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el último concierto de Aznavour[2]


 

Teniendo en cuenta que la entrada costaba treinta y uno que había pagado cuarenta y seis y otros tantos por la no usada que caía estaba en el bolsillo, resultaba que había pagado unos cien (transporte incluido) por escuchar a alguien a quien no conocía en absoluto: dramático. Noté que nadie aplaudía cuando terminaba cada canción, y se me ocurrió que la chanson française quizá estaba acabada, al igual que toda la cultura francófona, que no estaba menos en extinción que la de cualquier tribu del Amazonas. La rubia no dejaba de cantar Papa c’est toi. Además tenía frío y la rubia entonaba una más con más entusiasmo que eficacia. En la calle, los tres bajo cero de las últimas semanas, la misma temperatura que transmitía la parroquia heterogénea que se había reunido y en la que la posibilidad de sonreír a alguna mujer hermosa eran las mismas que en un matadero. La cuarta acabada, la cantante ejecutó un gesto teatral en el que quedó indignada e inmóvil sobre el piano. Los del patio de butacas (carré d’or que lo llaman por aquí) intentaban un aplauso. Al comenzar la quinta ya sospechaba que me había equivocado de concierto, sobre todo cuando supe después que tuvo tiempo todavía de cantar tres más. Al terminar, encendieron las luces y la gente se fue al bar, a mear y a fumar, sin arrebato. Yo hice lo mismo. En los veinte minutos largos pude hacer todas esas cosas, y someter a mi organismo a un perrito grasiento y una coca-cola belga, aguada y fría que no pude terminar. Mientras tanto, la chica firmaba autógrafos abajo en la entrada: le vi la cara; tenía más de treinta, pensé que su carrera estaba terminada, no importa que al acabar, esta vez sí, el público le regalara una ovación que me pareció mínimamente sincera.
A las nueve y media pasadas, en una comedia idéntica a la ocurrida antes, leve indignación del público, nada, nueva indignación, nada otra vez y luego voz metálica de megáfono, Charles Aznavour apareció triunfante y silencioso en el escenario: cantó sus canciones, dio algún discurso que no puedo repetir (mi francés no es tan bueno) y se movió como si tuviera treinta años menos. El repertorio no me conmovió, pero creo que fue más por el desierto habitado en el que me había colocado a mí mismo: para mí me canté Hier encore, en una concesión autocompasiva mientras sonaban las notas temblorosas de La bohème. A las once en punto, desapareció de escena y la gente se retiró. No oí a nadie pedir un bis.
Yo cogí mi coche y me largué a toda prisa a casa a hacer la maleta. Al día siguiente volaba a Madrid. En el acelerado camino al aeropuerto, al día siguiente, me encontré con un genio y un hada.






 

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