El señor X llevaba tiempo encerrado en su
habitación escribiendo su novela, cuando la creyó terminada,
abrió la ventana y además de una intensa luz, entró
un aire espasmódico, quien desparramó todos sus papeles.
Al recogerlos advirtió que le faltaba uno, justo el final de
su ficción. Mientras se lamentaba por la hoja perdida, el aire
volvió a entrar y esta vez no sólo tiro los papeles
sino también tumbo a X sobre la cama.
X se levantó, fue contra la ventana, la cerró y supuso
que no era el justo momento para terminar su ficción. Los finales,
pensó, no sólo se escriben.
Tras un prolongado reposo X recomenzó, con luz artificial,
su escrito sin viento.