Y
sí, finalmente me encontré aquí, en el Forêt
National, esperando tristemente a que un cantante triste comenzara uno
de sus últimos recitales antes de retirarse. Lejos quedaba ya
la mítica sala Olympia de París, de donde el compositor
se había despedido hacía un par de meses y que tanto contrastaba
con la leyenda – falsa – de la oscura, envuelta en cielo
gris y lloviznosa Bruselas. Estaba solo, como de costumbre últimamente
en las cosas que realmente quería hacer. Marisa (nombre figurado)
había decidido, en su enésimo cambio de opinión
(esta vez mantenido durante dos meses completos) que no vendría,
desoyendo todas mis llamadas. El balance era lamentable: cuarenta y
seis euros de una entrada tirados a la basura (el estúpido billete
esperaba inútilmente que alguien lo utilizara en el interior
de mi chaqueta) y media hora larga de búsqueda de aparcamiento,
con dos intentos baldíos previos en los que algún idiota
belga (algún otro idiota belga) me había recomendado que
quitara el coche porque no dejaba o bien entrar o bien salir de algún
sitio. Uno de ellos se atrevió a decírmelo en un español
delirante, infinitamente peor que mi francés. También
incluía siete u ocho llamadas a la desesperada buscando infructuosamente
un partenaire: uno a uno, nadie quiso acompañarme. Internamente
me alegré, pero al mismo tiempo lamenté que mi parte antisocial
ganara más y más terreno.

Llevábamos cinco minutos de retraso cuando el público
(ocho y treinta y cinco marcaba con precisión mi reloj), que
todavía no había terminado de acomodarse (en total, unas
tres cuartas partes del aforo) en esta sala setentera, incómoda,
fría, con pretensiones de popularización de la cultura,
tan en boga en aquellos años, empezó a pedir con aplausos
más bien tímidos la presencia del octogenario. Pero hasta
en esto les falta fuelle a estos sosos. Se cansaron rápidamente.
Otra ola de indignación belga les asaltó exactamente a
los diez minutos, ejecutada con idéntico patrón. Inmediatamente
después (es de imaginar que no por la presión del respetable,
sino porque los administradores de la sala adolecen de exactamente la
misma falta de imaginación que el público) una voz metálica
anunció que el concierto daba comienzo. Bajaron las luces y la
voz profunda y armoniosa de Aznavour presenté a quien haría
las veces de su telonero. Era una chica, que en la distancia aparecía
muy joven. Aprecié cuando cantó que tenía una hermosa
voz. Por lo que alcancé a ver – había pedido galería,
la entrada más barata y el escenario era una luz difusa, muy
al fondo – era guapa y rubia. Las personas somos así, nos
gusta escuchar esto tan pasado de moda como la chanson française
en la voz sedosa de una jovencita, aunque esta voz huela a naftalina.
De Aznavour, todavía nada. Yo miraba la figura fantasmal de la
joven cantante, en la fila 2, asiento 555 de la galería E, una
fila que estaba sola como yo mismo. Anduve tomando algunas notas y para
cuando me di cuenta, la rubia llevaba ya tres canciones.
continúa
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