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Amanece a las cinco, unas pocas horas después de haberse hecho
de noche, aunque en Bray el día empieza mucho más tarde,
porque sus habitantes están todos entre ronquidos y rebuznos
tratando de pasar la resaca. De ahí creo que le viene el nombre
al pueblo. Para nosotros el sábado empezó pronto, en el
momento en que la palabra Belfast se vino de algún lado y se
clavó como una alarma, igual de diabólica.
No hubo que preparar mucho. Nos íbamos un poco a la aventura,
sin billete, sin dinero en libras y sin sitio donde dormir, y bueno,
con las prisas también sin mi documentación. El susto
se escuchó a carcajadas histéricas en el autocar hacia
Belfast, justo cuando estábamos repasando admirados lo rápido
que había surgido el viaje, la increíble suerte que habíamos
tenido con la conexión de autobuses hasta el momento… Los
nervios se me engancharon entonces como un cinturón de grapas
y las piernas dobladas contra el asiento me perdían consistencia.
Pero no mucho después nos detuvimos por unos minutos en un pueblo
y aunque no habíamos atravesado ningún control policial
nació en mí la esperanza de estar pisando Irlanda del
Norte y evitar así las torturas e interrogatorios de los que
ya me veía víctima.
La estación de autobuses estaba sobre un río y para ir
al baño tuvimos que cruzar el vestíbulo y el puente. A
parte de esto no encontramos nada especialmente llamativo. Unas matriculas
eran de un color y otras de otro y el volante se mantenía en
el lado derecho de los coches. La señal nos vino de una pared
empapelada con precios en libras. ¡Bien! Entonces otro paso estaba
dado... Ya sólo debía exigirme ser disciplinada en Belfast
y cuando llegamos por fin a la gran ciudad mi único esfuerzo
se concentraba en no meterme en líos. Esto provocó inevitablemente
que viera el peligro en cada esquina. Pero es que las cejas partidas
y los tatuajes de aguja de coser se caminaban con nosotros por las calles
y además, ver el estado del albergue en el que íbamos
a pasar aquellas dos noches, con esa fachada totalmente ennegrecida
y la puerta quemada y las ventanas tapiadas... Esto fue un golpe brutal...
Para nuestra suerte, la puerta del número siguiente tenía
timbre, y finalmente resultó que el albergue estaba en el número
dieciocho y no en el dieciséis como decía el mapa.
continúa
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