Agua
que corre en las aceras, como rayos de luz entre los pasos. Es lunes
y llueve, mala conjunción, a pesar del café y de la canela.
La vidriera está helada, empañada de vapores humanos,
de palabras sueltas en la barra. De la bocanada gris que vuelca un cigarrillo
desangrado de rouge, en la mesa de enfrente. Vapor de desazón.
De pocillos que humean su levedad de otoño. Un cielo color nada.
Una sonrisa apenas disuelta en cortesía. El diario siempre dice
lo que no deseamos. El azúcar es poco. Las gotas funden su transparencia
en el asfalto, y cada repicar es una nueva burbuja, inmediata, fugaz.
Como las horas. Palomas que atraviesan la llovizna. Una cucharada de
crema no estaría mal. Girondo se retuerce en mi portafolios,
muerde las hojas de una antología tan pobre como esta matinée
de cine mudo. Un día para estar en cualquier parte, menos en
esta colección de náufragos. Después de todo, tampoco
sabe volar. Palabras que no dije se escurren al papel. La ansiedad,
el purgatorio de las almas inquietas. Aroma de canela. La birome no
escribe por sí sola. Verbos que son astillas bajo los pies descalzos.
La rubia gira y se queda prendida al infinito, tiene la mirada triste,
y clavado que no sabe volar. En algún otro hemisferio de la vida,
Neptuno se antepone a Marte, y sus ojos marinos desvisten la ternura.
Es una ausencia de cuerpo presente. El horóscopo sugiere para
Piscis: Carpe Diem, y lo explica con una liviandad que irrita. La gente
sabe poco de sí misma. Jugar a los espejos, laberintos en vano
que recorre sin prisa. El amor tendrá también su plusvalía.
Cápsulas de silencio. La brújula marca un norte equivocado.
Mil setecientas millas al oriente de la razón hay un puerto en
donde encuentro abrigo. Cómo sobrevivir en un mundo tan lógico.
La utopía se debate entre la magia y la aritmética. Salgamos
a la calle vestidos de sofisma.
Su alegría con pronóstico reservado. Acaba de atracar
mi barco en algún siglo, y no pienso volver. Esto no se parece
en nada a una taberna. Otro café, tal vez éste contenga
la clave del misterio. Alguien le extiende un saludo a mi sombra. No
puede verme detrás de la cortina. La señora hace persignar
a la nena, acaba de estrujarle un acertijo.
Todo el mundo se queja del tiempo. Nadie quiere mojarse
la conciencia. Quizá la sinceridad sea una virtud, aunque a algunos
les parezca violenta. Estoy tan convencido de mis desaciertos que los
defiendo con mi mejor torpeza. Que poco sentido de lo práctico,
no tengo cura. Puede que cualquier día me canse de ser como creo
que soy, y me convierta definitivamente en un propósito. La felicidad
es simplemente una gota en los charcos de afuera. El pánico nos
hace pasar saltando sobre ellos. Equivocarse será en todo caso
una función vital. El corazón soporta todo, menos la quietud.
Cuando algo te conmueva corre al televisor, duele apenas segundos, y
no vuelvas a pasar por esa calle. La Inquisición moderna quema
cartas de amor y alza catedrales a la incomunicación colectiva.
Cada cosa en su casillero. El orden ante todo. Que dos más dos
sea siempre el mismo cuadrúpedo resultado. Tengo poemas como
Caballos de Troya, no los dejes entrar. El tipo de la mesa de al lado
apaga el cigarrillo quinientos y decide salir. Termina de envolver su
pena en el pañuelo. Me pregunto si también llueve un poco
más al Sur, seguramente. Imagino la frase, ocurrencias de la
desolación. Dueño alquila un altillo en el cielo, apto
cualquier destino, capacidad para seiscientos libros, cama amplia y
balcón a la Tierra. Pecadores de vanidad abstenerse. Hagamos
el amor y no la guerra, a pesar de los Harrier que caen en picada.
continúa
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