| Los trucos.
El soporte es como ya he enunciado frustrar los deseos del espectador.
Así de fácil y así de eficaz. Las fuertes expectativas
del público porque las injusticias sean castigadas, porque los
cabrones lo paguen, porque los inocentes no sufran, porque triunfe el
amor. (Se me ocurren referencias a Haneke “Benny’s Video”
y “Funny games”). Este frustrar las expectativas ya es una
manipulación, aunque parece que la culpa es del espectador por
el mero hecho de tenerlas. ¿Cómo hemos podido caer?, pensamos,
¿si desde el principio no ha dicho lo que iba a pasar?
Las preguntas que debemos contestarnos son más bien ¿por
qué somos unos románticos empedernidos? o ¿por
qué esperamos que los malos sean castigados? En el caso de los
malos quizá sea porque desde pequeños nos han metido el
miedo en el cuerpo, porque nos comportamos bien precisamente por ese
pavor al castigo, a los azotes, a la cara seria de nuestros padres.
Ver que alguien rompe las reglas y no es castigado atenta contra la
estructura de nuestro vivir diario. Las ganas de que pillen al pobre
diablo que vemos colarse en el metro, porque si no le pillan, nosotros
habremos sido unos tontos al pagar.
LaBute nada a favor de la corriente, de los deseos de la sala porque
el amor triunfe, si alguien debe sufrir que sea el personaje gris, pero
que a la chica frágil no le hagan daño. Por ese deseo
estamos dispuestos a creer que el cabrón ha cambiado, que se
ha visto enredado en su propio juego. Ahí viene la trampa, LaBute
va escorando subrepticiamente la posición del espectador hasta
situarle casi en el cuerpo de la sorda. Nos esconde información,
nos hace creer que el cabrón sí que se está enamorando
de ella, para que suframos el golpe casi con la misma intensidad que
la inocente criatura que se había atrevido a pronunciar con su
titubeante voz “I love u”.
Nos engaña porque nos dejamos engañar. Esas son las armas
que debe dominar un narrador. Jugar con la credibilidad del espectador,
conocer los anhelos que le hacen capaz de cerrar los ojos hacia ciertas
cosas. Un aprendizaje fundamental es que no todos los actos son igualmente
verosímiles, algunos, por el mero hecho de ser más deseados,
son también más creíbles.
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© Tomás Muñoz :: yambria :: barcelona :: 2004
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