| Oscar,
táxista de buenos aires y artista urbano se acerca al micrófono
con un vaso de cerveza. Comienza hablando despacio, con un acento extraño,
no es el acento porteño que acabamos de escucharle en el documental
“Oscar”, rodado durante tres años por Sergio
Morkin. Es un acento impreciso, lento, que entendemos cuando
minutos después dice “me gusta hablar gallego” ¡El
tío está tratando de imitar el acento español!.
Ese es su primer golpe de efecto, el segundo es sacar una camiseta,
una remera, dice él, de una bolsa, es un regalo de un amigo que
viajó a miami. En el pecho la bandera estadounidense y el apellido
Bush.
Pasa a mostrarnos fotografías de sus intervenciones urbanas.
Ya conocemos su historia, acabamos de ver su documental, es un taxista
de Buenos Aires, en realidad ni siquiera es dueño del taxi, lo
alquila para trabajar. Recorre una y otra vez las calles, se fija en
los carteles publicitarios, los grandes carteles que tapan descampados
y siente que son invasivos y que nadie les responde.
Oscar tiene mujer y dos niños.
Ha colgado un cartel en el respaldo de su asiento para que lo lean sus
clientes: “En estos momentos estoy manejando su destino”
Tiene un sentido del humor ácido.
Su afición, el motivo por el que está hablando en el festival
“the influencers” en el bunker del CCCB es que él
“interviene y mejora el entorno visual”. Oscar ataca los
carteles publicitarios, los modifica, dibujando sobre ellos o pegándoles
trozos recortados de otros carteles. Cuando los recursos escasean y
solo le queda pintura negra, se limita a pintar sobre los rostros barbas
de talibanes.

Después de un tiempo de trabajo logra hacerse
amigo de los cartelistas, que conocen sus intervenciones y que sienten
simpatía por él, por su humor y porque les llaman para
que tapen sus modificaciones y así les pagan extra. Se hacen
amigos y le empiezan a regalar los carteles viejos que han sobrado y
que ya no van a pegar. Acumula material, en ese momento casi se vuelve
loco por el exceso.
Si alguna vez le pilla la policía con las manos en la masa, se
inventa excusas como que está haciendo un trabajo final para
la universidad de bellas artes, o que trabaja para una compañía
de publicidad.
En cierto momento de la película se le ve mal, se levanta de
la cama con los ojos vidriosos. Quizás sea un giro dramático,
una pizca de ficción. Dice que ha tenido que dejar el trabajo
para cuidar su salud. No tienen dinero para pagar el alquiler del piso
y el casero los va a echar y a Oscar el día del ultimátum,
se le ocurre la idea de pegar billetes falsos en los bordes y en el
quicio de la puerta, como si el dinero sencillamente rebosara de la
casa.
Ahora escribe mensajes con letras gigantes en un puente
que cruza una avenida: “buscamos niños”, “no
hay hachis”, “no hay perdedores”
Foto:
http://www.revistateina.com/teina/web/teina8/imag3.htm
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© ::tomás muñoz::
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