t e x t o s |
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Teniendo en cuenta que la entrada costaba treinta y
uno que había pagado cuarenta y seis y otros tantos por la no
usada que caía estaba en el bolsillo, resultaba que había
pagado unos cien (transporte incluido) por escuchar a alguien a quien
no conocía en absoluto: dramático. Noté que nadie
aplaudía cuando terminaba cada canción, y se me ocurrió
que la chanson française quizá estaba acabada, al igual
que toda la cultura francófona, que no estaba menos en extinción
que la de cualquier tribu del Amazonas. La rubia no dejaba de cantar
Papa c’est toi. Además tenía frío y la rubia
entonaba una más con más entusiasmo que eficacia. En la
calle, los tres bajo cero de las últimas semanas, la misma temperatura
que transmitía la parroquia heterogénea que se había
reunido y en la que la posibilidad de sonreír a alguna mujer
hermosa eran las mismas que en un matadero. La cuarta acabada, la cantante
ejecutó un gesto teatral en el que quedó indignada e inmóvil
sobre el piano. Los del patio de butacas (carré d’or que
lo llaman por aquí) intentaban un aplauso. Al comenzar la quinta
ya sospechaba que me había equivocado de concierto, sobre todo
cuando supe después que tuvo tiempo todavía de cantar
tres más. Al terminar, encendieron las luces y la gente se fue
al bar, a mear y a fumar, sin arrebato. Yo hice lo mismo. En los veinte
minutos largos pude hacer todas esas cosas, y someter a mi organismo
a un perrito grasiento y una coca-cola belga, aguada y fría que
no pude terminar. Mientras tanto, la chica firmaba autógrafos
abajo en la entrada: le vi la cara; tenía más de treinta,
pensé que su carrera estaba terminada, no importa que al acabar,
esta vez sí, el público le regalara una ovación
que me pareció mínimamente sincera.
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© ::alfonso lozano:: www.yambria.org ::bruselas:: 2008 |
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