
Luis le miró con ojos asustados. “Te digo que sí, Enrique, que están aquí dentro”. Y siguió caminando, con todo su cuerpo inundado de temblores violentos.
Llegó a una puerta, giró el pomo y abrió. Era la habitación. Entraron, y dentro vieron el cadáver de Alonso, con las venas cortadas. La sangre seca llenaba las sábanas. Entre sus dedos vieron una cuchilla.


Era de noche, ya muy entrada. Luis estaba en su casa, después de horas de declaraciones a la policía, de fotos y de gente. Estaba en su salón, cubierto por una manta. Le había sugerido a Enrique que se quedara esta noche a dormir en su casa, a compartir algo de whisky, o de bebidas sin alcohol, a charlar, a pasar este mal rato juntos. Enrique se había disculpado y había argumentado que su mujer le esperaba.
Ahora Luis apuraba otro vaso de whisky, mientras miraba al frente, con el gesto serio. Estaba pálido, demacrado. Tenía los ojos muy abiertos, y no parpadeaba. De vez en cuando, su cuerpo se sacudía con temblores. Entonces alzaba los ojos, miraba lentamente alrededor, y hacia atrás. Después bebía otro trago, se encogía levemente, y dentro de la manta, acariciaba la tabla de ouija.




 

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